¡Sabaidee Luang Prabang!

A las 5.00 pm aproximadamente aterrizamos en Luang Prabang, Laos. El vuelo duró una hora, pero con las continuas advertencias de turbulencia y la manera en que resonaban las hélices, me pareció infinito. Tenía más pinta de bus con alas que de avión. Los asientos rectos y estrechos y para rematar tapizados con un kitsch impresionante, pero lo mejor de todo fue que la aeromoza que al terminar de repetir  el “sálvate si puedes…” nos dio el námaste de buena suerte y !menudo viaje!

Los vuelos cortos me inquietan y me traen a la memoria la imagen desoladora de la  pelona y a esa hora lo mismo invoco a  la Virgencita que al convoy Yoruba y para mi desdicha seguiremos así, con vuelo de corta distancia hasta llegar a Corea, la suerte es que Miguel tiene brazos fuertes y sobrada paciencia. El aterrizaje fue indoloro, pero al descender nos enfrentamos con la típica burocracia tercermundista y   tuvimos que esperar a que llegara el equipaje para sacar una foto y  hacer una larga fila para comprar  la visa. La bienvenida fue lo mejor, 60 dólares con el !Pum! El sonido estrepitoso del cuño que siempre va por la casa.

Y como de costumbre cuando llegamos de viaje, lo primero que hacemos es soltar el equipaje y acto seguido verificar la conexión( que por lo general los hoteles lo ofrecen pero rara vez funciona) porque ya conocemos como va la historia con los asiáticos. Desgraciadamente, cuando les preguntas te dicen: “Yes yes…” y cuando le contestas ¡no hay!! parecen alarmados y te miran con la cara de ” yo no fui” y emiten ese sonido que tanto nos hace reír cuando vemos las películas de Jackie Chan:  Ohhhh…ohh  En fin una batalla de ideas.

Lo segundo y de volada yo me fumo un cigarro hasta al filtro y luego para maximizar el tiempo nos vamos a dar un recorrido o mejor dicho, para ganar en tiempo, puesto que el día que tenemos que irnos, por remolones se nos va la mañana haciendo maletas.

El hotel donde estamos hospedados es un resort campestre a orillas del Mekong  y a unos 5 minutos del centro. Con excelente servicio, muy agradable y por suerte con Internet y a gracias a eso hemos tenido la oportunidad de organizar el siguiente paso: Vietnam.

Esa misma tarde, antes que anocheciera tomamos un par de bicis del hotel y nos fuimos a dar la vuelta.

Los primeros pasos por la ciudad nos cautivó. No cabe duda que Luang Prabang es una pequeña joya indochina. La arquitectura es una fusión de colonialismo francés y arquitectura tradicional asiática. Las viviendas a lo largo del río son muy variadas, pero incluso las más modernas mantienen el estilo tradicional: estructuras y pilares de madera, techos de teja oscuros, balcones rústicos de leño labrados con festones y motivos florales. De del otro lado del malecón,  la vista al extenso río Mekong que corre imperturbable y silencioso y le da a la ciudad un aire apacible y romántico.

Esa noche nos sentamos en un bar frente río y empezamos a recapitular nuestras impresiones sobre Tailandia, esas que suelo dejar en el tintero para no aburrirlos y otras, que he omitido para tener algo que contarles a mi regreso.

Frente al Mekong permanecimos un par de horas. Pedimos cervezas  y nos abandonamos al relax, nos sentíamos tan bien que sin darnos cuenta violamos la primera regla: preguntar los precio antes de ordenar. Curiosamente, al pagar no hubo sorpresas y eso nos pareció extraño. En Asia es habitual el timo en los bares y restaurantes y preguntar es el único modo de evitarlos, aunque claro, están siempre quienes intentan sacarte unos dólares más y lo más curioso es que aunque minutos antes se hayan acercado con cortesías y comunicándose en un buen  inglés, cuando uno les reclama se hacen los desentendidos. Lo importante es no perder la cara, pagar con una sonrisa y mandarlos con sonrisas gratis a freír tuzas.

Aquí el cambio del dólar al kips ( moneda del país) es una locura, 8,500 x 1 y con tantas cifras( que no valen nada) y colores similares se vuelve confuso, pero esa anoche cuando fuimos a comer nos dimos cuenta que el precio de comida, bebidas, etc. oscila entre los 5000 a 10 000 kips un 1,20$, mucho más barato que en Tailandia.

Una de las cosas que hemos disfrutado es la tranquilidad en las calles, la ciudad es muy quieta, en realidad demasiado quieta. El control está a la orden del día. En las mañana, el malecón se anima con los vendedores ambulantes, restaurantes, cafés, salones de masaje, puestos de artesanía y ventas de chupitos de vino de serpiente. Un vino casero a base del veneno de serpiente. Según supe, se abre y desangra la serpiente en un cuenco con vino de arroz o alcohol etílico y se añeja por meses con toda clase de reptiles, lagartijas, escorpiones, ciempiés y todo lo que se arrastra y habita cerca del río.

El ambiente sosegado que reina en la ciudad también se debe al poco tráfico, hay centenares de motos y bicicletas pero el ruido no quebranta la tranquilidad, al contrario, tiene su aspecto divertido.

A partir de las 8.00 pm la poli empieza a patrullar y pasado el “toque de queda”(11.00 pm) todo cierra y sólo se ven turistas sofocados por el calor merodeando por las calles. La gente por lo que he visto es amable, no muy risueña y efusiva como los tailandeses pero se aguanta y eso al fin hace que los paseos por el Mekong sean agradables y no tengamos que sufrir el asedio de los vendedores y  los pangueros. !Control mucho control!

Los templos es los países budistas son fascinantes y la variación de motivo es infinita, pero al mismo tiempo, son como el termómetro con el cual uno puede medir el grado de misticismo y claro de solvencia, puesto que esas pagodas doradas, primeros rascacielos de la antigüedad encarnan el orgullo de la nación. Los templos de Luang Prabang son una mezcla de colonialismo y arquitectura budista pero aun con la belleza que irradian se ven descuidados.

A simple vista se nota la carencia de recurso y la desventaja económica del país con respecto a Tailandia. Cualquiera de los templos Thais, incluso, aquellos que se han erigido en los pueblos recónditos con caminos escarpados (que parece olvidados hasta por la realeza) ostentan trabajos de incrustaciones de vidrio impecables, sin contar el uso excesivo y a veces barroco del oro en las torres, en el cemento y la madera. Y vale agregar que las figuras que custodian los templos, por lo general están decoradas al detalle.

En estilo,  los templos de Luang Prabang son muy parecidos, pero los motivos decorativos son un poco diferentes. El Ban Xiengthong, por ejemplo, tiene más de 500 años y  atesora en las paredes exteriores decoraciones de vidrio y plomo exquisitas.

A mí, me hacían reír los leones guardianes que custodian el templo, que se ven rechonchos y holgazanes.

Este guardián, se ve un poco naif si se compara con los guardianes Thais, sin embargo, en pocos templos del sudeste asiático se pueden encontrar bajorrelieves rojos y negros en las columnas y los techos tan refinados. Este templo es en sí, es una obra de arte.

Ayer dejamos a un lado los templos y con una panguita recorrimos el Mekong , lástima que cuando llegamos a la orilla empezó a llover a cántaros y por falta de estas sombrillas llegamos al hotel empapados.

Hoy anduvimos arriba y abajo por la ciudad, pero la lluvia nos hizo retroceder, aunque en el fondo me alegré, la bici me deja sin aliento en las subidas !Maledetti malboro!

Esta noche hemos querido despedirnos con algo especial y nos dimos el lujo de cenar en un restaurante Lao-Japonés con el acompañamiento de una danza tradicional y nos llevamos un recuerdo placentero y un sabor delicioso.

En unas horas empezaremos a hacer las maletas. Ha cesado de llover y ahora corre un vientecillo fresco. Esta parte de ciudad ya está en silencio aunque aún faltan dos horas para el toque de queda. Mañana volamos a Vietnam. Otros sabores, otra música, una nueva aventura. 

Un beso!

Niu

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