Addio Palawan

El dilema en San Vicente fue cómo regresar a Puerto Princesa, puesto que a mí no me quedaban resortes para aguantar el regreso en moto y Miguel no quería dejarme a la merced de los autobuses. Yo siempre tuve mis reserva a la hora de subirme a un camello habanero, pero después de ver los buses filipinos le puedo asegurar que el camello es todo un lujo…
No se comprara el olor que expiden los cuerpos sudados y apretujados al lado del olor de esta clase de pasajeros, que a veces son transportados de forma tan inhumana que hasta entran ganas de cederle el asiento. Y como dicen el refrán: “Para morirse solo hay que estar vivo”… y para tener una muerte súbita e indolora hay que montarse en bus filipino, que visto con humor tiene sus ganancias: pasaje económico, calor tropical, vistas hermosas y compañía genuina.
Esa mañana me fui a la terminal y como supimos que los shuttle iban más rápido reservé un asiento y esperé que terminara de cargar. Eran las 8.00 am. Miguel arrancó y quedamos de encontrarnos en la pensión. Los shuttle (mini van) tienen capacidad de transportar 12 personas, sin embargo, en el camino dicha cifra suele duplicarse.
Antes de tomar la carretera, el chófer dio varias vueltas por el pueblo, se tomó un café, se despidió de los primos, montó unos bultos en el techo y addio! Los 13 kilómetros de curva y de camino fangoso parecían interminables. Una hora después se detuvo en la terminal de Roxas a comer.

Eran las 10.00 am. Allí espero a que llegaran más pasajeros, pero nadie subió. Yo iba de copiloto y cuando me di cuenta que no tenía intención de montar a nadie más, trasladé el equipaje y me acomodé. Cada vez que cogía un bache o se le atravesaba una vaca me preguntaba si en mi país era igual y por supuesto le dije que sí, pero sin mucho entusiasmo porque con aquellas llantas lisa cogía las cuervas como si estuviera manejando un formula I. En el camino recogió todo lo que se movía y de 8 personas que salimos llegamos con 12 más 4 en el techo y algunas chivas. Curiosamente, cuando paraba por alguien o algo, antes de ponerse en marcha tocaba el rosario y  se persignaba. Como a unos veinte kilómetros, dio un frenazo que casi le pego la frente al parabrisas. Nos encontramos a tres jóvenes accidentados que andaban en moto y uno de ellos ensangrentado y tendido en medio de un yucal no se veía nada bien. Los pasajeros se desmontaron y los montaron en el bus. El chófer se puso en camino, volándose los baches y las curvas y el pobre chico gemía desesperado de dolor.

La entrada de emergencia del hospital no había camillas y lo trasladaron como si fuera una saco de papas, pobrecillo. En todo el camino no pegué un ojo, entre las paradas por las aldeas recogiendo lo que se le atravesaba, el viaje que, debía durar tres horas se convirtió en seis. Llegando a Puerto Princesa una llanta se pinchó y aquello fue de película. Los pasajeros se desmontaron. Pasado unos 10 minutos pasó un colega del chófer y le tiró una llanta y los dos chicos que viajan como ayudantes sentados sobre el techo, como changos cuando se bajan del árbol, la montaron en minutos. Cuando llegué a la pensión, Miguel acaba de llegar de la estación e iba camino a la policía. Estaba un poco exaltado por la demora, pero yo al verlo, estuve a punto de soltar un grito cuando vi que había entregado la motocross y había rentado una automática para andar por la ciudad.
Con un sueño restaurador, las malas experiencias se olvidan. La motito tenía el asiento más espacioso y al día siguiente tomamos la carretera hacia el sur ( sin equipaje) y dos horas después nos detuvimos en el Puerto Magingisda. Almorzamos en la aldea, recorrimos la bahía y luego nos regresamos en el barco público.
Esa noche hicimos mesa redonda para definir cuál sería el próximo destino. En dos cosas estábamos de acuerdo, que no viajaríamos en moto y que el viaje en shuttle no debía superar las tres horas. Decidimos ir a Narra, un poblado a dos horas de la ciudad. Tomamos lo necesario, dejamos el equipaje en la pensión y al día siguiente partimos hacia al sur.

Nos hospedamos en La Vista, un resort frente al mar a dos kilómetros del pueblo, regentado por una familia filipina en una aldea nombrada Antipulian, donde llegan poco turismo o más bien el turismo es nacional. Al llegar depusimos las armas. Era la primera vez que nos abandonábamos al completo relax, tomando cerveza hasta caer, comiendo y bañándonos en la playa.

Nos pasamos dos días del mar al bungalow y del bungalow al restaurante. Al tercer día salimos a visitar el poblado. Voilà! Este es el Downtown!
Fashion,
barbería,
Burger,
ferretería con tazas para bebes,
escuela,
y lo más importante, mucha esperanza.
ah me olvidaba de las reglas…ja ja aunque no lo parezca, se la toman muy en serio.
Y a sólo dos kilómetros estaba nuestro paraíso.
En las tardes, caminando por la playa encontramos los niños y las familias y tamaño de familias!.
Pero gente sencilla, amable y cordial.
Nos pasamos 5 días estupendos y reunimos fuerzas para las 48 horas de vuelo que nos esperaban después de abandonar Islas Filipinas. Nos regresamos a Puerto Princesa, nos despedimos de la familia de la pensión y al día siguiente volamos a Manila. Luego tomamos otro vuelo de Manila a Shanghai, de Shanghai a Beijing y de Beijing a Seul.
Y aquí estamos fuera de las garras del comunismo chino!
Un besote!
Niu
Puerto Mangingisda
Narra

El Nido del Infierno

Hace una semana murió Lila Eee y la tristeza aún no me deja pensar con claridad. Si todavía me siento a escribir es porque por encima del dolor el viaje sigue, aunque hubo momentos que pensé que todo había terminado. Miguel dice que tengo que resignarme y que el viaje al Nido no tuvo que ver. El Nido fue el lugar fatídico donde fuimos a parar después de la salir de Puerto Barton y aunque me he prometido no mencionar jamás ese lugar, de todos modos Lila ya es historia.

Salimos del Puerto Barton al mediodía, pero yo hubiera querido quedarme otro día más. Había acabado de llover y en la playa no había un alma. Los turistas que encontramos en día anterior, un campesino francés -que nunca había salido del sur de Francia mas que a Filipinas a ligarse una morenita, el típico provincial que viaja sin mapa ni brújula y que sin nunca haber estado en París te dice que no le gusta-se había ido en la mañana. El americano, que encontramos con una pinta extraña y un poco amanerado, también se había ido  y sentí un alivio inmenso, cuando llegué al restaurante y vi al australiano de salida. Un abuelo de unos 70 años, que nos comentó que le gustaba Filipinas porque todo costaba un dólar incluido la chaparrita prieta que se traía a remolque. Los personajes que uno se encuentra en estos paraísos meten miedo y a veces es mejor ceñirse al hello.

Pedí un café y caminé hasta la playa. Las chicas del restaurante al verme sola se mostraron más abiertas y empezaron a hacerme preguntas y entre el tagalog y español se animó la plática y terminaron bailando como Talia y yo le mostré unos pasillos de salsa. Llegó el momento de decidir si quedarnos o seguir a San Vicente y optamos por lo segundo. Terminamos de recoger el equipaje y bajo la llovizna nos pusimos en marcha. Tratamos de informarnos sobre el camino, pero las respuestas fueron pa’ lla y el pa’ lla era un camino enlodado en el que tardamos una hora para salir a la carretera. Como dos bolas de fango seguimos carretera arriba en busca de San Vicente. Una hora después, nos detuvimos en un entronque a descansar, pero no se nos ocurrió volver a preguntar porque supuestamente San Vicente quedaba pa’lla. La suerte estaba echada, íbamos inevitablemente al Nido.

A mí me dolían las piernas, la rodilla, el trasero, la cabeza, la vida. San Vicente no aparecía en el mapa y como la meta era seguir, a disgusto y refunfuño seguimos rodando.

La idea de detenernos en algún lugar paradisíaco por al menos dos días nos dio el arrojo para seguir adelante. Del entronque faltaban 150 kilómetros con tramos de carretera y tramos de lodo. A unos 50 kilómetros sentí un dolor fortísimo en la espalda, tan fuerte que se me salieron las lágrimas y por la agudeza del dolor creo que fue un picazo de avispa. El viaje se hizo aun más terrible, la lluvia nos azotó en algunos tramos y con el viento el ardor era insoportable. Una hora después se interrumpió la carretera. La molestia en la espalda no me permitía sostener bien el equipaje. Miguel refunfuñaba por momentos por el peso, el camino, la lluvia y por el dolor en las pelotas. Hubo momentos en los que la moto se tambaleó en la gravilla y estuvimos a punto de caernos, pero seguimos. El camino parecía infinito. Cuando veía el mar o una isla suspiraba y en esos instante Miguel aceleraba, imaginándose también que estábamos cerca, pero detrás de una curva se abría el camino y luego otra curva y luego una recta y yo estaba enloquecida por el dolor en la rodilla, la espalda, el trasero, la cabeza, la vida….

Llegamos al Nido del infierno. Un infierno que no podía ser más hermoso. Nos encontramos con una aldea de pescadores que al igual que el resto de las islas, si enciendes un cerillo vuela por los aires. En las afueras encontramos bungalows de mejor categoría. El mar era una delicia y frente a la bahía había dos islotes como mamparas entreabiertas al horizonte. Un infierno espectacular.

Cuando pusimos una rueda en la playa me bajé de la moto, necesitaba caminar. Miguel se dio a la tarea de busca el Golden Monkey, un hotel que nos recomendó un holandés que conocimos en Puerto Princesa, que supuestamente tenía internet. Miguel desapareció y yo caminé como una zombie. A medio kilómetro me confundida y exhausta me detuve en un restaurante en la playa, donde varios turistas me miraron como si hubiera caído de martes. El dueño me salió al paso y cuando le pregunté por el hotel, me explicó que todavía faltaba un buen techo. Seguí caminando, tratando de sostener el peso de cuerpo, pero a cada paso sentía como si las rodillas se me fueran a quebrar. Escuché una moto detrás mío y cuando me volteé vi al dueño del restaurante que se ofrecía a llevarme. Pero no pude explicarle que traía el trasero roto y que no me importaba que el Monkey estuviera a mil leguas o en la boca del infierno, solo quería caminar, pero para no ser descortés me monté. Cuando llegué Miguel estaba de salida y con cara de pocos amigos. Cuando la dueña del hotel oyó hablar de Internet se puso la mano en a cabeza y empezó a contar una larga historia, haciendo promesas del “mañana”, un mañana que dicho por un filipino puede ser cualquier día de cualquier año.

Miguel arrancó y yo me regresé por donde mismo. Pasé por el restaurante que ya estaba medio vacío y aunque el dueño insistió en que entrara decline la invitación y me senté frente al mar. Tenía ganas de llorar, de jalarme los pelos, pero hice mi favorita yoga. Me fumé un cigarro, contemplé el mar y esperé. Miguel llegó con un insulto tremendo por los precios y por el asalto de los “jineteros” del pueblo. El paraíso empezó a saber a hiel.

Rentamos una habitación en Green View y pagamos un precio excesivo por un bungalow frente al mar, con un olor indefinido. Sentimos un terrible disgusto por las desconsideración del dueño, un gringo insoportable que con lo cansados que estábamos empezó con el cuéntame tu vida… esos cuéntame tu vida que a nadie le importa para al final servirnos una carne de cerdo nadando en agua (especialidad de la esposa) y casi con ganas de darle un soplamocos cuando preguntó si nos había gustado. Miguel estaba decepcionado y yo adolorida. Me pasé la noche poniéndome toallitas mojadas sobre la picadura.

En la mañana había un cielo azul. Pero cuando traté de despertar a Lila no respondió. Lila no aguantó el soponcio de la lluvia, pero me quedé con la esperanza que al regresar a Puerto Princesa alguien la echara andar. Le había comprado un foro lila a su tamaño, una bolsa lila y una liga de pelo del mismo color para el cable, así mimada tenía a la pequeña Eee, ya saben como son la PC de esa marca, pequeñas como una concha y practicas pero en fin hecha por chinos. La única cosa que pensé,  esa noche de luto fue en escapar del Nido. ?Cómo podría seguir escribiendo? Mis fotos, mis archivos todo lo había perdido.

De regreso me monté en un bus y Miguel se fue solo en la moto. Nos encontramos donde empezaba la carretera y nos detuvimos en el mismo entronque para descansar. !Y que creen! Era la entrada a San Vicente. Tomámos el camino que también fue una tortura, 13 kilometros de curvas y terracería, pero al final valió la pena. Nos encontramos con un poblado tranquilo y con varios kilómetros de playa solitaria que intentan vender al mejor postor y que tal vez , en pocos años se convertirá en un destino turístico.

Lila sigue inerte, el viaje no ha terminado y debo seguir escribiendo por ustedes y por mí.

Los quiero,

Niu

De Puerto a Puerto

El vuelo de Manila a Puerto Princesa duró una hora. Desde el avión se avistaban las pequeñas islas con arena blanca y aguas turquesas. Del aeropuerto tomamos una bici hasta la pensión que estaba a unos 20 minutos. La bicis de la ciudad tiene un diseño particular. Son parecida a los coco taxis, pero hecha con láminas de zinc y materiales reciclados o autopartes de camiones y autos de los 70′. La ciudad es semejante a Manila, caótica y decadente y más deprimida económicamente. Los medios de transportes más populares son las bicis y motitos, aunque también se ven algunos autos nuevos perteneciente a la clase solvente y a los que se dedican a lucrar en el negocio de bienes raíces.

La pensión era al estilo casa particular, con tres habitaciones construidas de ladrillo y cubierta con el tejido de palma. El tejido de palma flexible y los techos de palapa son los materiales que más abundan y con el que están construidas la mayoría de la casa en la isla. La habitación era de 9 metros cuadrados donde no podíamos estar los dos juntos a no ser que fuera para acostarnos en la cama. Advertí la mirada pícara de Miguel por encima de los espejuelos. Los polos opuestos se atraen y mientras él se acomoda rápidamente a una nueva situación como cambiar de canal, yo necesito un poco de tiempo para asimilar el cambio. Entendí al vuelo, el motivo de la estancia en el Manila Hotel y no puedo negar que esos detalles me desarman.

No podíamos quejarnos, nuestro nido familiar costaba solo 10 dólares al día y recibimos un trato y un servicio de un millón. Me senté en la terraza, me tome un café y empecé a digerir el paraíso. Pasada una hora rentamos una motocicleta para andar por la ciudad. Anduvimos de un lado a otro entre los miles de bicis y artefactos con rueda que se movían en el tráfico, de hecho, la gente se mueve en cualquier cosas que tenga dos llantas. Paseamos por la bahía y los barrios de la periferia y por todos lados se escuchaba la música navideña. En el puerto estaban montando un árbol a la altura de las nubes.

La vida nocturna se concentra en la avenida principal y casi todos los bares y restaurantes están alrededor del aeropuerto, algo bastante raro, pero me figuro que la inauguración de la pista en su momento fuera una novedad. Dos días después decidimos viajar por la isla y rentamos una motocross adecuada para andar por los caminos. Solo que no teníamos ni idea de cuan agotador podría ser el viaje.

Para empezar, aunque andamos con mochilas no somos en el sentido estricto mochileros. Decidimos dejar  parte del equipaje con la familia, pero aun así, Miguel llevó su mochilóncon los equipos de filmación que puso en la parilla y ocupó varios centímetros de mi asiento, cargo con la bolsa de la PC que pesaba unos 5 kilos y la llevó amarrada en el cuello. Yo por muy poco que eché en mi mochila, que de por sí es pesada, cargaba con unos 8 kilos, contando la bendita pipa vietnamita, su preciado suovenir de medio metro de largo que pesa como un kilo( a un mochilero le daría un ataque de risa). En fin íbamos como sardina, cada media hora él ponía su trasero sobre mis piernas,  porque tenía las pelotas comprimidas entre el tanque de gasolina y la bolsa de la PC y aunque yo intentaba cederle espacio, cuando cogíamos una curva o bajábamos una loma todo el peso se iba hacia delante y las rodillas me dolían como el infierno.

Hicimos solo una parada para estirar las piernas y en esos momentos hubiera deseado que me diera dos o tres patadas en el trasero, pero no le dije nada para no fomentar malas costumbres. Después de recorrer varias curvas sinuosas divisamos el mar y a lo lejos vimos a un Hemingway de barba gris con una joven morenita… unos metros después las palmeras y la playa.

Sabang es uno de esos paraísos que cuando uno llega solo piensa en quedarse. Alrededor de la playa están las palapas y varios hotelitos rústicos regentados por el consorcio de matrimonios filipinos americanos, franceses, australianos etc. La mayoría con una sustanciosa pensión que en Palawan les alcanza para vivir con su nativa con la ilusión Gauguiniana de integrarse al primitivimos y “pintar con brocha”.

 Nos quedamos en un hotelito frente al mar llamado Dab Dab. El bungalow tenía estilo, era cómodo y espacioso. En la noche recorrimos los dos o tres restaurantes alrededor de la playa pero al final decidimos comer en el restaurante del hotel y  nos quedamos sorprendidos, la comida era excelente.

En la mañana llegó el momento del ponerse en camino, el próximo destino era el Puerto Barton, pero eran 4 horas de camino y optamos por rentar un barco. Hablamos con los chicos del barco y entramos en arreglo, pero cuando el precio estaba arreglado, hubo que buscar al capitán, encontrar los ayudantes y luego pensar como subir la moto y eso fue todo un show.

En todo ese tiempo, la nubes gris que amenazaba nos sorprendió en la salida y como no había lugar donde guarecernos, en la primera hora el viento y la llovizna no azotó.

El mar tenía un color azul oscuro, el barco a duras penas cabalgaba las olas y los estabilizadores de bambú oscilaban de un lado a otro, pero todos estaba tan tranquilos que preferí no pesar en las musarañas y  cuando me di cuenta que tampoco había salvavidas cerré los ojos y encomendé nuestras almas. Después de una buena hora y media nos alejamos de la lluvia y pudimos disfrutar de un paisaje maravilloso con cientos de islotes de arena blanca y aguas cristalinas. Una hora después, divisamos las palmeras y la silueta de las palapas. Estábamos a punto de arribar a Puerto Barton.

El capitán ancló y se dieron a la tarea de bajar cuidadosamente la moto, a pocos metros de donde nos bajamos encontramos un hotelito con agua caliente y comida y  para no estresarnos en la búsqueda, pagamos y nos acomodamos. Antes de salir de Barton la suerte me sonreía.

Niu

Puerto Princesa

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Sabang y Puerto Barton

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Manila Ni Cristo!

Al poner un pie en Manila lo primero que divisamos fueron montones de Jeepneys; centenares de bici taxis; gentío; un enorme árbol navideño a la altura de las nubes; reggetón a todo dar; niños descalzos, latones de basura, suciedad y abandono: lo típico en los países pobres y católicos. Al escuchar la música navideña me sentí invadida por el espíritu santo ¡Aleluya! Percibí el olor a libertad y estuve a punto de gritar cuando entré en la habitación, encendí la laptop y observé como repentinamente se abrían las páginas– ¡Internet sin censura! ¡El Señor está  con nosotros!. Las manos me temblaban. Encendí un cigarrillo y aspiraré una profunda bocanada y me abandoné en la poltrona saboreando la libertad y contemplando la espaciosa habitación y el tamaño de la cama. Media hora después pasaron tres empleados con un platillo de chocolates a darnos la buena noche y acomodarnos la cama- “Vaya lujo que se dan los ricos…!-pensé. Y por supuesto, decliné el servicio y me quedé con los chocolates. Estábamos hospedados en el hotel más lujoso de la ciudad, el Manila Hotel, que a juzgar por la fachada y los exteriores decadentes uno se hace una idea muy distinta si lo compara con hoteles del mismo rango. Claro que a este hotel fama le sobra, ya que hace algún tiempo fue la residencia del general MacArthur y durante décadas ha alojado a grandes figuras políticas e incluso, hace poco pasó Billy, theClinton.

Me sentía a mis anchas. La llegada a Manila tras un mes de comunismo chino, en un abrir de cerrar de ojos no cambió la vida: Internet sin armonía, confort, masajes y chocolates, sonrisas a cada paso, servicio excelente y sin saberlo, sin más ni más, habíamos pasado de la categoría de Señores a Máster ( el servilismo de la época colonial se han quedado muy arraigado). Me hubiera quedado en el Manila Hotel por siempre, lástima que México está muy lejos para regresar en chalupa.

Dos cosas noté inmediatamente al poner un pie en la calle, lo primero, que la fachada decadente del Manila Hotel es el vivo reflejo de toda la ciudad. Lo segundo, el aspecto fisionómico de la gente y la disponibilidad.

Los filipinos tienen ligeros rasgos asiáticos, pero la mayoría tiene ojos grandes y expresivos. Son bajos y de piel morena y casi podria decir que tienen un leve  parecido a los mexicanos del centro del país:  piel oscura, cabellera negra, robustos y chaparros. Por desgracia a nuestro modelo le falta un alumno, pero no es el único.

La disponibilidad y la cordialidad de la gente en el tráfico y en los locales no hicieron sentir como en casa. El Tagalog es el idioma oficial y el inglés es la segunda lengua, sin embargo, a la hora de preguntar es mejor dirigirse a una abuela. Los jóvenes lucen sus peinados estrafalarios y no se despegan de los celulares, en cambio, las abuelas hablan muy bien inglés y algunas hasta entienden el español. Los nombre de las calles y los apellidos son de origen hispano y el Tagalog viene siendo una fusión de inglés, español y lengua nativa.

En la mañana recorrimos el Intramuros, la antigua ciudadela donde quedan ejemplos notables de la arquitectura española, pero en un estado deplorable. Nos quedamos sorprendidos de la depauperación y el abandono de los edificios históricos, excepto de la Catedral, que aunque está totalmente restaurada, a lo largo de los siglos ha sufrido toda clase de infortunios(guerras, incendios, derrumbes, destrucción) una larga lista de calamidades que probablemente logre sensibilizar a quien descienda por la cúpula en un paracaídas y eluda la realidad y las condiciones en las cuales viven los filipinos.

En la ciudad, la mayoría de las viviendas son cuartuchos estrechos techados con láminas de zinc. Los bajos de los edificios están repletos de tienditas con anuncios descoloridos y mugrientos, aún así la gente sentada entre la basura y el agua putrefacta,  siempre tiene una sonrisa en los labios. Los niños corren de un lado a otro, juegan con un trozo de madera, una lata vieja, se encaraman en los bicis taxis o se divierten entre ellos haciendo travesuras. En muy triste ver la cantidad de niño pidiendo monedas o dormidos en un rincón, por otro lado hay cientos de iglesias en la ciudad, pero ya se imaginarán como va la historia, mucha doctrina y poco pan. Predomina la “Iglesia Ni Cristo” y el nombre le hace justicia ya que Ni Cristo se entera.

Siempre hay un colmo. El colmo en el Intramuros es que en la entrada hay un campo de golf y al otro lado de la barda, el gobierno puso en marcha un proyecto de reforestación para salvar la capa de ozono. Lo positivo de este ridículo es que lo que no pagan renta, arma su “llega y pon” a la sombra.

Salimos del Intramuros y recorrimos el barrio Ermita que es muy parecido a la ciudadela y cuyas fachadas decadentes evocan la época colonial . Esa noche nos escurrimos en el pequeño Tokio en busca de un local japonés, ya que los locales de comida filipina no eran muy invitantes. Uno de los platos favoritos de los filipinos es el Balut, así le llaman al embrión del pato o pollo frito, o lo que es lo mismo, al patito frito cuando le falta poco días para salir del huevo.

Al día siguiente, volvimos a recorrer el Intramuros y nos llevamos monedas y una bolsa de globos para los niños. En la ciudad nunca nos sentimos asediados ni por los mendigos ni por las bici. Esa tarde cayó un aguacero torrencial y las calles estaban inundadas, sin embargo, están quienes no se quedan sentados y apelan al ingenio. La gente para comer, busca la manera de ganarse una moneda y cuando llueve ponen asientos o tablones de madera para que los transeúntes pueda cruzar las lagunas que se forman en las avenidas, asimismo los bicis hacen fila para cruzar a los peatones de una lado a otro de la acera.

Pero los “barqueros” no son los únicos que hacen uso de la inventiva, hay que sentarse frente a una avenida y ver la variedad de Jeepneys -antiguos Jeep americanos modificados-  que funcionan como taxi -bus y tienen la capacidad de transportar hasta 20 personas.

La estancia fue breve pero intensa. En Manila cargamos las baterías para iniciar nuestra aventura por la isla de Palawan.

Besossss

Niu