De vuelta a casa…

¿Qué no se animan? Pues, embarcarse como pasajero en uno de estos enormes navíos que surcan los mares cargados de containers puede parecer arrojado, pero es sin duda una experiencia inolvidable. El avance tecnológico de estos últimos años ha contribuido al cambio de la marina mercante y de sus naves, dándole la posibilidad al viajero de recorrer el mundo por mar de un forma poco convencional, auténtica y muy divertida. Pasear por cubierta, contemplar las maniobras del barco, seguir de cerca las faenas de la tripulación, el fugaz encuentro con otra embarcación o subir al puente de mando con el capitán y escuchar las elocuentes y emocionantes anécdotas de los marineros son vivencias imborrables.
Eramos los únicos pasajeros a bordo del CMA CGM Pacifico. El 31 de diciembre de 2010, sobre las 6.00 pm el capitán Halbauer nos dio la bienvenida y el Stuart nos acompañó al camarote. El barco llevaba retraso y en la cena nos informaron que había problemas con el operador, al parecer se había tomado la tarde del 31 libre. La tripulación andaba en movimiento y por seguridad debíamos permanecer en el camarote. Nos instalamos y esperamos la media noche para despedir el año. A través de los cristales el puerto se veía impasible y silencioso, mientras bajo el cielo de Busan caía una lluvia de fuegos artificiales.
 

Los cargueros, a primera vista no se ven muy acogedores, pero los camarotes suites son espaciosos y confortables y a través de las ventanas redondas del alto entrepuente, se disfruta de una vista majestuosa al océano.

No se sube a bordo de un carguero para “pasar el tiempo” sino “para tener el tiempo” y la lenta travesía era la escapada perfecta para volver sobre nuestros pasos;  reflexionar; organizar fotos, escribir y cargar las bacterias para emprender las tareas que nos esperaban al regresar a casa.

Despedimos el año y nos acostamos a dormir. Pasada las dos, nos despertaron los violentos portazos de las estanterías. El barco que hacía salido del puerto hacía dos horas, se quedó atrapado en medio de una tormenta. Las olas -que fácilmente alcanzaban 10 metros- golpeaban con tal fuerza contra el rompeolas que el barco cabeceaba de un lado a otro como si se fuera a partir en dos mitades. En la habitación, volaron las maletas, las copas, las sillas y todo lo que no estaba amarrado.

Desde el camarote se escuchaban las voces y tropel de la tripulación. Permanecimos dos días varados en alta mar, una maquina y varios contenedores resultaron averiados. Según el Capitán Halbauer hacía más de 10 años que no presenciaba en el Pacifico un huracán del tal magnitud.

Yo me quedé por más de una semana en cama sin comer ni moverme. Sentada, el mundo se me venía encima y acostada era como estar dentro de una centrífuga a baja resolución, sólo me levantaba para ir al lavabo y expulsar lo poco que me quedaba de bilis, en cambio, Miguel estaba eufórico y a diferencia de mi, el zarandeo le abrió el apetito.

Empecé a tomar las pastillas para las náuseas, pero el efectos de “las milagrosas” me ponían a dormir y a flipar ¡Benditas píldoras! A veces asomaba la cabeza para asegurarme que no era un sueño. La mayor parte del tiempo estuve delirando con tierra firme, imagino que esa era la idea… 
La tripulación y los oficiales que siempre se alegran de tener pasajeros con quien platicar en su tiempo libre, pero escasamente me vieron el pelo. El Stuart me mimó mucho durante el viaje, me enviaba frutas en el desayuno y de vez en cuando subía con algún dulce o jugo que me ayudara a aliviar la acidez, pero tardé varios días en recuperarme porque el olor de la herrumbre en la escalera, la comida y el cigarro me provocaban mareos. Con el incidente del huracán, los oficiales de seguridad se olvidaron explicarnos las habituales maniobras de emergencia para mantener la tripulación alerta. La segunda semana, aun en mi desvarío, escuché la alarma larga- ya se imaginan, ese aviso perentorio del ¡Salta ya! porque este barco se va a pique…y sin pensarlo, salí corriendo a patitas pa’ te quiero, con los pelos desgreñados y en pantuflas. Y fue, seguramente, el momento menos apropiado para presentarme ante la tripulación, que a juzgar por la expresión de sus rostros y las sonrisas les pequé un buen susto… 
Entrando en aguas mexicana, sentimos las calidez del clima, volvimos a ver el cielo azul y gozamos de un mar quieto y reposado. Nos entró un estado de ansiedad indescriptible. Cuando vi las colinas en el horizonte sentí como si el corazón se me fuera a salir. Los nervios, pues son traicioneros, a Miguel repentinamente le entró una desesperación y un desatino, como si en lugar de colinas hubiera tortillas gigantes, frijoles refritos y enchiladas- hubiera jurado que por error, había ingerido alguna de mis pastillas :p
La noche antes de desembarcar, se organizó una fiesta de despedida con toda la tripulación y una deliciosa cena al estilo filipinos: puerco a la brasa, carne asada, ensaladas y tortas. Al día siguiente, sobre las tres, el carguero atracó en Manzanillo y una media hora después pisamos tierra firme.
56 000 mil kilómetros, 34 000 millas en 180 días-el doble de una vuelta por el globo- abrieron las puertas a mundos más allá de mis narices…

Busan: All you can eat

Sí, ya sé que ha pasado mucho tiempo y tardé mucho en actualizar la estancia en Busan y el periplo hacia México, y me disculpo por ello porque sé que han sido fieles seguidores de mis aventuras, pero créame no fue por dejadez. Cuando uno repasa punto por punto todo lo vivido durante un viaje tan largo, hay tantas historias, sorpresas, emociones y contratiempos, que pasan veloces sin que uno llegue a asimilar todo lo que le está pasando, prácticamente hasta que todo ha terminado. Y eso fue lo que me sucedió con Busan, la ciudad donde nos despedimos de nuestra vuelta por el mundo.

 

Al final los obstáculos y las preparaciones quedan en meras anécdotas. Como ya saben, por la cumbre del G20 nos desviarnos dos veces de la ruta y terminamos refugiándonos en Filipinas y ese placentero exilio incrementó sobremanera los costos, ya que de Filipinas tuvimos que regresar a Beijing para recoger la visa coreana y de ahí conectar a Corea.

Al poner un pie en Seúl se presentó el primer tópico surcoreano: El alto nivel de vida y precios elevados. Para empezar, “dar pie con bola” con un hotel de buena categoría que iguale en precio los hoteles en el Occidente o América es casi imposible y para un viajero los costos de hotel, comida y lujos consumistas-sino lleva claro cuál es su prioridad- pueden ser prácticamente inalcanzables. En Seúl descubrimos que los moteles por horas eran la opción más económica. Al llegar a Busan, pernoctamos en un hotel cercano a la estación de trenes y al día siguiente recorrimos el centro y encontramos varios moteles “Cuchi cuchi“( así le llamábamos) con amplias suites, Internet, yacussi y excelente ubicación. Debo señalar que en cuanto servicio, espacio y ubicación, los moteles coreano de esta categoría superan con creces los “Cuchi cuchi” que conocemos que, por lo general son cutres, aislados y de poco prestigio. Optamos por el “Motel Aroma” ubicado a un par de cuadras del centro y con una vista envidiable al puerto.

No se imaginan qué lejos parecen hoy los recorridos por el puerto; la algarabía de las ajummas en el mercado Chalgalchi; las interesantes excursiones por los templos; las luces centelleantes y los festejos pre navideños. Aquellas caminatas por las callejuelas empedradas y los extensos schopping subterráneos; las visitas a las casas de té y las provechosas charlas con los expertos que, más de una vez  nos invitaron a participar en la ceremonia y degustar de los té más excelsos. Sabores tan raros e indeleble que hicieron extraordinaria la experiencia en Busan.

Busan o comúnmente conocida como Pusan, es la segunda ciudad más poblada de Corea y su puerto, uno de los más importantes internacionalmente y con el mayor número de intercambio en el mundo. Y por supuesto, la pesca es una actividad de vital importancia. El mercado Chalgalchi es una de las áreas más concurridas. Se comercia pescado, mariscos, moluscos y  rarezas marinas de todos tamaños, formas y colores…

Ajummas es el término para referirse a la mujer que tiene hijos y que pasa de los 40 años. En el Chalgalchi ellas son las reinas. Regentan los restaurantes y el comercio de pescado. Son intrépidas, fuertes y corajudas. Es asombroso verlas enguantadas y con su enormes viseras batallando con un pulpo de 5 kilos; destripando una anguila; descamando y cortando el pescado o cocinando. Lo curioso es, que a los hombres, no se les ve el pelo. 

La comida coreana es deliciosa y peculiar. El plato fuerte siempre va acompañado de arroz y del famoso kimchi, cuyos ingredientes básicos son el chile rojo, ajo y cebolla fermentado con la col, el rábano o el pepino. El sabor es indistinguible y muy gustoso, tiende a ser salado y picante. Una mesa servida es un agasajo para el paladar y un colirio para los ojos.

Se come por el gusto y comer es todo un ritual. Desde la preparación, los aromas y el cuidado que ponen en cada uno de los ingredientes que componen el plato, convierten el momento del guiso en una auténtica ceremonia que culmina con el rito de la degustación. El sabor de los alimentos y la gracia en el arreglo de las vajillas permite alcanzar una placentera experiencia para los sentidos. Hay calles enteras que se especializan en la carnes, el cerdo, el pollo, etc…y al caminar uno se siente atraído por los olores y tentado por la curiosidad.

Los coreanos son muy celosos de su comida y sus tradiciones. En algunos restaurantes, las empleadas  nos explicaban cómo debíamos combinar los guisados con la carne o cómo preparar el burrito con las hojas de lechuga. A veces nos observaban de reojo para comprobar si nos desenvolvíamos bien con los palitos y el resto de las vajillas que teníamos delante. Una vez se me ocurrió mezclar el arroz con la carne y la dueña se me acercó y como no pudo explicarse en inglés, tomó un par de palitos, preparó el burrito y me lo embutió en la boca tan rápido que no tuve tiempo de pestañear. La segunda semana, había logrado acostumbrarme a los palitos coreanos-que son metálicos y delgados, muy distintos a los chinos- y ya estábamos bastante familiarizados con la comida y las combinaciones que varían en dependencia del plato principal, pero a veces prefería mezclarlos a mi manera y para ello tenía que vigilar que las empleadas o la dueña no me tuvieran en la mira, porque sabía que me tocaría otro “bocado violento”. 

No cabe duda que a través de la comida y los buenos modales se puede observar cuán sagrado o extraordinaria es una sociedad en su cultura. La diferencia entre coreanos y chinos es como el día y la noche, pero lo primero que salta a la vista es que  mastican con la boca cerrada. ¡Dios, era como estar en el paraíso! El manual de las buenas maneras es extenso, pero no vale la pena mencionarlo, ya que sus comportamientos en la mesa no son muy distintos a los nuestros. Solo me resta aclararles que  sus costumbres nada tienen que ver con: De glan calidad, bueno y balato!

Teníamos una vaga noción del té, el proceso de elaboración y fermentación, sin embargo, con las continúas visitas a las boutiques entramos en conocimiento de los varios té goumert con 20 años o más de fermentación; aprendimos sobre la importancia de las teteras y los materiales con las cuales son elaboradas, ya que hay muchos aspectos a considerar a la hora de eligir cual es la tetera adecuada para cada tipo de té. En más de una ocasión participamos en las ceremonias, donde los gestos y la postura son esenciales y no se deben pasar por alto. Por el año fin año,decidimos regalarnos una tetera de la mejor porcelana, dos tazas y una barra de té con 20 años de fermentación.   

 

No menos interesantes fueron las visitas a los templos budistas, pero no se asusten por el súastica!!!! En el occidente suele asociarse de inmediato con el fascismo, pero en el budismos se tiene como un símbolo sagrado y de buen auspicio. En la entradas de los templos, negocios, casas o restaurantes puede significar: Buenas suerte, Éxito, Bienvenida, Salud o Amor.

El 31 de diciembre estábamos sentado en la recepción esperando que el agente, que se encargaría del trámite en el puerto nos pasara a recoger. El barco zarpaba esa misma noche y estábamos ansiosos. Era el fin de nuestro viaje, pero no de nuestras aventuras… y se preguntarán: ¿Qué se siente al navegar tres semanas en un barco carguero atravesando el gélido Pacifico? Pues ese episodio, se lo contaré en la próxima entrada.

Les dejo las fotos, espero que las disfruten!

Niu

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Seúl sinónimo de Modernidad

Mientras los 20 poderosos se daban cita en Seúl para abordar la situación en los cambios climáticos, la crisis financiera y abocar una salida al eminente desastre en la economía mundial, nosotros seguíamos en lista de espera…desgraciadamente, mientras Obama permaneciera en Corea no podíamos entrar.

Quién me iba decir, que después de tantos tropiezos, terminada la Cumbre del G20 estaríamos pisando la alfombra roja; andaríamos de un lado a otro, de un mercado a un museo, de un templo a un restaurante con una sonrisa de oreja a oreja. Quién me iba decir, que conocería una de las más modernas y sofisticadas ciudades asiáticas, que me quedaría fascinada con los sabores; la arquitectura, las tradiciones y la amabilidad de la gente. La palabra que mejor define mi primera impresión de Seúl es impactante.

Seúl, al igual que otros países que sufrieron los desmanes de la guerra fue destruida y reconstruida. Hoy esta gigantesca ciudad que alberga más de 10 millones de habitantes es dominada por rascacielos y multicarreteras, se destaca por sus extensas redes de transporte de alta tecnología que la han convertido en todo un ejemplo de modernidad.

Nos impresionó la limpieza en las calles, el estado de los templos antiguos y los jardines; la combinación de lo antiguo y lo moderno y la manera en la que preservan sus tradiciones. Nos dejaron boquiabiertos los precios, aunque no menos, el alto nivel de vida. Aun así es difícil ver un vagabundo en las calles, sentirse inseguro o recibir un maltrato. El norcoreano, por general es amable y aun en una ciudad tan grande, ajetreada y competitiva la gente está siempre dispuesta a ayudar. 

La breve parada en Seúl fue estupenda. Visitamos el imponente Gyeongbokgung

y el Museo Nacional.

 

Recorrimos el mercado de Dongdaemun abierto las 24 horas;

nos dimos una vuelta por la popular zona comercial de Itaewon y su entretenida vida nocturna y para finalizar la pujante zona financiera de Yeouido, con el edificio KLI (63 pisos) y las Torres Gemelas LG, también sede de la Bolsa de Comercio.
Tres días muy fríos pero intensos, luego nos trasladamos a la ciudad de Busan y desde allí con la ayuda de Zeus y los vientos a nuestros favor tomaríamos el barco que nos devolvería a casa.
Un quiero,

De glan calidad, bueno y balato!

Dijo alguien que conoció bien la gastronomía china: “Los chinos comen cualquier cosa que tenga cuatro patas y no sea una mesa”. ¿Y cuántos no habremos escuchado mil y un cuentos chinos? En ocasiones, hasta creemos que son exageraciones, cuentos al fin. Pero no son cuentos amigos míos, en cualquier hutongs de cualquier ciudad donde arman los mercadillos nocturnos ofrecen una amplia variedad de animalitos “digeribles”, por cierto, balatos y de glan calidad.
Caballitos y estrellas de mar aderezado con chile y luego fritos. Gusanos, parientes cercanos de los batoideos (cucarachas), chapulines, escorpiones negros, güeritos y mulatos.
Y al menú de alacrán se le suman gusanos de seda fritos, víboras, escarabajos, pinchos de pajaritos, anguilas y vísceras. Los exhiben como banderitas y luego lo echan a freír en una nata de aceite quemado. En China amigos míos, se hace brocheta de todo lo que se mueva. ¿Sí, los mordí? ¡Pues claro! hay que llegar muy lejos para degustar estas delicatessen.
Los chinos tienen la mala fama de “pasar perro por liebre”, y eso como ya sabemos, tampoco es un cuento, sin embargo, nuestra experiencia en los restaurantes ha sido distinta. Cuando hemos ordenado la carne de ave (pollo, pato, paloma, etc.) nos han servido la carne en conjunto con las extremidades.
Al principio pensé que lo hacían por formalidad, para mostrarle al cliente que tenía en el plato lo que había pedido y no una carne de dudosa procedencia, pero con el pasar de los días constaté que les encanta comer las extremidades palmípedas y cartilaginosas. Lo más importante es saber elegir dónde comer y olvidarse del viejo truco del sombrero, ya que los asiáticos no disfrazan ni disimulan su gusto por ciertos cuadrúpedos que si bien podrían lastimar nuestra sensibilidad, en su cultura es algo normal.
La primera vez que vimos a esta hermosura en la jaula, no entendimos qué hacía el guardián encerrado con la gallina, pero puesto que en ocasiones los chinos siguen la lógica inversa no le dimos importancia. Una tarde recorriendo un mercado, vimos la carne de un animal similar al cerdo exhibidas sobre el mostrador, y al ver las patas nos dimos cuenta que pertenecían a otra especie. Fue entonces que comprendimos cual era el destino del perrito enjaulado. Aclaro, no todos comen perro ni todo tipo de perro, al parecer les gustan los perros salvajes, según ellos son más sanos.
Pienso que en este aspecto no debemos juzgarlos ni tampoco imponer nuestro punto de vista occidental, ya que no existe una verdad absoluta de lo que es “bueno para comer” o “malo para comer”. Todo depende de las preferencias, la religión, el costo y sobre todo, de los tabúes culturales y alimenticios. Los chinos por ejemplo, creen que el consumo de la carne de perro aumenta la potencia sexual, pero ¿quién podría contradecir a un mexicano que piensa lo mismo del consumo del menudo o del Chile? Nos quedamos perplejos al ver a los indios muriendo de hambre, mientras las reses se pasean impasibles por las calles. Las vacas son sagradas en India, en cambio, los americanos armarían la tercera guerra mundial si les prohibieran  el Steak. Los españoles se deleitan por las criadillas (cojones de toro, cordero o cerdo) y en Europa se pagan precios prohibitivos por los mariscos, por el contrario, los judíos lo ven como algo repugnante. Judíos y musulmanes rechazan el cerdo porque lo consideran un animal impuro, pero no menos radical es la posición de los nutriólogos y vegetarianos militantes cuando nos dan la cachetada con la frase: “tú eres lo comes”. Hay culturas donde las larvas son consideradas manjares exquisitos y otras donde la educación alimenticia se rige por el costo, al punto que cuando el alimento se hace caro para consumir la sociedad lo convierte en “malo para comer” en algo pecaminoso e incluso ilegal, como por ejemplo en Cuba ¿cuánto no cuesta comerse una vaca? Hay que ver el mundo con mente abierta, repito no los juzguemos, no se cenan sus mascotas. En cambio, hay comportamientos o mejor dicho, “costumbres” que no se adaptan del todo a las ”Buenas Maneras” y si hablo de Buenas Maneras es porque la emergente potencia mundial emula y adopta conceptos occidentales y no están tan ajenos como creemos a nuestras costumbres. Es por esa razón que desde que llegué a Asia (en especial a Vietnam y China) me asalta la duda ¿en realidad son costumbres o simplemente son cerdos? La Real academia de la lengua española define por costumbre: “Conjunto de inclinaciones y de usos que forman el carácter distintivo de una nación…” pero me explico con detalles y sin más preámbulos ya que lo de cerdo sonó un poco fuerte.
Como regla general antes de visitar un país hay que conocer algunas reglas y normas sociales y de plano respetarlas. En el caso de los países asiáticos, hay comportamientos que los residentes no toleran y por  ello es necesario actuar cautela. Por ejemplo: quitarse los zapatos antes de entrar a una casa, nunca poner un libro en el piso (los libros son sagrados), respetar los sitios sagrados,
y no exponer la intimidad en público.
Pero lo que no encuentro escrito en ningún lado y lo que las guías no explican es ¿qué hacer cuando vas por la calle y el que viene detrás dispara un escupitajo capaz de perforarte los zapatos, cómo actuar cuando llegas a un restaurante y ves a alguien deshollinándose la nariz como si nada fuera? ¿Cómo comportarse a la mesa en el momento que todos empiezan a comer y tal parece una orquesta de marranos desafinados?
Limpieza de faroles. Ya les conté del tráfico fuera de control y la contaminación en las grandes ciudades, y tendrían que ver con que gusto los vietnamitas y chinos se limpian la nariz. Parecen mineros, excavan, excavan, hasta que encuentran, bueno, lo que encuentran…
Cada vez me repetía “No los juzgues, otra cultura”.
Lo jodido es que no son casos esporádicos y que después de deshollinar, lo inspeccionan, hacen pelotitas y uno los ve sumidos en el análisis y piensa: ¿¡¡¡se los van a comer o qué…?!!! En ese aspecto laoenses vietnamitas y chinos van a la par. Afortunadamente, la cultura es un poco reticente al contacto físico y no es habitual el saludo de mano, ya que entre los mocos y el uso de la izquierda en la limpieza del trasero, le complicarían mucho la existencia al visitante.
Baños públicos. Después de milenios los asiáticos siguen usando los baños sin taza y la primera razón por lo que se destacan es por el olor, que se puede percibir a una distancia considerable. Luego está la ausencia de puerta y el hecho que nunca hay papel.
Esta foto,  no es de un baño cualquiera, es del lobby de un hotel 5 estrellas para chinos, pero no se extrañen por las estrellas, recuerden que los chinos tienen su propio cosmos. Comer agachado, descansar agachado, platicar agachado, esperar el bus agachado, explican el porqué es tan común el uso de baños sin taza.
Y ya que este hábito empieza desde la infancia, me figuro que en China la marca Pampers no tenga mucho éxito.
Genios hidráulicos. El tema de los hoteles y del sistema hidráulico requiere casi de un post a parte. Ante todo debo mencionar que por lo general los hoteles en Vietnam son económicos y bien ubicados, pero la gran mayoría, incluso, los de lujo, acondicionados para turistas presentan graves problemas en los baños. Antes de inspeccionar las sabanas, mirar el piso y los alrededores es imprescindible abrir las llaves y supervisar el lavamanos, de lo contrario se corre el riesgo de mojarse los zapatos y que en fracciones de segundo el baño se convierta en una piscina. De las bañeras ni hablar, cuando las duchas no están colocadas sobre la taza le falta el peldaño que retiene el agua y en fin ducharse, implica regar todo el baño. Encontrar un baño, como lo conocemos es bastante difícil porque o bien, todos los plomeros fueron a la misma escuela o todos asistieron a clases los domingos. Pero lo más desconcertante es la lista de precios, sobre todo, en los hoteles que no son precisamente boutique y que no nada que comprar ni que llevarse que no sea un espermatozoide saltarín o piojillo chino, y uno se encuentra todos los elementos de la habitación inventariados y con precios fijos (sabanas, toallas, platos, almohadas etc.) pero lo más alarmante es encontrar en la lista de precios la taza de baño. En el hotel en Sanya, China, el valor de la taza era de 500 yuanes, 100 dólares. Sólo encuentro dos explicaciones: o los chinos son muy rateros o los hoteles se aseguran que no rompan las tazas.
Embarazo perpetuo. Uno de los síntomas más incómodos del embarazo es el aumento de secreción salivar  que muchas mujeres en nuestra cultura se avergüenzan, al no poder evitar las náuseas y ganas de escupir. En China escupen en la calle hombres y mujeres por igual, pero no es solo el hecho de escupir, lo extraordinario es la vehemencia del carraspeo y la sonoridad, similar a una aspiradora estropeada o con el brazo de extracción atorado en la alfombra, pero lo más exasperante es escuchar en el silencio de la noche, cuando cesa el bullicio y la ciudad duerme, el fragor del carraspeo de un transeúnte o el rugido de los guardias del hotel. Solo hubo un lugar durante nuestra estancia donde nos sentimos a salvo, en los templos Budistas.

En algunas regiones del sur del país y en particular en la isla de Hainan es común mascar la semilla de la palma de areca y las hojas de betel y es fácil reconocer a los consumidores por la coloración de los dientes. Asimismo, al caminar por las aceras es fácil distinguir la presencia de un esputo y esquivarlo, ya que las aceras, troncos de los árboles y postes de electricidad están teñidos de  manchas rojizas.

El exceso de escupitajos y escupidores agrega otro problema a la hora de sentarse en los asientitos para enanos y no saber dónde poner las cosas. Por suerte, después de siglos, la manera de sentarse ha evolucionado y en los restaurantes a pie de calle, de las alfombras en el piso, idearon los asientos para bebé.
Una sopa suculenta hecha por la abuela con esa sazón deliciosa y un toque de monóxido es lo máximo. Y para comprobar que el estomago está preparado a fuego de balas, hay que comer aunque sea una vez, en los puestos donde no cocina precisamente la abuela y los ingredientes son un poco dudosos y debajo de la mesa una se encuentra, mismo la cabeza de una paloma que el cuerpo inerte de una cucarachita.
En Hanói la higiene deja mucho que desear.
El vicio arraigado de escupir corrompe también el comportamiento en los restaurantes, lo cuales en las primeras horas del día permanecen limpios, pero a medida que pasan las horas debajo de las mesas se van acumulando los restos de desechos de los comensales. Los palitos por su parte, lejos de saciar el paladar representan un obstáculo en el momento de tomar una sopa de fideos, y al fin, cuando las dos manos están ocupadas, una con la cuchara, la otra con los palitos y el hambre no cede, simplemente abren las piernas escupen los huesos en el piso y a una velocidad supersónica meten la cabeza en plato y se tragan los fideos a grandes bocados. No sé que es más sorprendente, si verlos escupir o sentir como se anima el corral cuando absorben los fideos y mastican con la boca abierta.
Lo incomprensible es la psicología comercial. La costumbre en los restaurantes es dejar las mesas abarrotadas de platos sucios hasta que llegue un cliente. Tal vez sea una forma básica de contabilizar el consumo, tal vez ahorrar papel y  salvar El Amazonas, quizás sea una manera de demostrarle al cliente que aunque el restaurante está medio vacío, mucha gente ha pasado a comer -en Egipto era muy común-. En ese sentido los chinos son más sofisticados, incluso, en los restaurantes humildes, los palitos y las vajillas son empacados al vacío en bolsas plásticas, pero aun así, la clientela no tiene miramientos ni escrúpulos a la hora de sacarse la comida entre los dientes y emitir ese desagradable chasquido para deshacerse de los flequillos rebeldes.
Inglés experimental. Lo fascinante en estos mundos son los equívocos que se crean por la barrera del idioma que hacen que la experiencia sea amena y  divertida. No obstante, se escuchan muchas quejas de turistas que no logran hacerse entender y se frustran porque los asiáticos son monolingües. La ironía de este fenómeno, es el paralelo con el viejo imperio, donde el norteamericano de igual modo se la pasa “mucho bueno”, pero si bien, es un insulto a la inteligencia pretender que un vendedor de frutas, un ferromozo o una simple recepcionista se comunique en el idioma universal, no es menos insultante la pretensión de algunos restaurantes chinos que emulan productos occidentales y montan un circo en lugar de proporcionar un servicio capacitado. El sistema en los restaurantes en China es como el lema de los mosqueteros: tres empleados por cliente, y aunque nos sentimos mal por el abusivo abaratamiento de la mano de obra, créanme en China, tres es mejor que uno. Mientras uno escribe el pedido, el otro traduce y el tercero pone la mesa.
Con los camareros individuales, el tema del inglés se pone peliagudo y algo tan sencillo como ordenar un espresso caliente, se convierte en una gestión que no solo involucra al resto de los empleados, sino también a la clientela que por curiosos o por el simple deseo de ayudar hacen coro alrededor de la mesa para dilucidar el conflicto. En muchas ocasiones, la orden fue a parar a la oficina del gerente. En fin, un pedido puede tardar de 10 a 20 minutos y como suelen ser las cosas en el comunismo: el cliente nunca tiene la razón. Los nombres hay que pronunciarlos a su manera: un espresso hot (dicho en inglés) se pronuncia “epeso hosh” y como si fuera poco, cuando al fin llega el café, se puede leer el pensamiento oculto tras un tenue asomo de sonrisa: “Así se hacen las cosas aquí y si no te gusta, ahí está la puerta”. Pero eso no es todo. El colmo, es llegar a un restaurante de “clase” y encontrar en el menú ingredientes con nombres de autopartes. Miguel se desternillaba de risa, no obstante, hacía un esfuerzo por explicarle al encargado los ”horrores” de traducción que no debían permitirse dada la ”categoría” del local. Casi siempre pasaban de él. !Pero esto es China señores! ¡Por qué entrar en detalles con el traductor o atormentar al fabricante si se confundió de letra¡
La manía de los anglicismos y los horrores de traducción se extienden por todo el país, la cúspide del absurdo son los comerciales televisivos.
Claro que después de un tiempo corroboramos lo que ya nos imaginábamos, que las escuelas imparten un inglés experimental.
Metro a la hora pico. “Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha…” ¡Iluso Jesús que no conoció a los chinos! Si hubiera tenido que montarse en un metro, hacer fila o abrirse paso entre la multitud de seguro habría cambiado de opinión… “arremétele un sopapo en la otra”. Y ahora que lo pienso en números, dudo mucho que le hubiera funcionado el truquillo de la multiplicación de los panes y los peces. La vida en China es tan apretada que no hay tiempo para pensar en el prójimo.
En un mundo, muy,  muy lejano, lo normal en una fila es pararse detrás del último a una distancia prudente y esperar su turno; decir gracias; usar el por favor; cederle el paso a una anciana o abrir paso a quien sube las escaleras y así sucesivamente. Pero en eso ocurre, en el muy, muy lejano, en China, esas acciones son consideradas una imprudencia. Aquí no importa quien llegó primero, si está flaquito/a, con cara aniñada, si es sordo, mudo, usa bastón, acaba de salir del hospital o es una abuela .
Al abordar  un autobús, hacer una fila o subirse al metro hay que pegarse, arrollar y si la situación lo requiere enfilar los codos al que está detrás que también viene a la carga para que se ubique. Más de una vez he tenido que darle un plantón a un chino para que se eduque, porque es irritante estar parado en una fila y ver como el que llega, se escurre entre los pocos centímetros de espacio y sin vergüenza ni remordimiento se pone delante como si uno fuera trasparente o no existiera. Pero ¿cómo trasladarse desde A hasta B en una ciudad como Shanghái de 20 millones de habitantes? Sólo hay una forma: agresividad. Lo triste es constatar que rara vez responden de manera positiva a acciones que no sean agresivas. Cuando uno comete una imprudencia como las que mencioné anteriormente, te miran intimidados, casi asustados. Si por el contrario, uno se pone delante en la fila, le da un golpetazo con la maleta o como hacemos en el tráfico que levantamos la mano con autoridad en señal de Stop al vehículo que se aproxima y que está violando la luz verde, entonces entienden quien lleva la voz cantante. A veces, hasta se sonríen con picardía del hecho que como extranjeros entendemos la movida.
Pero, ¡¡¡dije abuela…!¡¡? Sólo vi a una de las millones de abuelas que viajan en el metro, lívida de codazos y avanzando como un yoyo en medio de la estación, en el momento que una horda de clonados se abalanzaba a la salida, pero no sientan pena, las abuelas son temibles.

 

El metro en China, es uno de los más modernos y sofisticados que haya visto, también el más controlado, pero ni con toda la seguridad que tiene, que incluye, a los que trabajan encubierto y a los que no usan el  traje oficial pero que llevan un brazalete rojo que dice “Voluntario” (término bastante ambiguo en el comunismo) son capaces de controlar las masas y mucho menos a las abuelas que son el mismísimo eje del mal. Para empezar, hacer un cambio en el metro es como una carrera de fórmula I, sólo que rebasar no es lo complicado, la dificultad consiste en posicionarse en la línea de arrancada, la línea que delimita el espacio donde está permitido pararse para abordar, y por otro lado, rezar para que no te toque una abuela. En cada puerta del metro hay indicaciones precisas: dos flechas hacia los laterales que indican donde deben pararse lo que van subir y una en el centro, para los que se disponen a bajar. Pero cuando una abuela está determinada a abordar, es mejor bajar o subir por otra puerta. Las abuelas son acojonantes y cuando están resueltas son la viva imagen de los Jinetes del Apocalipsis, con la única diferencia que en lugar de un caballo, llevan falsificaciones de botas Ferragamo y al puesto de una espada una cartera Luis Vuiton Made in China. Además, no respetan las flechas, ni el tumulto, ni a los guardias de la estación, cuando se abren las puertas arrollan al que se ponga delante y si esas son las abuelas se podrán hacer una idea de los millones de nietos.

Peli-locura. Quién se haya divertido con el cuento de pinocho y dude que la realidad pueda superar la ficción tiene que venir a China, tiene que ver el ritmo de las chicas cuando llevan botas de tacones hasta las rodillas y se mueven como muñecas de cuerdas o como si algo les jalara el trasero o aquellas aún más desafiantes que se montan en extravagantes puntas de aguja a pleno mediodía y caminan como marionetas sin hilos, sin embargo, lo que nunca dejó de sorprenderme fueron los peinados.
La proliferación de las peluquerías en China es en sí un fenómeno social. Hay peluquerías por doquier y para todo los bolsillos y lo alucinante no son los cortes, los colores ni la variedad de peinados estrafalarios sino ver como a temprana a edad a los peques le encasquetan pelucas Afro. Les presento mi competencia.
La Muralla de la lengua. Decirle a un taxista que uno quiere llegar a Ave: X en cualquier mundo o al menos en el nuestro es “peccata minuta”. Claro que en nuestro mundo cuando el taxista sonríe y dice “No problem…” muchas veces hay que tocarle el hombro e indicarle que ponga el taxímetro, pero si su tarifa cuadra, uno se hace el desentendido. En China es imposible pedirle a un taxista que te lleve a X dirección si antes explicar la Belleza de las palabras o lo que es lo mismo, el cuándo, cómo, dónde y la génesis del mundo.
El síndrome del Sí y el No. Los chinos antes una negación dicen Sí y antes una afirmación dicen No. Lo peor es que no se puede discernir si niegan afirmando o viceversa. Cuando uno hace una pregunta afirmativa y ellos te dicen Sí (que ese Sí, va acompañado de un sonido nasal tipo: “oooh” pero que suena como un pato) y una, un segundo después mueve la cabeza negando lo que afirmó y que ellos aseguraron que era un Sí y que uno negó para asegurarse que ese Sí, es un Sí y no un No, entonces ellos mueven la cabeza y afirman que No, lo que un segundo antes era un Sí, y que uno negó para comprobar que era un Si y verificar si en realidad habían entendido la pregunta. Y si después de eso, el pensamiento en voz alta “Me cago en Mao” te delata, puede ser que también afirmen que Sí o en el mejor de los casos, se pongan el dedo en el oído, que en su mundo significa “No entiendo” y en el nuestro “ No oigo”.
¡No hay remedio!
Spa Militar. Me despido con  este vídeo de un Spa que me hice en Sanya, isla de Hainan, a pie de calle. Un método de depilación milenario aunque atrasado para esta época. Con pocas herramientas: hilo, pinzas, talco y una abuela corajuda que cuando intentaba abandonar el tratamiento me daba una palmadota y seguía en su labor. Salí de Sanya con la cara como un bebé, claro que,  la belleza tiene su precio…
[vimeo http://www.vimeo.com/17729310 w=400&h=300]
Besitosss!
Niu

Addio Palawan

El dilema en San Vicente fue cómo regresar a Puerto Princesa, puesto que a mí no me quedaban resortes para aguantar el regreso en moto y Miguel no quería dejarme a la merced de los autobuses. Yo siempre tuve mis reserva a la hora de subirme a un camello habanero, pero después de ver los buses filipinos le puedo asegurar que el camello es todo un lujo…
No se comprara el olor que expiden los cuerpos sudados y apretujados al lado del olor de esta clase de pasajeros, que a veces son transportados de forma tan inhumana que hasta entran ganas de cederle el asiento. Y como dicen el refrán: “Para morirse solo hay que estar vivo”… y para tener una muerte súbita e indolora hay que montarse en bus filipino, que visto con humor tiene sus ganancias: pasaje económico, calor tropical, vistas hermosas y compañía genuina.
Esa mañana me fui a la terminal y como supimos que los shuttle iban más rápido reservé un asiento y esperé que terminara de cargar. Eran las 8.00 am. Miguel arrancó y quedamos de encontrarnos en la pensión. Los shuttle (mini van) tienen capacidad de transportar 12 personas, sin embargo, en el camino dicha cifra suele duplicarse.
Antes de tomar la carretera, el chófer dio varias vueltas por el pueblo, se tomó un café, se despidió de los primos, montó unos bultos en el techo y addio! Los 13 kilómetros de curva y de camino fangoso parecían interminables. Una hora después se detuvo en la terminal de Roxas a comer.

Eran las 10.00 am. Allí espero a que llegaran más pasajeros, pero nadie subió. Yo iba de copiloto y cuando me di cuenta que no tenía intención de montar a nadie más, trasladé el equipaje y me acomodé. Cada vez que cogía un bache o se le atravesaba una vaca me preguntaba si en mi país era igual y por supuesto le dije que sí, pero sin mucho entusiasmo porque con aquellas llantas lisa cogía las cuervas como si estuviera manejando un formula I. En el camino recogió todo lo que se movía y de 8 personas que salimos llegamos con 12 más 4 en el techo y algunas chivas. Curiosamente, cuando paraba por alguien o algo, antes de ponerse en marcha tocaba el rosario y  se persignaba. Como a unos veinte kilómetros, dio un frenazo que casi le pego la frente al parabrisas. Nos encontramos a tres jóvenes accidentados que andaban en moto y uno de ellos ensangrentado y tendido en medio de un yucal no se veía nada bien. Los pasajeros se desmontaron y los montaron en el bus. El chófer se puso en camino, volándose los baches y las curvas y el pobre chico gemía desesperado de dolor.

La entrada de emergencia del hospital no había camillas y lo trasladaron como si fuera una saco de papas, pobrecillo. En todo el camino no pegué un ojo, entre las paradas por las aldeas recogiendo lo que se le atravesaba, el viaje que, debía durar tres horas se convirtió en seis. Llegando a Puerto Princesa una llanta se pinchó y aquello fue de película. Los pasajeros se desmontaron. Pasado unos 10 minutos pasó un colega del chófer y le tiró una llanta y los dos chicos que viajan como ayudantes sentados sobre el techo, como changos cuando se bajan del árbol, la montaron en minutos. Cuando llegué a la pensión, Miguel acaba de llegar de la estación e iba camino a la policía. Estaba un poco exaltado por la demora, pero yo al verlo, estuve a punto de soltar un grito cuando vi que había entregado la motocross y había rentado una automática para andar por la ciudad.
Con un sueño restaurador, las malas experiencias se olvidan. La motito tenía el asiento más espacioso y al día siguiente tomamos la carretera hacia el sur ( sin equipaje) y dos horas después nos detuvimos en el Puerto Magingisda. Almorzamos en la aldea, recorrimos la bahía y luego nos regresamos en el barco público.
Esa noche hicimos mesa redonda para definir cuál sería el próximo destino. En dos cosas estábamos de acuerdo, que no viajaríamos en moto y que el viaje en shuttle no debía superar las tres horas. Decidimos ir a Narra, un poblado a dos horas de la ciudad. Tomamos lo necesario, dejamos el equipaje en la pensión y al día siguiente partimos hacia al sur.

Nos hospedamos en La Vista, un resort frente al mar a dos kilómetros del pueblo, regentado por una familia filipina en una aldea nombrada Antipulian, donde llegan poco turismo o más bien el turismo es nacional. Al llegar depusimos las armas. Era la primera vez que nos abandonábamos al completo relax, tomando cerveza hasta caer, comiendo y bañándonos en la playa.

Nos pasamos dos días del mar al bungalow y del bungalow al restaurante. Al tercer día salimos a visitar el poblado. Voilà! Este es el Downtown!
Fashion,
barbería,
Burger,
ferretería con tazas para bebes,
escuela,
y lo más importante, mucha esperanza.
ah me olvidaba de las reglas…ja ja aunque no lo parezca, se la toman muy en serio.
Y a sólo dos kilómetros estaba nuestro paraíso.
En las tardes, caminando por la playa encontramos los niños y las familias y tamaño de familias!.
Pero gente sencilla, amable y cordial.
Nos pasamos 5 días estupendos y reunimos fuerzas para las 48 horas de vuelo que nos esperaban después de abandonar Islas Filipinas. Nos regresamos a Puerto Princesa, nos despedimos de la familia de la pensión y al día siguiente volamos a Manila. Luego tomamos otro vuelo de Manila a Shanghai, de Shanghai a Beijing y de Beijing a Seul.
Y aquí estamos fuera de las garras del comunismo chino!
Un besote!
Niu
Puerto Mangingisda
Narra