De glan calidad, bueno y balato!

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Dijo alguien que conoció bien la gastronomía china: “Los chinos comen cualquier cosa que tenga cuatro patas y no sea una mesa”. ¿Y cuántos no habremos escuchado mil y un cuentos chinos? En ocasiones, hasta creemos que son exageraciones, cuentos al fin. Pero no son cuentos amigos míos, en cualquier hutongs de cualquier ciudad donde arman los mercadillos nocturnos ofrecen una amplia variedad de animalitos “digeribles”, por cierto, balatos y de glan calidad.
Caballitos y estrellas de mar aderezado con chile y luego fritos. Gusanos, parientes cercanos de los batoideos (cucarachas), chapulines, escorpiones negros, güeritos y mulatos.
Y al menú de alacrán se le suman gusanos de seda fritos, víboras, escarabajos, pinchos de pajaritos, anguilas y vísceras. Los exhiben como banderitas y luego lo echan a freír en una nata de aceite quemado. En China amigos míos, se hace brocheta de todo lo que se mueva. ¿Sí, los mordí? ¡Pues claro! hay que llegar muy lejos para degustar estas delicatessen.
Los chinos tienen la mala fama de “pasar perro por liebre”, y eso como ya sabemos, tampoco es un cuento, sin embargo, nuestra experiencia en los restaurantes ha sido distinta. Cuando hemos ordenado la carne de ave (pollo, pato, paloma, etc.) nos han servido la carne en conjunto con las extremidades.
Al principio pensé que lo hacían por formalidad, para mostrarle al cliente que tenía en el plato lo que había pedido y no una carne de dudosa procedencia, pero con el pasar de los días constaté que les encanta comer las extremidades palmípedas y cartilaginosas. Lo más importante es saber elegir dónde comer y olvidarse del viejo truco del sombrero, ya que los asiáticos no disfrazan ni disimulan su gusto por ciertos cuadrúpedos que si bien podrían lastimar nuestra sensibilidad, en su cultura es algo normal.
La primera vez que vimos a esta hermosura en la jaula, no entendimos qué hacía el guardián encerrado con la gallina, pero puesto que en ocasiones los chinos siguen la lógica inversa no le dimos importancia. Una tarde recorriendo un mercado, vimos la carne de un animal similar al cerdo exhibidas sobre el mostrador, y al ver las patas nos dimos cuenta que pertenecían a otra especie. Fue entonces que comprendimos cual era el destino del perrito enjaulado. Aclaro, no todos comen perro ni todo tipo de perro, al parecer les gustan los perros salvajes, según ellos son más sanos.
Pienso que en este aspecto no debemos juzgarlos ni tampoco imponer nuestro punto de vista occidental, ya que no existe una verdad absoluta de lo que es “bueno para comer” o “malo para comer”. Todo depende de las preferencias, la religión, el costo y sobre todo, de los tabúes culturales y alimenticios. Los chinos por ejemplo, creen que el consumo de la carne de perro aumenta la potencia sexual, pero ¿quién podría contradecir a un mexicano que piensa lo mismo del consumo del menudo o del Chile? Nos quedamos perplejos al ver a los indios muriendo de hambre, mientras las reses se pasean impasibles por las calles. Las vacas son sagradas en India, en cambio, los americanos armarían la tercera guerra mundial si les prohibieran  el Steak. Los españoles se deleitan por las criadillas (cojones de toro, cordero o cerdo) y en Europa se pagan precios prohibitivos por los mariscos, por el contrario, los judíos lo ven como algo repugnante. Judíos y musulmanes rechazan el cerdo porque lo consideran un animal impuro, pero no menos radical es la posición de los nutriólogos y vegetarianos militantes cuando nos dan la cachetada con la frase: “tú eres lo comes”. Hay culturas donde las larvas son consideradas manjares exquisitos y otras donde la educación alimenticia se rige por el costo, al punto que cuando el alimento se hace caro para consumir la sociedad lo convierte en “malo para comer” en algo pecaminoso e incluso ilegal, como por ejemplo en Cuba ¿cuánto no cuesta comerse una vaca? Hay que ver el mundo con mente abierta, repito no los juzguemos, no se cenan sus mascotas. En cambio, hay comportamientos o mejor dicho, “costumbres” que no se adaptan del todo a las ”Buenas Maneras” y si hablo de Buenas Maneras es porque la emergente potencia mundial emula y adopta conceptos occidentales y no están tan ajenos como creemos a nuestras costumbres. Es por esa razón que desde que llegué a Asia (en especial a Vietnam y China) me asalta la duda ¿en realidad son costumbres o simplemente son cerdos? La Real academia de la lengua española define por costumbre: “Conjunto de inclinaciones y de usos que forman el carácter distintivo de una nación…” pero me explico con detalles y sin más preámbulos ya que lo de cerdo sonó un poco fuerte.
Como regla general antes de visitar un país hay que conocer algunas reglas y normas sociales y de plano respetarlas. En el caso de los países asiáticos, hay comportamientos que los residentes no toleran y por  ello es necesario actuar cautela. Por ejemplo: quitarse los zapatos antes de entrar a una casa, nunca poner un libro en el piso (los libros son sagrados), respetar los sitios sagrados,
y no exponer la intimidad en público.
Pero lo que no encuentro escrito en ningún lado y lo que las guías no explican es ¿qué hacer cuando vas por la calle y el que viene detrás dispara un escupitajo capaz de perforarte los zapatos, cómo actuar cuando llegas a un restaurante y ves a alguien deshollinándose la nariz como si nada fuera? ¿Cómo comportarse a la mesa en el momento que todos empiezan a comer y tal parece una orquesta de marranos desafinados?
Limpieza de faroles. Ya les conté del tráfico fuera de control y la contaminación en las grandes ciudades, y tendrían que ver con que gusto los vietnamitas y chinos se limpian la nariz. Parecen mineros, excavan, excavan, hasta que encuentran, bueno, lo que encuentran…
Cada vez me repetía “No los juzgues, otra cultura”.
Lo jodido es que no son casos esporádicos y que después de deshollinar, lo inspeccionan, hacen pelotitas y uno los ve sumidos en el análisis y piensa: ¿¡¡¡se los van a comer o qué…?!!! En ese aspecto laoenses vietnamitas y chinos van a la par. Afortunadamente, la cultura es un poco reticente al contacto físico y no es habitual el saludo de mano, ya que entre los mocos y el uso de la izquierda en la limpieza del trasero, le complicarían mucho la existencia al visitante.
Baños públicos. Después de milenios los asiáticos siguen usando los baños sin taza y la primera razón por lo que se destacan es por el olor, que se puede percibir a una distancia considerable. Luego está la ausencia de puerta y el hecho que nunca hay papel.
Esta foto,  no es de un baño cualquiera, es del lobby de un hotel 5 estrellas para chinos, pero no se extrañen por las estrellas, recuerden que los chinos tienen su propio cosmos. Comer agachado, descansar agachado, platicar agachado, esperar el bus agachado, explican el porqué es tan común el uso de baños sin taza.
Y ya que este hábito empieza desde la infancia, me figuro que en China la marca Pampers no tenga mucho éxito.
Genios hidráulicos. El tema de los hoteles y del sistema hidráulico requiere casi de un post a parte. Ante todo debo mencionar que por lo general los hoteles en Vietnam son económicos y bien ubicados, pero la gran mayoría, incluso, los de lujo, acondicionados para turistas presentan graves problemas en los baños. Antes de inspeccionar las sabanas, mirar el piso y los alrededores es imprescindible abrir las llaves y supervisar el lavamanos, de lo contrario se corre el riesgo de mojarse los zapatos y que en fracciones de segundo el baño se convierta en una piscina. De las bañeras ni hablar, cuando las duchas no están colocadas sobre la taza le falta el peldaño que retiene el agua y en fin ducharse, implica regar todo el baño. Encontrar un baño, como lo conocemos es bastante difícil porque o bien, todos los plomeros fueron a la misma escuela o todos asistieron a clases los domingos. Pero lo más desconcertante es la lista de precios, sobre todo, en los hoteles que no son precisamente boutique y que no nada que comprar ni que llevarse que no sea un espermatozoide saltarín o piojillo chino, y uno se encuentra todos los elementos de la habitación inventariados y con precios fijos (sabanas, toallas, platos, almohadas etc.) pero lo más alarmante es encontrar en la lista de precios la taza de baño. En el hotel en Sanya, China, el valor de la taza era de 500 yuanes, 100 dólares. Sólo encuentro dos explicaciones: o los chinos son muy rateros o los hoteles se aseguran que no rompan las tazas.
Embarazo perpetuo. Uno de los síntomas más incómodos del embarazo es el aumento de secreción salivar  que muchas mujeres en nuestra cultura se avergüenzan, al no poder evitar las náuseas y ganas de escupir. En China escupen en la calle hombres y mujeres por igual, pero no es solo el hecho de escupir, lo extraordinario es la vehemencia del carraspeo y la sonoridad, similar a una aspiradora estropeada o con el brazo de extracción atorado en la alfombra, pero lo más exasperante es escuchar en el silencio de la noche, cuando cesa el bullicio y la ciudad duerme, el fragor del carraspeo de un transeúnte o el rugido de los guardias del hotel. Solo hubo un lugar durante nuestra estancia donde nos sentimos a salvo, en los templos Budistas.

En algunas regiones del sur del país y en particular en la isla de Hainan es común mascar la semilla de la palma de areca y las hojas de betel y es fácil reconocer a los consumidores por la coloración de los dientes. Asimismo, al caminar por las aceras es fácil distinguir la presencia de un esputo y esquivarlo, ya que las aceras, troncos de los árboles y postes de electricidad están teñidos de  manchas rojizas.

El exceso de escupitajos y escupidores agrega otro problema a la hora de sentarse en los asientitos para enanos y no saber dónde poner las cosas. Por suerte, después de siglos, la manera de sentarse ha evolucionado y en los restaurantes a pie de calle, de las alfombras en el piso, idearon los asientos para bebé.
Una sopa suculenta hecha por la abuela con esa sazón deliciosa y un toque de monóxido es lo máximo. Y para comprobar que el estomago está preparado a fuego de balas, hay que comer aunque sea una vez, en los puestos donde no cocina precisamente la abuela y los ingredientes son un poco dudosos y debajo de la mesa una se encuentra, mismo la cabeza de una paloma que el cuerpo inerte de una cucarachita.
En Hanói la higiene deja mucho que desear.
El vicio arraigado de escupir corrompe también el comportamiento en los restaurantes, lo cuales en las primeras horas del día permanecen limpios, pero a medida que pasan las horas debajo de las mesas se van acumulando los restos de desechos de los comensales. Los palitos por su parte, lejos de saciar el paladar representan un obstáculo en el momento de tomar una sopa de fideos, y al fin, cuando las dos manos están ocupadas, una con la cuchara, la otra con los palitos y el hambre no cede, simplemente abren las piernas escupen los huesos en el piso y a una velocidad supersónica meten la cabeza en plato y se tragan los fideos a grandes bocados. No sé que es más sorprendente, si verlos escupir o sentir como se anima el corral cuando absorben los fideos y mastican con la boca abierta.
Lo incomprensible es la psicología comercial. La costumbre en los restaurantes es dejar las mesas abarrotadas de platos sucios hasta que llegue un cliente. Tal vez sea una forma básica de contabilizar el consumo, tal vez ahorrar papel y  salvar El Amazonas, quizás sea una manera de demostrarle al cliente que aunque el restaurante está medio vacío, mucha gente ha pasado a comer -en Egipto era muy común-. En ese sentido los chinos son más sofisticados, incluso, en los restaurantes humildes, los palitos y las vajillas son empacados al vacío en bolsas plásticas, pero aun así, la clientela no tiene miramientos ni escrúpulos a la hora de sacarse la comida entre los dientes y emitir ese desagradable chasquido para deshacerse de los flequillos rebeldes.
Inglés experimental. Lo fascinante en estos mundos son los equívocos que se crean por la barrera del idioma que hacen que la experiencia sea amena y  divertida. No obstante, se escuchan muchas quejas de turistas que no logran hacerse entender y se frustran porque los asiáticos son monolingües. La ironía de este fenómeno, es el paralelo con el viejo imperio, donde el norteamericano de igual modo se la pasa “mucho bueno”, pero si bien, es un insulto a la inteligencia pretender que un vendedor de frutas, un ferromozo o una simple recepcionista se comunique en el idioma universal, no es menos insultante la pretensión de algunos restaurantes chinos que emulan productos occidentales y montan un circo en lugar de proporcionar un servicio capacitado. El sistema en los restaurantes en China es como el lema de los mosqueteros: tres empleados por cliente, y aunque nos sentimos mal por el abusivo abaratamiento de la mano de obra, créanme en China, tres es mejor que uno. Mientras uno escribe el pedido, el otro traduce y el tercero pone la mesa.
Con los camareros individuales, el tema del inglés se pone peliagudo y algo tan sencillo como ordenar un espresso caliente, se convierte en una gestión que no solo involucra al resto de los empleados, sino también a la clientela que por curiosos o por el simple deseo de ayudar hacen coro alrededor de la mesa para dilucidar el conflicto. En muchas ocasiones, la orden fue a parar a la oficina del gerente. En fin, un pedido puede tardar de 10 a 20 minutos y como suelen ser las cosas en el comunismo: el cliente nunca tiene la razón. Los nombres hay que pronunciarlos a su manera: un espresso hot (dicho en inglés) se pronuncia “epeso hosh” y como si fuera poco, cuando al fin llega el café, se puede leer el pensamiento oculto tras un tenue asomo de sonrisa: “Así se hacen las cosas aquí y si no te gusta, ahí está la puerta”. Pero eso no es todo. El colmo, es llegar a un restaurante de “clase” y encontrar en el menú ingredientes con nombres de autopartes. Miguel se desternillaba de risa, no obstante, hacía un esfuerzo por explicarle al encargado los ”horrores” de traducción que no debían permitirse dada la ”categoría” del local. Casi siempre pasaban de él. !Pero esto es China señores! ¡Por qué entrar en detalles con el traductor o atormentar al fabricante si se confundió de letra¡
La manía de los anglicismos y los horrores de traducción se extienden por todo el país, la cúspide del absurdo son los comerciales televisivos.
Claro que después de un tiempo corroboramos lo que ya nos imaginábamos, que las escuelas imparten un inglés experimental.
Metro a la hora pico. “Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha…” ¡Iluso Jesús que no conoció a los chinos! Si hubiera tenido que montarse en un metro, hacer fila o abrirse paso entre la multitud de seguro habría cambiado de opinión… “arremétele un sopapo en la otra”. Y ahora que lo pienso en números, dudo mucho que le hubiera funcionado el truquillo de la multiplicación de los panes y los peces. La vida en China es tan apretada que no hay tiempo para pensar en el prójimo.
En un mundo, muy,  muy lejano, lo normal en una fila es pararse detrás del último a una distancia prudente y esperar su turno; decir gracias; usar el por favor; cederle el paso a una anciana o abrir paso a quien sube las escaleras y así sucesivamente. Pero en eso ocurre, en el muy, muy lejano, en China, esas acciones son consideradas una imprudencia. Aquí no importa quien llegó primero, si está flaquito/a, con cara aniñada, si es sordo, mudo, usa bastón, acaba de salir del hospital o es una abuela .
Al abordar  un autobús, hacer una fila o subirse al metro hay que pegarse, arrollar y si la situación lo requiere enfilar los codos al que está detrás que también viene a la carga para que se ubique. Más de una vez he tenido que darle un plantón a un chino para que se eduque, porque es irritante estar parado en una fila y ver como el que llega, se escurre entre los pocos centímetros de espacio y sin vergüenza ni remordimiento se pone delante como si uno fuera trasparente o no existiera. Pero ¿cómo trasladarse desde A hasta B en una ciudad como Shanghái de 20 millones de habitantes? Sólo hay una forma: agresividad. Lo triste es constatar que rara vez responden de manera positiva a acciones que no sean agresivas. Cuando uno comete una imprudencia como las que mencioné anteriormente, te miran intimidados, casi asustados. Si por el contrario, uno se pone delante en la fila, le da un golpetazo con la maleta o como hacemos en el tráfico que levantamos la mano con autoridad en señal de Stop al vehículo que se aproxima y que está violando la luz verde, entonces entienden quien lleva la voz cantante. A veces, hasta se sonríen con picardía del hecho que como extranjeros entendemos la movida.
Pero, ¡¡¡dije abuela…!¡¡? Sólo vi a una de las millones de abuelas que viajan en el metro, lívida de codazos y avanzando como un yoyo en medio de la estación, en el momento que una horda de clonados se abalanzaba a la salida, pero no sientan pena, las abuelas son temibles.

 

El metro en China, es uno de los más modernos y sofisticados que haya visto, también el más controlado, pero ni con toda la seguridad que tiene, que incluye, a los que trabajan encubierto y a los que no usan el  traje oficial pero que llevan un brazalete rojo que dice “Voluntario” (término bastante ambiguo en el comunismo) son capaces de controlar las masas y mucho menos a las abuelas que son el mismísimo eje del mal. Para empezar, hacer un cambio en el metro es como una carrera de fórmula I, sólo que rebasar no es lo complicado, la dificultad consiste en posicionarse en la línea de arrancada, la línea que delimita el espacio donde está permitido pararse para abordar, y por otro lado, rezar para que no te toque una abuela. En cada puerta del metro hay indicaciones precisas: dos flechas hacia los laterales que indican donde deben pararse lo que van subir y una en el centro, para los que se disponen a bajar. Pero cuando una abuela está determinada a abordar, es mejor bajar o subir por otra puerta. Las abuelas son acojonantes y cuando están resueltas son la viva imagen de los Jinetes del Apocalipsis, con la única diferencia que en lugar de un caballo, llevan falsificaciones de botas Ferragamo y al puesto de una espada una cartera Luis Vuiton Made in China. Además, no respetan las flechas, ni el tumulto, ni a los guardias de la estación, cuando se abren las puertas arrollan al que se ponga delante y si esas son las abuelas se podrán hacer una idea de los millones de nietos.

Peli-locura. Quién se haya divertido con el cuento de pinocho y dude que la realidad pueda superar la ficción tiene que venir a China, tiene que ver el ritmo de las chicas cuando llevan botas de tacones hasta las rodillas y se mueven como muñecas de cuerdas o como si algo les jalara el trasero o aquellas aún más desafiantes que se montan en extravagantes puntas de aguja a pleno mediodía y caminan como marionetas sin hilos, sin embargo, lo que nunca dejó de sorprenderme fueron los peinados.
La proliferación de las peluquerías en China es en sí un fenómeno social. Hay peluquerías por doquier y para todo los bolsillos y lo alucinante no son los cortes, los colores ni la variedad de peinados estrafalarios sino ver como a temprana a edad a los peques le encasquetan pelucas Afro. Les presento mi competencia.
La Muralla de la lengua. Decirle a un taxista que uno quiere llegar a Ave: X en cualquier mundo o al menos en el nuestro es “peccata minuta”. Claro que en nuestro mundo cuando el taxista sonríe y dice “No problem…” muchas veces hay que tocarle el hombro e indicarle que ponga el taxímetro, pero si su tarifa cuadra, uno se hace el desentendido. En China es imposible pedirle a un taxista que te lleve a X dirección si antes explicar la Belleza de las palabras o lo que es lo mismo, el cuándo, cómo, dónde y la génesis del mundo.
El síndrome del Sí y el No. Los chinos antes una negación dicen Sí y antes una afirmación dicen No. Lo peor es que no se puede discernir si niegan afirmando o viceversa. Cuando uno hace una pregunta afirmativa y ellos te dicen Sí (que ese Sí, va acompañado de un sonido nasal tipo: “oooh” pero que suena como un pato) y una, un segundo después mueve la cabeza negando lo que afirmó y que ellos aseguraron que era un Sí y que uno negó para asegurarse que ese Sí, es un Sí y no un No, entonces ellos mueven la cabeza y afirman que No, lo que un segundo antes era un Sí, y que uno negó para comprobar que era un Si y verificar si en realidad habían entendido la pregunta. Y si después de eso, el pensamiento en voz alta “Me cago en Mao” te delata, puede ser que también afirmen que Sí o en el mejor de los casos, se pongan el dedo en el oído, que en su mundo significa “No entiendo” y en el nuestro “ No oigo”.
¡No hay remedio!
Spa Militar. Me despido con  este vídeo de un Spa que me hice en Sanya, isla de Hainan, a pie de calle. Un método de depilación milenario aunque atrasado para esta época. Con pocas herramientas: hilo, pinzas, talco y una abuela corajuda que cuando intentaba abandonar el tratamiento me daba una palmadota y seguía en su labor. Salí de Sanya con la cara como un bebé, claro que,  la belleza tiene su precio…
[vimeo http://www.vimeo.com/17729310 w=400&h=300]
Besitosss!
Niu

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