Los hermanos semitas

Son incalculables los ríos de sangre que durante siglos corrieron en Jerusalén, por eso es una amarga ironía que está ciudad se nombre “La capital de tierra santa”. Cuentan que aquí aconteció la pasión, la resurrección y la muerte de Cristo, justo en esta ciudad donde la intolerancia religiosa es el pan que alimenta a sus adeptos. Y tanto dolor no ha sido suficiente, después de dos mil años Jerusalén continúa siendo el lugar más disputado por las tres religiones como más seguidores en el mundo: el judaísmos, el cristianismo y el islam. Y esa tensión, esa descarga espiritual y ese odio mutuo entre sus residentes se respira dentro y fuera de las murallas, donde al parece no existe otra razón de existencia que no sea defender el derecho de pertenencia.

Si los muros hablaran tal vez cambiarían la historia, mas las ruinas cuentan poco del pasado, porque esa Jerusalén por la cual caminamos dista mucho de lo que fue hace dos mil años.

De Jerusalén

La vía crusis o dolorosa, es un callejón estrecho que marca las estaciones por donde supuestamente Jesús caminó cargando la pesada cruz. Pero debe ser para él más doloroso mirar hacia abajo y ver que nada ha cambiado porque la “casa del padre” sigue siendo una cueva de ladrones. Sí, es dolorosa la vía crusis sobre todo, cuando tienes subir las escaleras y al mismo tiempo desmarcarse de los vendedores. La ciudad que proclama “La Paz religiosa” se divide en cuatro barrios: barrio judío, barrio cristiano, barrio musulmán y barrio armenio. Pero esa paz es bajo control, en la entrada de los sitios sagrados de los musulmanes y de los judíos hay garitas de inspección y de control.

De Jerusalem

Los musulmanes no pueden acercarse al Muro de las Lamentaciones, la pared que quedó del segundo templo de Salomón, donde los judíos se paran a orar. Este lugar se nombra Western Wall porque apunta al occidente. La pared está divida con un cerco, una área para los hombres y una para las mujeres para que cada quien se dé cabezazos a su aire.

Aquí está Miguel con un kipá en la cabeza (los invitados deben ponersela antes de entrar) hablando con cuatro mariachis mexicanos que según ellos no viven en México sino en Polanco City. Vaya, la cosas que hay que oir!

Los judíos tampoco pueden entrar a la Basílica de la Roca, el lugar sagrado de los musulmanes y el segundo más importante después de la Mecca.

Racismo, sed de venganza y conspiración son sentimientos velados que se quedan atrapados entre los muros o bajo el tropel de los viandantes y que sólo se pueden leer entre líneas.

Pero hay un aspecto que todos comparten en común y es en el haber convertido Jerusalén en un enorme mercado de tenderetes donde se contienden los turistas y se les trata de exprimir al máximo. El shekel (dinero hebreo) es la única doctrina en la casa del señor y poco o nada ha cambiado desde la crucifixión hasta hoy. Si no me falla la memoria, Jesús fue condenado a muerte por haber acojonado a los romanos y haber echado del templo a vendedores de palomas y cambistas, y la única diferencia es que hoy no se venden palomas sino crucifijos y ropa china, y a los cambistas le llamamos Money Changer. Con el pasar del tiempo cambia también la mentalidad y el exceso de tanta espiritualidad al igual que el arte después de un rato puede llegar a agobiarnos, será por esa razón que han construido un puente que conecta la Puerta de Jaffa a un Megamall(exactamente como en el Louvre) y este representa el orgullo de la moderna Jerusalén que ha “florecido” alrededor de los muros. En los jardines de Getsemaní (Monte de los Olivos ) Jesús tuvo su última cena y muy cerca se encuentra el lugar de la ascensión. Una pesada subida a pie (por suerte nosotros la hicimos en auto) al llegar una escalinata y en la plataforma un guey, que te cobra 5 shekel para abrirte la puerta de una área de 9 metros cuadrados con una pequeña cúpula.

Caminas dos metros y entras en un recinto oscuro y con olor a humedad y allí en el centro encuentras un hueco con forma de cenicero, pero lleno de arena y con un sugerente billete de un dólar. El interior apesta a cigarrillos y él que se los fumó no se ocupó siguiera de recoger la colilla. Te das vuelta atrás, miras el mapa y piensas que hay un error, pero no hay errores el lugar está claramente indicado como el sitio de la ascensión.Y saliendo de allí con ganas de darte ostias, tienes que pelearte con un vendedor por el precio abusivo de una botella mediana de agua y soportar la prepotencia del los ” elegidos” en el tráfico. Observar como se pelean y se mandan a la fregada en su jerigonza, y como un apurado, hijo de una Maria, prefiere crear un nudo en la intersección antes que cederle el paso al auto que tiene al frente. Y mientras estas intentando escapar y evitando que un conductor suicida te de un fregazo, te vienen encima los mendigos (en este caso nos toco un grupo de niños) que al negarle una moneda, te muestra el dedo del medio y te grita judo (la ofensa más fuerte hacia los judíos). Vaya pacífica ciudad, es el mismísimo paraíso!

Parece casi una broma cuando católicos, judíos y musulmanes se llena la boca hablando del “verbo” como si eso fuera desligado a las acciones, pero supongo que así es la humanidad, la guerra siempre ha sido un buen negocio. Si de algo estoy segura es que hay más espiritualidad y amor en cualquiera de nosotros, que la que esperamos encontrar en “Tierra Santa”. Y para que narrar lo que es entrar en discusiones sobre principios religiosos, cuando cada uno tiene su teoría. Los musulmanes, por ejemplo, afirman que a quien crucificaron fue a un doble de Cristo, es decir, que Jesús utilizó una treta, mandó a la cruz a un indiecito para luego tomar el vuelo exprés a través del espíritu santo. Y si le preguntas a un judío al respecto te dice -palabras textuales de uno con quien hablamos- que los musulmanes sólo entienden a balazos…oh Dios!

El museo de David se encuentra en la puerta de Jaffa y según las guías las piedras amontonadas y las excavaciones expuestas se remontan a dos milenios. Valió la pena entrar sólo por ver desde la torre el panorama de la ciudad y recorrer los jardines.

El único lugar donde nos sentimos a gusto entre la multitud sin que nos vieran como dólares andantes fue en Belén, aunque al principio me pareció que ir por nuestra cuenta era muy arriesgado. De Jerusalén a Belén son 10 minutos en auto,  pero hay un muro que separa las dos ciudades y las visitas a Basílica de la Natividad son exclusivamente programadas por las agencias que se encargan del traslado y del permiso en la zona verde y por lo que supimos hacen hasta un cacheo de entrada y de salida, por otra parte los judíos no son bienvenidos.

Nosotros nos escabullimos por la autopista y atravesamos toda la ciudad hasta llegar a los bazares palestinos. El temor que sentí al entrar, fue en vano. Nadie nos detuvo, nadie se molesto al ver la placa y cuando entramos al bazar(donde los turistas se les tiene prohibido ir) nos llevamos una agradable sorpresa. La mayoría de los árabes al vernos nos dio la bienvenida (algo que solo sucede en Jerusalén cuando quieren que compres algo). Entramos a la basílica e hicimos el recorrido al mismo tiempo que un bus descargaba un grupo de turistas. Fue muy agradable la visita a la basílica, pero había tanta gente que perdí la paciencia en la fila para ver la estrella de plata. Luego salimos a buscar comida. Recorrimos una vez más el bazar y entramos a un restaurante “impío” y por primera vez comimos hasta llenarnos y pagamos un precio justo.

La primera condición para visitar Jerusalén es un buen fajo en efectivo. La fe, bueno… la fe, non problem! si tienes con que pagar te la llevas a casa. Lugares para divertirse, non problem! encuentras todo lo que necesitas para irte de juerga; donde gastar el dinero, non problem! es el lugar ideal. Mi consejo, para quien desee reencontrar la espiritualidad y reforzar la fe es mejor que la busque en su interior. Jerusalén es como una valiosa pintura antigua con muchos retoques que para apreciarla es mejor verla de lejos.

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Desierto de Judea

La mañana del 18 de agosto rentamos un auto en Tel Aviv para emprender el viaje hacia ” Tierra “Santa” y a medida que avanzábamos no dejaba de preguntarle: ¿Señor como lo hiciste…? Y ésta, como ya saben es su clásica respuesta.

Observando las colinas desérticas y derritiéndome del calor trataba de imaginármelo montado en su burro a un 1 km por hora. Fábula o verdad es para mí una interrogante, porque lo cierto es que la experiencia que viví en Israel reforzaron mi escepticismo. Muchas dudas asaltaron mi mente y muchas preguntas- las cuales aun no tengo respuesta- surgieron en el trayecto hacia Jerusalén. Estábamos solos. Desde el momento en que nos despedimos de nuestros amigos encendimos las antenas de viajeros y nos dejamos llevar por nuestros instintos.

Ramy y Gei nos dieron consejos prácticos sobre como movernos en el país, pero estábamos conscientes que el idioma no era la única barrera. La discrepancia religiosa, la disparidad social y la prepotencia entre represores y sometidos era una línea infranqueable y a veces invisible con la cual debíamos lidiar y teníamos que tener cuidado de no traspasarla. Decidimos tomar la carrera lenta y adoptar el espíritu de los peregrinos que con la biblia en la mano siguen los pasos de Jesús. El primer destino fue Nazaret. Nos pasamos una hora bordeando el mar mediterráneo hasta que llegamos a una carretera explanada que nos condujo directo a la ciudad. Minutos antes de llegar, divisamos la cúpula de la Basílica de la Anunciación pero por encima de ella, se erguían en el horizonte azul los minaretes árabes. En Nazaret el mayor porciento de la comunidad es árabe, pero ambas caras se combinan, la musulmana y la católica.

La basílica de la anunciación fue el lugar donde según marca la tradición el arcángel Gabriel se presentó ante María. En el centro de la basílica hay una gruta, el lugar donde supuestamente ocurrieron estos hechos.

Entré en la basílica, pero después de unos minutos me enfadé con un grupo de fanáticas españolas que empezaron con el Ave maría a tal tono que el guía tuvo que acallarlas. Luego recorrí las galerías adornadas con incontables Marías donadas de al menos 50 países, pero cada una representaba con los rasgos fisionómicos de su cultura. La imagen de la María japonesa se me hizo tan chistosa, ¡imagínense por un momento a María en kimono!. Dentro de la basílica los católicos estaban eufóricos con su aleluya, pero fuera, en los jardines, se escuchaban los cánticos del Ramadán.

Era viernes, justo el día que empezaba el shabat. La semana para los judíos empieza el domingo y termina el viernes al bajar el sol y ese día todos los negocios y restaurantes estaban cerrados. Teníamos la esperanza que algún restaurante árabe estuviera abierto, pero los musulmanes en Ramadán evitan la tentación que provoca el ayuno y no venden comida. No teníamos muchas opciones y nos dimos cuenta que Nazaret no era un destino prometedor para pasar la noche, por otro lado, no había donde quedarse.  Las santas monjitas ofrecían un modesto hospedaje a 80 dólares y encima, no había Internet, no se podía follar ni fumar y había que meterse a la cama a las 10.00 pm. Sin pensarlo mucho partimos hacia Tiberíades. La ciudad de Tiberíades fue construida en 20 d.c en la orilla del mar de Galilea bajo el mandato de Herodes Antipas, hijo de Herodes el grande y en la antigüedad se convirtió en la capital de Galilea. Nos quedamos allí una noche, pero el encuentro con los restos de los muros bizantinos fue decepcionante y el centro de la ciudad no era más que una extensa cadena de restaurantes de comida chatarra y franquicias hoteleras establecidas en la orilla del mar para el turismo sol y playa.

Al levantarnos partimos hacia el desierto, pero antes recorrimos las ciudades a orilla del mar y nos detuvimos en Kirenet, el punto donde el Rio Jordán se une con el mar de Galilea, donde según describe la biblia, Juan bautizó a Jesús.

Tampoco allí se podía entrar sin pagar y decidimos tomar la foto por nuestra cuenta. En “Tierra Santa” el todopoderoso es el dinero y nos dimos cuenta al aterrizar en Tel Aviv, pero no fue hasta llegar a Jerusalén que lo vivimos en carne propia. En lugar de dirigirnos a Jerusalén seguimos la carretera 90 que de norte a sur atraviesa el desierto de Judea costeando el Mar Muerto.

Teníamos la intención de pasar la noche en Ein Gedi pero nos aventamos hasta el Mar Rojo, donde hace unos años se construyó una ciudad que lleva por nombre Eliat. Atravesar el desierto fue la experiencia más fuerte y emocionante que he tenido hasta ahora, pero al mismo tiempo desgarradora.

La temperatura era de 45 grados y dentro del auto nos sentiamos como pollos rostizados, el agua se calentaba a los 5 minutos y había momentos en que la sed era desesperante. No había nada en los alrededores, solo una carretera y un desierto infinito. Fue emocionante costear el Mar Muerto y estar en el punto más bajo de la tierra (416 metros bajo el nivel del mar) el único lugar donde uno no se hunde cuando flota.

De Desierto de Galilea, Via 90

La carretera nos condujo irremediablemte a la Rivera Occidental (cisjordania) cerca de las provincias ocupadas por Israel o divididas con Palestina con un muro como en la antigua Alemania. A veces no sabíamos a cuales de las ciudades podíamos entrar, cual era israelí o cual palestino. El problema no era fin con los palestinos, sino con los israelí -si va con el enemigo, te conviertes en uno de ellos- además nuestro contrato de renta nos prohibía salir del territorio. Es muy difícil explicarle cuales fueron las sensaciones que experimenté mirando el alambrado en la orilla del Mar Muerto y viendo del otro lado los tanques del ejercito palestino en ronda.

A veces me figuraba de estar en medio de una guerra, tratando de escapar por un estrecho corredor, y por momentos, de estar en una prisión, pero consciente que los presos no éramos nosotros sino los del otro lado. En toda mi estancia, siempre sentí tensión, nunca me tranquilizó ver militares, al contrario, tenía la sensación que pudiese ocurrir lo inesperado.

Este es el Mar Muerto.

El único lugar donde los israelíes pueden bañarse, el resto de la costa está alambrada y a ellos les está prohibido acercarse. Y lo que está prohibido para ellos lo está también para sus visitantes, por esa razón en dos ocasiones tuvimos que desviarnos de la ruta y no pudimos visitar la ciudad de Jericó, que actualmente se encuentra bajo el mando de Palestina. En total el viaje duró 6 horas. En el camino nos detuvimos en Qumrán. Qumrán fue el lugar de asentamiento de una secta antigua y donde se desenterraron 700 manuscritos que describen la vida de la secta en la oriila del Mar Muerto y fragmentos de todos los libros de la biblia.

¿Sodoma y Gomorra les resulta familiar? pues aquí es donde se cree que existió la ciudad.

Y aquí está la chica desobediente que se convirtió en un pilar de sal…

Antes de llegar a Eliat, nos creímos en problemas. A poca distancia vimos una garita de militares y pensamos que estábamos en territorio palestino. No sabíamos que hacer, a poco metros vimos a los guardias que apenas escucharon el frenazo se pusieron en alerta, y a nuestra derecha, una curva de salida. No sabíamos donde estábamos ni cuánto kilómetros nos faltaba para llegar, porque la señalización era poco fiable.  Nos quedamos unos minutos paralizados, la suerte fue el auto que venía detrás que nos salvó la campana. Cuando lo vimos entrar y pasar la seguridad lo seguimos y fue un alivio ver a los guardias levantar la mano en señal que todo estaba Ok. Después de una brusca subida vimos el Mar Rojo y sin sorpresa alguna, la ciudad Eliat, un moderno Disneylandia. Desde la playa, mirando a suroeste, se ve muy claro la bandera de Jordania y al final del malecón al sureste, un muro de cemento que la separa de Egipto. Buscamos comida y donde pasar la noche. No había nada interesante que hacer que no fuera gastar dinero en los bares. Habíamos recorrido 500 km y al día siguiente debíamos viaje hacia el nordeste y recorrer el desierto Negev para retomar los pasos de Cristo. Nos habíamos alejado de Dios y nos los estaba cobrando caro. En 4 días en el país habíamos gastando lo que nos hubiera costado una semana de lujo en París, por ese motivo se hacía urgente llegar a Jerusalén, rendir tributo y confesar nuestros pecados.

Un beso santo,
Niu

Tel Aviv

Imaginé que viviría la segunda parte de la odisea de Israel al llegar al aeropuerto de Berlín para tomar el vuelo a Tel Aviv, cuando al acercanos para el checking un joven amable pero con ojos de perrito ovejero y cara tiesa nos hizo un breve interrogatorio. Pensé que sería el preludio de otra amarga desventura al aterrizar en Tierra Santa, en cambio, tuvimos un vuelo magnifico y sin problemas con aduna y al salir sentimos la acogida del espíritu santo: 40 grados a la sombra.

Después de recoger el equipaje caminamos  a la estación del trenes para dirigirnos hacia al centro donde nos esperaban nuestros amigos israelíes  Una simpática pareja que Miguel conoció hace tres años cuando ellos se encontraban en su vuelta por el mundo en bicicleta. La primera complicación con el tren fue encontrar las paradas escritas en hebreo, por suerte llegar no fue difícil, Rami Y Gall (así se llaman nuestros amigos) tienen un departamento muy bien ubicado en el centro y a sólo 6 cuadras de la playa, así que apenas llegamos y le dimos el shalom shalom (saludo en hebreo) Rami sacó una fría que nos las bebimos hasta el fondo y acto seguido nos cambiamos de ropa y nos fuimos a la playa. Y para evitar un soponcio salimos con una cerveza en la mano.

En Tel Aviv se puede casi todo, tomar cerveza en la calle, fumarse un porro y andar en ropa ligera. La ciudad es moderna, pero el centro no es muy interesante.  Los edificios son un tantito descuidados y las fachadas son bastante decadentes. La ciudad, por la gran parte vive del turismo y los precios son excesivamente altos, de hecho Israel es considerado el país más caro y tecnológicamente más avanzado del Medio Oriente.

Esta es Tel Aviv.

Estos edificios enormes son hoteles, a lo lejos se ven imponente, pero cuando uno entra se da cuenta que el artífice de tan malogrado diseño tuvo que ser un arquitecto ruso porque los interiores y los espacios son horribles. Nuestros amigos estaban avergonzados, pero en buena onda, conscientes que la ciudad es un destino de pachanga y veraneo. En realidad, sino fuera por los mega hoteles construidos a orillas de la playa, podría decirse, que es una copia de la Habana modena, descolorida, caótica pero muy alegre.

De Tel Aviv

Esa noche recorrimos el centro y fuimos a comer a faláfel libanés, la comida rápida hebrea. EL faláfel es como un sándwich pero hecho con el pan pita (griego) y con la salsa humus. El humus es la base de toda comida en el medio oriente, es una salsa pastosa con un sabor particular y va servida sobre las carnes y los vegetales. Por lo que nos contaron el país no tiene cocina tradicional y la comida es más bien una mezcla de platos de diferentes culturas, por el contrario, la leche, el yogurt y el queso, se le elaboran en el país y son el orgullo de la nación, debo decir son realmente exquisitos.

Al día siguiente nos fuimos a un restaurante Yemení y degustamos una sopa de res espectacular!

De Tel Aviv

Y en la mañana temprano bajo un sol aplastante visitamos el sur de Tel Aviv, la antigua Jaffa.

Según la tradición la ciudad fue fundada por Jafet, hijo de Noé y en este puerto (que tiene 4000 años y es considerado el más viejo del mundo) se descargaron los cedros de Líbano enviado por el Rey de Hiram de Tiro para la construcción del templo de Salomón. En la actualidad Jaffa es uno de los distritos más poblados de Tel Aviv,  pero aparte de los hallazgos arqueológicos expuesto en la Plaza Kedummin y de las callejuelas angosta con sus pequeñas galerías, la antigua Jaffa es una inmenso bazar repletos de tienditas y boutique. En la noche hay una intensa vida nocturna,  los clubes se llenan y es agradable sentarse a beber una buena cerveza y refrescar el calorón.

Nos llamó la atención encontrar en Jaffa pequeños talleres de calzado manufacturados. Trabajan la piel en cartera, zapatos y cintos y las confecciones son verdaderamente hermosas. Pero lo más curioso fue encontrar por todos lados gatitos vagabundos. Nunca vimos un perro sin collar o sin dueño, en cambio los gatitos hambrientos andaban dando salto por los rincones o se aparecían de imprevisto bajo la mesa e irónicamente todos tenían esa expresión poco agraciada…

No lo ven un parecido? Tal vez sea una de las razones por lo que no se les estima.

Pero el mundo es cruel, aquí están los judíos ortodoxos dándoles cabezazos a una puerta que mira al occidente y protestando porque el gobierno aprobó un proyecto cerca de uno de sus espacios santos.

Este grupo, tenía a su alrededor 2 guardias civiles y dos militares que los protegían, porque en los últimos meses han haído varios enfrentamientos con los musulmanes. Pero no todos los israelíes se viste así o mejor dicho no vimos muchos en Gomorra (Tel aviv). Están lo que llevan el panelito solar en la cabeza (Kipá) y los seculares como nuestros amigos, que ve el judaísmo con cierta distancia.

Y aquí estoy yo con una granada santa, no pude evitar de llevarme un recuerdo después de pagar 5 dolares por tres dedos de jugo. Les dejo algunas fotos de la ciudad y espero poder subir a tiempo los apuntes de nuestras peripecias por el desierto y la estancia en Jerusalén. La conexión se dificulta mucho y el viaje va muy acelerado.
Un abrazo fuerte,
Niu
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