Sierra Desmadre 215

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¡Alto! Le gritó el guardia de la embajada de Israel al taxista cuando intentaba arrimarse a la calle Sierra Madre 215. Dios mío, no tienen ni idea del susto que me dio ese oficial. Era un tipo bajo, chaparro, con cara de felón y portaba una USI que daba espanto.

Cuando el auto se detuvo, le ordenó al taxista que se aparcará en doble fila. A nosotros nos interrogó y nos exigió las identificaciones. Acto seguido, hizo que nos paráramos frente a una de las cámaras en diagonal  a la entrada de la embajada. Tuvimos que levantar los brazos y abrirnos la chaqueta y luego nos dio la orden de tomar de la cartera  los documentos necesarios y dejar el resto de las cosas en el taxi, entre las cuales llevábamos, la cámara Nikon y mi PC. Esa última orden me hizo titubear y levantar el entrecejo y sin pensarlo volteé la cabeza hacia el taxi que ya se alejaba y le eché una ojeada a la placa: A 67 57 A, porque la idea de dejar los equipos con un desconocido,  es cosa seria. Tampoco tuve tiempo de objetar, el guardia serio y con aire amenazador respondió a mi pregunta.

“No se moverá de aquí, un movimiento en falso y le tiro a la cabeza». Es una broma, ¿verdad…? dije con un filo de voz. “No, ¿para qué dañar las llantas? A la cabeza de una vez. Uff… pensé para mis adentros ¿pero qué es lo que pasa aquí? ¿Qué les pasa a estos pinches judíos?

Después de un rato el guardia se comunicó con un funcionario al interior de la embajada y le informó sobre el motivo de nuestra visita y minutos antes de dejarnos entrar nos explico con tono serio y autosuficiente que «estaban en guerra» y que por tal motivo, él había sido reclutado para trabajar al servicio de la embajada y había hecho su preparación especial en Israel. Eso por si nos quedaba dudas y por otro lado para atenuar la expresión avinagrada que nos causó tanto revuelo. Caminando hacia la entrada me quedé pensando en mi pc, en la cámara y en las cosas que habíamos dejado en el taxi. También en el amable taxista. «Ojalá no se le ocurra moverse, estos tipos no juegan». Me dije.

«Estamos en guerra…» había dicho el guardia, y en efecto Sierra Madre 215 tenía levantada una especie de barricada. Una media hora antes, recorriendo la Del. Miguel Hidalgo me había quedado maravillada admirando las ecléticas edificaciones de la ciudad y sus hermosos jardines; los concurridos restaurantes y las elegantes boutiques. Sin embargo, aquella minúscula y tortuosa área parecía ajena, como separada del resto. Pude notar que el tráfico fluía lento y que los conductores avanzaban sólo cuando la policía de la embajada daba la orden. No supe con precisión si la estructura que había enfrente era una sinagoga o una iglesia pero por un instante me figuré de estar fuera de México. Frente al portón había dos patrullas, y por todos lados cámaras visibles y presumí que estaríamos también rodeados de cámaras ocultas. Me sentí atemorizada y ofendida. Me causó una impresión inquietante e inexplicable, era una mezcla de temor y desprecio.

Entramos. En el interior nos hicieron una revisión de rutina como en los aeropuertos. Yo pasé de primera a la sala de espera. Una sala pequeña y estrecha que me hizo acelerar el corazón y más aun cuando me dejé caer sobre el asiento y vi que estaba sentada debajo de otra cámara. Un minuto después entró Miguel, justo antes de que apareciera la funcionaria de la ventanilla que apenas nos vio sentados nos pidió que nos acercáramos. Se me había pasado un poco el entusiasmo y a duras penas pude articular palabras.

“Vamos a hacer un viaje alrededor del mundo…» Creo que eso dije pero para mis adentros pensé » Israel ya está fuera de mi itinerario». Pasada una hora, estábamos todavía sentados en espera de la respuesta del cónsul y fue realmente la hora más larga de vida. En esa tiempo llegaron al menos 5 judíos a hacer trámites y nosotros seguíamos allí, esperando y esperanzados. Yo con mucha sed a causa de los nervios y Miguel haciendo un esfuerzo por mantener el pico cerrado y no hacer ningún comentario, cosa que como ustedes saben, no se le da muy bien.

El cónsul finalmente hizo su aparición. Un joven guapo, de unos 35 años, con delicadas facciones, pero con un aire arrogante y un tono de voz grave. A mí me interpeló por primero sobre la estancia en Israel, las ciudades a visitar y los motivos del viaje. Mi respuesta no le convenció. Me entró flojera (será porque soy muy susceptible a la dictadura). La documentación le pareció incompleta y quería más detalles de la estancia y de la salida del país. Llamó a Miguel, que tono decidido y desenfadado explicó » el cuéntame tu vida del viaje”, pero al cónsul también le pareció insuficiente. Buenas ganas de joder la de este tío, no!

Después de cinco minutos de discusión y de «dime que te diré», el cónsul determinó que no podía procesar la visa hasta que no presentáramos los siguientes documentos: Estados de cuentas del mes de junio (porque no le bastó la del mes de mayo); acta de matrimonio alemán (porque el acta de matrimonio mexicana le pareció papel del váter); copia de todo el itinerario de vuelos con entradas y salidas y lo más irónico y al mismo tiempo contradictorio (visto las circunstancias que una vez hicieron del pueblo alemán e israelí los mayores enemigos) como requisito indispensable, la entrada en mi pasaporte de una visa alemana! No es de locos!

Mañana como una pesadilla recurrente se repetirá la historia.

Taxi en doble fila; una rigurosa supervisión acompañados de varias USI;  una media hora de espera en el saloncito sombrío e inquietante y luego la entrevista con el cónsul. Sin embargo mañana luciremos la mejor de las sonrisas, y sea como sea que amanezca el carismático cónsul, no encontrará motivos para replicar. Amigos míos, aunque hoy ha sido un día duro y con demasiadas emociones,  pero les puedo asegurar que saldremos sonrientes de la tétrica Sierra Desmadre.

Un abrazo fuerte,
Niu

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