Caos delicioso

Un fila de taxis en sentido contrario que pitan desesperadamente al ver un hombre blanco; una moto rodando en zigzag entre los peatones; varias bicicletas que circulan sobre la acera; un camello que aparece de imprevisto e irrumpe en el tráfico y por encima de la estridencia de los motores y del murmullo de los transeúntes, se escucha la voz de los minaretes que al unísono anuncian que ha llegado la hora de la oración. Ya lo habrán adivinado !El Cairo, no puede ser otro!

Aterrizamos en el Cairo el 25 de agosto a la 7.00 pm. En 5 minutos pasamos inmigración y en tres pasos llegamos a la salida.  Al salir lo primero que escuchamos fue la voz sonora de la mezquita. Un taxi del hotel nos estaba esperando y en un abrir y cerrar de ojos atravesamos un puente que nos condujo a Zamalek, uno de los barrios más prósperos del Cairo, situado en la isla Al Gezirah a orillas del Nilo.

Al día siguiente, recorrimos la isla hasta llegar a la Ópera Haus, pero la ciudad era un verdadero caos. Taxitas fuera de control que forcejeaban para avanzar y creaban un ruido ensordecedor, como si en lugar de tener las manos sobre el volante las tuvieran pegadas al claxon, y en medio de la confusión, una muchedumbre inquieta y bulliciosa que se movía de un lado a otro.

Me ponía nerviosa al caminar entre el gentío y sentir detrás mío los vehículos que no dejaban de pitar o de repente invadían la acera. Tenía que caminar por la calzada dando saltos, una verdadera locura o como lo llamaríamos pasado unos días, un caos delicioso.

Llegamos pasada las tres y la ópera estaba cerrada. Vimos a un grupo de musulmanes saliendo de una mezquita, pero no le dimos mucha importancia e ilusos salimos en busca de un local donde comer. Una hora después encontramos un café. Cero comida, cero cerveza, solo agua y soda en algunos quioscos.

Esa tarde regresamos al hotel y nos conformamos con unos panecillos y después de descansar salimos a probar suerte. Desde la terraza El Cairo se veía hermoso.

Recorrimos la zona del Cairo antiguo y nos adentramos en una callejuela con el mismo desorden de las avenidas, pero para nuestra sorpresa los bares estaban abiertos.  Los clientes, eran pequeños grupos de hombres sentados alrededor del narguile (pipas de agua) tomando té. Pasada una media hora, nos sentamos en un bar, a sabiendas, que las mujeres no fuman shisha en los bares para hombres y con el temor que los presentes se pudieran enfadar, en cambio, ninguno se inmutó. Solo noté que las mujeres que pasaban me miraban con curiosidad ¿Qué hacía una egipcia con los brazos y el cabello al descubierto acompañada de un hombre blanco?

Mucha gente pensó que le tomaba el pelo cuando negaba que era egipcia. Era divertido, aunque a veces no estaba segura si esa semejanza con los nativos fuese algo positivo, porque aunque traté de vestirme adecuadamente, los pantalones delineaban la silueta del cuerpo, algo que en el modo de vestir de las musulmanas es inapropiado. Dos días después decidí recogerme el cabello, pero no era el cabello, creo que era mi nariz, que como sabrán de nariz los musulmanes están muy bien dotados. Egipcia o no, la gente en la calle nos sonreía y en los locales nos hacían sentir bienvenidos,  y esa calidez,  fue lo más disfruté en mi estancia.

Los niños eran lo que más me hacían reír, cuando caminábamos si por casualidad no los veíamos, corrían hasta alcanzarnos y nos gritaban !Hello! Welcome! y luego se regresaban. Una vez,  una niña corrió hasta alcanzarme y después de saludarme me pegó con un cazo en el trasero, no entendía porque estaba muerta de risa, tal vez era por la transparencia del pantalón.

Las mujeres nos daban la bienvenida con una sonrisa. Erróneamente a lo que pensamos no todas usan la burka (de hecho vimos pocas) solo la llevan las fundamentalistas islámicas.

La gran mayoría se cubre el cabello (kufiyya) y casi siempre en combinación con el vestuario que además está muy al tanto con la moda occidental. Hablé de ello con varios musulmanes y algunos me dijeron que no era obligatorio llevar el cabello cubierto y que eso en gran parte dependía de las familias, las tradiciones y la religión. En realidad no creo que las mujeres sean tan reprimidas como pensamos, trabajan en oficinas, manejan, caminan de mano con sus parejas y se muestran accesible con la mirada, otro aspecto que en su mundo es esencial para la comunicación, incluso, un día encontramos un grupito de jovencitas que cuando vieron a Miguel empezaron a reírse y tirarle besos con las manos.

Y como dice el refrán a donde fueres haz lo que vieres… Tuvimos que acomodarnos a los hábitos del ramadán y planificar nuestras visitas. Este mes santo para los musulmanes implica abstinencia al ayuno, a beber alcohol, fumar, enfadarse y tener sexo hasta la caída del sol…pero, bueno… lo de enfadarse es relativo, ese ayuno tan prolongado hace que los ánimos se exacerben.

En ramadán, deben orar 5 veces al día (al alba, al mediodía, a las tres, a la caída del sol y a media noche) y esa era la razón por la cual los lugares públicos y turísticos cerraban a las tres- aunque al principio pensé que moriría de hambre- eso para nosotros no significó un obstáculo, al contrario, vivir el ramadán fue una experiencia inolvidable.

Un paseo en los momentos que preceden el fin del ayuno, es una experiencia única. Cuando el sol está a punto de perderse la ciudad se sume en silencio y  las calles, tiendas, puentes y avenidas se vacían como por arte de magia. La caída del sol, no es solo el fin de la abstinencia es también el momento más importante del día, la hora en la que todos los musulmanes se sientan a la mesa y atentos esperan el canto del muecín.

Y es impresionante escuchar como los cientos de minaretes invaden la ciudad con el cántico. Cuando termina, es como un disparo al aire, el sonido del silbato, la señal que la carrera ha empezado. Entonces, la calma se transforma en júbilo y las voces se alzan. La comida circula por las mesas calmando la ansiedad y la penuria pasada durante el día. Nosotros también llegábamos a tiempo para reservar un espacio y aunque los dueños insistían en que podíamos comer, esperábamos que la voz se acallara. Nunca supimos cual era el momento en que eso debía ocurrir y podíamos llevarnos la comida a la boca, pero cuando la gente movía la cucharada, en fracciones de segundo devorábamos el plato.

En ramadán el día se vuelve noche y la noche día. En las noches se comparte una alegría colectiva y la cena se convierte en un festejo. Los restaurante y bares se llenan de clientes y la noche trascurre entre copiosas comidas y pipas de agua y es delicioso tomarse un té e inhalar una pipa de tufá (manzana) después de la comida.

Al día siguiente, la ciudad se pone en movimiento,

pero a medida que pasan las horas las fuerza empiezan a menguar

y lánguidamente todos se preparan para resistir otra jornada de ayuno.

Un abrazo fuerte,
Niu