México en mi corazón

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imageAtesoro un pedazo de México. Pensar que desde aquí rodé por primera vez mi maleta, surqué el Océano Pacifico en un barco carguero, me adentré en la selva, recorrí el Amazonas y no paré hasta llegar al Fin del Mundo. Aquí, me convertí en una trotamundos. En estas tierras nacieron proyectos maravillosos, he conocido personas increíbles, amé profundamente. He aprendido y desaprendido muchas cosas. Desaprendí mi español, en su lugar por ejemplo, aprendí a usar zacate por hierba; metate por pilón; zancudo por mosquito; a decir «estoy luria» en lugar de estoy feliz. Aprendí a comer picoso, no picante, a «dar carilla» en lugar de dar cuero, a «echar la güeva» en lugar de no hacer nada a «sentir flojera» en lugar de sentir pereza, a decir «chambear» al puesto de trabajar. Recuerdo la primera vez que un amigo antes de partir a unos de mis viajes me regaló una bolsita con chiles triturados, desde entonces, no viajo sin mis chiles secos, no concibo una comida sin una buena salsa fresca picante y mi compra no está completa si faltan las tortillas. Con los paceños me hice experta en degustar una buena carne asada, en convertir una machaca con huevo en un platillo suculento, en objetar con un «Meh» entonado y largo y cuando la situación lo requiere, sin vergüenza ni remordimiento, apelar al verbo chingar. Ese lo aprendí muy bien y me siento muy orgullosa pues es verbo el tornasolado que matiza sabrosamente el lenguaje y te acerca al corazón del mexicano. México me enseñó a festejar por un cumpleaños, fecha importante o aniversario… incluso a no tener que buscar un motivo para festejar, pues aquí se festeja por la vida y a través de un emotivo festejo se honran también a los muertos. Sin importar que tan lejos vaya, una parte de mi se quedará siempre aquí, pues Cuba me dio la vida, México me enseñó como vivirla.

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