De glan calidad, bueno y balato!

Dijo alguien que conoció bien la gastronomía china: “Los chinos comen cualquier cosa que tenga cuatro patas y no sea una mesa”. ¿Y cuántos no habremos escuchado mil y un cuentos chinos? En ocasiones, hasta creemos que son exageraciones, cuentos al fin. Pero no son cuentos amigos míos, en cualquier hutongs de cualquier ciudad donde arman los mercadillos nocturnos ofrecen una amplia variedad de animalitos “digeribles”, por cierto, balatos y de glan calidad.
Caballitos y estrellas de mar aderezado con chile y luego fritos. Gusanos, parientes cercanos de los batoideos (cucarachas), chapulines, escorpiones negros, güeritos y mulatos.
Y al menú de alacrán se le suman gusanos de seda fritos, víboras, escarabajos, pinchos de pajaritos, anguilas y vísceras. Los exhiben como banderitas y luego lo echan a freír en una nata de aceite quemado. En China amigos míos, se hace brocheta de todo lo que se mueva. ¿Sí, los mordí? ¡Pues claro! hay que llegar muy lejos para degustar estas delicatessen.
Los chinos tienen la mala fama de “pasar perro por liebre”, y eso como ya sabemos, tampoco es un cuento, sin embargo, nuestra experiencia en los restaurantes ha sido distinta. Cuando hemos ordenado la carne de ave (pollo, pato, paloma, etc.) nos han servido la carne en conjunto con las extremidades.
Al principio pensé que lo hacían por formalidad, para mostrarle al cliente que tenía en el plato lo que había pedido y no una carne de dudosa procedencia, pero con el pasar de los días constaté que les encanta comer las extremidades palmípedas y cartilaginosas. Lo más importante es saber elegir dónde comer y olvidarse del viejo truco del sombrero, ya que los asiáticos no disfrazan ni disimulan su gusto por ciertos cuadrúpedos que si bien podrían lastimar nuestra sensibilidad, en su cultura es algo normal.
La primera vez que vimos a esta hermosura en la jaula, no entendimos qué hacía el guardián encerrado con la gallina, pero puesto que en ocasiones los chinos siguen la lógica inversa no le dimos importancia. Una tarde recorriendo un mercado, vimos la carne de un animal similar al cerdo exhibidas sobre el mostrador, y al ver las patas nos dimos cuenta que pertenecían a otra especie. Fue entonces que comprendimos cual era el destino del perrito enjaulado. Aclaro, no todos comen perro ni todo tipo de perro, al parecer les gustan los perros salvajes, según ellos son más sanos.
Pienso que en este aspecto no debemos juzgarlos ni tampoco imponer nuestro punto de vista occidental, ya que no existe una verdad absoluta de lo que es “bueno para comer” o “malo para comer”. Todo depende de las preferencias, la religión, el costo y sobre todo, de los tabúes culturales y alimenticios. Los chinos por ejemplo, creen que el consumo de la carne de perro aumenta la potencia sexual, pero ¿quién podría contradecir a un mexicano que piensa lo mismo del consumo del menudo o del Chile? Nos quedamos perplejos al ver a los indios muriendo de hambre, mientras las reses se pasean impasibles por las calles. Las vacas son sagradas en India, en cambio, los americanos armarían la tercera guerra mundial si les prohibieran  el Steak. Los españoles se deleitan por las criadillas (cojones de toro, cordero o cerdo) y en Europa se pagan precios prohibitivos por los mariscos, por el contrario, los judíos lo ven como algo repugnante. Judíos y musulmanes rechazan el cerdo porque lo consideran un animal impuro, pero no menos radical es la posición de los nutriólogos y vegetarianos militantes cuando nos dan la cachetada con la frase: “tú eres lo comes”. Hay culturas donde las larvas son consideradas manjares exquisitos y otras donde la educación alimenticia se rige por el costo, al punto que cuando el alimento se hace caro para consumir la sociedad lo convierte en “malo para comer” en algo pecaminoso e incluso ilegal, como por ejemplo en Cuba ¿cuánto no cuesta comerse una vaca? Hay que ver el mundo con mente abierta, repito no los juzguemos, no se cenan sus mascotas. En cambio, hay comportamientos o mejor dicho, “costumbres” que no se adaptan del todo a las ”Buenas Maneras” y si hablo de Buenas Maneras es porque la emergente potencia mundial emula y adopta conceptos occidentales y no están tan ajenos como creemos a nuestras costumbres. Es por esa razón que desde que llegué a Asia (en especial a Vietnam y China) me asalta la duda ¿en realidad son costumbres o simplemente son cerdos? La Real academia de la lengua española define por costumbre: “Conjunto de inclinaciones y de usos que forman el carácter distintivo de una nación…” pero me explico con detalles y sin más preámbulos ya que lo de cerdo sonó un poco fuerte.
Como regla general antes de visitar un país hay que conocer algunas reglas y normas sociales y de plano respetarlas. En el caso de los países asiáticos, hay comportamientos que los residentes no toleran y por  ello es necesario actuar cautela. Por ejemplo: quitarse los zapatos antes de entrar a una casa, nunca poner un libro en el piso (los libros son sagrados), respetar los sitios sagrados,
y no exponer la intimidad en público.
Pero lo que no encuentro escrito en ningún lado y lo que las guías no explican es ¿qué hacer cuando vas por la calle y el que viene detrás dispara un escupitajo capaz de perforarte los zapatos, cómo actuar cuando llegas a un restaurante y ves a alguien deshollinándose la nariz como si nada fuera? ¿Cómo comportarse a la mesa en el momento que todos empiezan a comer y tal parece una orquesta de marranos desafinados?
Limpieza de faroles. Ya les conté del tráfico fuera de control y la contaminación en las grandes ciudades, y tendrían que ver con que gusto los vietnamitas y chinos se limpian la nariz. Parecen mineros, excavan, excavan, hasta que encuentran, bueno, lo que encuentran…
Cada vez me repetía “No los juzgues, otra cultura”.
Lo jodido es que no son casos esporádicos y que después de deshollinar, lo inspeccionan, hacen pelotitas y uno los ve sumidos en el análisis y piensa: ¿¡¡¡se los van a comer o qué…?!!! En ese aspecto laoenses vietnamitas y chinos van a la par. Afortunadamente, la cultura es un poco reticente al contacto físico y no es habitual el saludo de mano, ya que entre los mocos y el uso de la izquierda en la limpieza del trasero, le complicarían mucho la existencia al visitante.
Baños públicos. Después de milenios los asiáticos siguen usando los baños sin taza y la primera razón por lo que se destacan es por el olor, que se puede percibir a una distancia considerable. Luego está la ausencia de puerta y el hecho que nunca hay papel.
Esta foto,  no es de un baño cualquiera, es del lobby de un hotel 5 estrellas para chinos, pero no se extrañen por las estrellas, recuerden que los chinos tienen su propio cosmos. Comer agachado, descansar agachado, platicar agachado, esperar el bus agachado, explican el porqué es tan común el uso de baños sin taza.
Y ya que este hábito empieza desde la infancia, me figuro que en China la marca Pampers no tenga mucho éxito.
Genios hidráulicos. El tema de los hoteles y del sistema hidráulico requiere casi de un post a parte. Ante todo debo mencionar que por lo general los hoteles en Vietnam son económicos y bien ubicados, pero la gran mayoría, incluso, los de lujo, acondicionados para turistas presentan graves problemas en los baños. Antes de inspeccionar las sabanas, mirar el piso y los alrededores es imprescindible abrir las llaves y supervisar el lavamanos, de lo contrario se corre el riesgo de mojarse los zapatos y que en fracciones de segundo el baño se convierta en una piscina. De las bañeras ni hablar, cuando las duchas no están colocadas sobre la taza le falta el peldaño que retiene el agua y en fin ducharse, implica regar todo el baño. Encontrar un baño, como lo conocemos es bastante difícil porque o bien, todos los plomeros fueron a la misma escuela o todos asistieron a clases los domingos. Pero lo más desconcertante es la lista de precios, sobre todo, en los hoteles que no son precisamente boutique y que no nada que comprar ni que llevarse que no sea un espermatozoide saltarín o piojillo chino, y uno se encuentra todos los elementos de la habitación inventariados y con precios fijos (sabanas, toallas, platos, almohadas etc.) pero lo más alarmante es encontrar en la lista de precios la taza de baño. En el hotel en Sanya, China, el valor de la taza era de 500 yuanes, 100 dólares. Sólo encuentro dos explicaciones: o los chinos son muy rateros o los hoteles se aseguran que no rompan las tazas.
Embarazo perpetuo. Uno de los síntomas más incómodos del embarazo es el aumento de secreción salivar  que muchas mujeres en nuestra cultura se avergüenzan, al no poder evitar las náuseas y ganas de escupir. En China escupen en la calle hombres y mujeres por igual, pero no es solo el hecho de escupir, lo extraordinario es la vehemencia del carraspeo y la sonoridad, similar a una aspiradora estropeada o con el brazo de extracción atorado en la alfombra, pero lo más exasperante es escuchar en el silencio de la noche, cuando cesa el bullicio y la ciudad duerme, el fragor del carraspeo de un transeúnte o el rugido de los guardias del hotel. Solo hubo un lugar durante nuestra estancia donde nos sentimos a salvo, en los templos Budistas.

En algunas regiones del sur del país y en particular en la isla de Hainan es común mascar la semilla de la palma de areca y las hojas de betel y es fácil reconocer a los consumidores por la coloración de los dientes. Asimismo, al caminar por las aceras es fácil distinguir la presencia de un esputo y esquivarlo, ya que las aceras, troncos de los árboles y postes de electricidad están teñidos de  manchas rojizas.

El exceso de escupitajos y escupidores agrega otro problema a la hora de sentarse en los asientitos para enanos y no saber dónde poner las cosas. Por suerte, después de siglos, la manera de sentarse ha evolucionado y en los restaurantes a pie de calle, de las alfombras en el piso, idearon los asientos para bebé.
Una sopa suculenta hecha por la abuela con esa sazón deliciosa y un toque de monóxido es lo máximo. Y para comprobar que el estomago está preparado a fuego de balas, hay que comer aunque sea una vez, en los puestos donde no cocina precisamente la abuela y los ingredientes son un poco dudosos y debajo de la mesa una se encuentra, mismo la cabeza de una paloma que el cuerpo inerte de una cucarachita.
En Hanói la higiene deja mucho que desear.
El vicio arraigado de escupir corrompe también el comportamiento en los restaurantes, lo cuales en las primeras horas del día permanecen limpios, pero a medida que pasan las horas debajo de las mesas se van acumulando los restos de desechos de los comensales. Los palitos por su parte, lejos de saciar el paladar representan un obstáculo en el momento de tomar una sopa de fideos, y al fin, cuando las dos manos están ocupadas, una con la cuchara, la otra con los palitos y el hambre no cede, simplemente abren las piernas escupen los huesos en el piso y a una velocidad supersónica meten la cabeza en plato y se tragan los fideos a grandes bocados. No sé que es más sorprendente, si verlos escupir o sentir como se anima el corral cuando absorben los fideos y mastican con la boca abierta.
Lo incomprensible es la psicología comercial. La costumbre en los restaurantes es dejar las mesas abarrotadas de platos sucios hasta que llegue un cliente. Tal vez sea una forma básica de contabilizar el consumo, tal vez ahorrar papel y  salvar El Amazonas, quizás sea una manera de demostrarle al cliente que aunque el restaurante está medio vacío, mucha gente ha pasado a comer -en Egipto era muy común-. En ese sentido los chinos son más sofisticados, incluso, en los restaurantes humildes, los palitos y las vajillas son empacados al vacío en bolsas plásticas, pero aun así, la clientela no tiene miramientos ni escrúpulos a la hora de sacarse la comida entre los dientes y emitir ese desagradable chasquido para deshacerse de los flequillos rebeldes.
Inglés experimental. Lo fascinante en estos mundos son los equívocos que se crean por la barrera del idioma que hacen que la experiencia sea amena y  divertida. No obstante, se escuchan muchas quejas de turistas que no logran hacerse entender y se frustran porque los asiáticos son monolingües. La ironía de este fenómeno, es el paralelo con el viejo imperio, donde el norteamericano de igual modo se la pasa “mucho bueno”, pero si bien, es un insulto a la inteligencia pretender que un vendedor de frutas, un ferromozo o una simple recepcionista se comunique en el idioma universal, no es menos insultante la pretensión de algunos restaurantes chinos que emulan productos occidentales y montan un circo en lugar de proporcionar un servicio capacitado. El sistema en los restaurantes en China es como el lema de los mosqueteros: tres empleados por cliente, y aunque nos sentimos mal por el abusivo abaratamiento de la mano de obra, créanme en China, tres es mejor que uno. Mientras uno escribe el pedido, el otro traduce y el tercero pone la mesa.
Con los camareros individuales, el tema del inglés se pone peliagudo y algo tan sencillo como ordenar un espresso caliente, se convierte en una gestión que no solo involucra al resto de los empleados, sino también a la clientela que por curiosos o por el simple deseo de ayudar hacen coro alrededor de la mesa para dilucidar el conflicto. En muchas ocasiones, la orden fue a parar a la oficina del gerente. En fin, un pedido puede tardar de 10 a 20 minutos y como suelen ser las cosas en el comunismo: el cliente nunca tiene la razón. Los nombres hay que pronunciarlos a su manera: un espresso hot (dicho en inglés) se pronuncia “epeso hosh” y como si fuera poco, cuando al fin llega el café, se puede leer el pensamiento oculto tras un tenue asomo de sonrisa: “Así se hacen las cosas aquí y si no te gusta, ahí está la puerta”. Pero eso no es todo. El colmo, es llegar a un restaurante de “clase” y encontrar en el menú ingredientes con nombres de autopartes. Miguel se desternillaba de risa, no obstante, hacía un esfuerzo por explicarle al encargado los ”horrores” de traducción que no debían permitirse dada la ”categoría” del local. Casi siempre pasaban de él. !Pero esto es China señores! ¡Por qué entrar en detalles con el traductor o atormentar al fabricante si se confundió de letra¡
La manía de los anglicismos y los horrores de traducción se extienden por todo el país, la cúspide del absurdo son los comerciales televisivos.
Claro que después de un tiempo corroboramos lo que ya nos imaginábamos, que las escuelas imparten un inglés experimental.
Metro a la hora pico. “Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha…” ¡Iluso Jesús que no conoció a los chinos! Si hubiera tenido que montarse en un metro, hacer fila o abrirse paso entre la multitud de seguro habría cambiado de opinión… “arremétele un sopapo en la otra”. Y ahora que lo pienso en números, dudo mucho que le hubiera funcionado el truquillo de la multiplicación de los panes y los peces. La vida en China es tan apretada que no hay tiempo para pensar en el prójimo.
En un mundo, muy,  muy lejano, lo normal en una fila es pararse detrás del último a una distancia prudente y esperar su turno; decir gracias; usar el por favor; cederle el paso a una anciana o abrir paso a quien sube las escaleras y así sucesivamente. Pero en eso ocurre, en el muy, muy lejano, en China, esas acciones son consideradas una imprudencia. Aquí no importa quien llegó primero, si está flaquito/a, con cara aniñada, si es sordo, mudo, usa bastón, acaba de salir del hospital o es una abuela .
Al abordar  un autobús, hacer una fila o subirse al metro hay que pegarse, arrollar y si la situación lo requiere enfilar los codos al que está detrás que también viene a la carga para que se ubique. Más de una vez he tenido que darle un plantón a un chino para que se eduque, porque es irritante estar parado en una fila y ver como el que llega, se escurre entre los pocos centímetros de espacio y sin vergüenza ni remordimiento se pone delante como si uno fuera trasparente o no existiera. Pero ¿cómo trasladarse desde A hasta B en una ciudad como Shanghái de 20 millones de habitantes? Sólo hay una forma: agresividad. Lo triste es constatar que rara vez responden de manera positiva a acciones que no sean agresivas. Cuando uno comete una imprudencia como las que mencioné anteriormente, te miran intimidados, casi asustados. Si por el contrario, uno se pone delante en la fila, le da un golpetazo con la maleta o como hacemos en el tráfico que levantamos la mano con autoridad en señal de Stop al vehículo que se aproxima y que está violando la luz verde, entonces entienden quien lleva la voz cantante. A veces, hasta se sonríen con picardía del hecho que como extranjeros entendemos la movida.
Pero, ¡¡¡dije abuela…!¡¡? Sólo vi a una de las millones de abuelas que viajan en el metro, lívida de codazos y avanzando como un yoyo en medio de la estación, en el momento que una horda de clonados se abalanzaba a la salida, pero no sientan pena, las abuelas son temibles.

 

El metro en China, es uno de los más modernos y sofisticados que haya visto, también el más controlado, pero ni con toda la seguridad que tiene, que incluye, a los que trabajan encubierto y a los que no usan el  traje oficial pero que llevan un brazalete rojo que dice “Voluntario” (término bastante ambiguo en el comunismo) son capaces de controlar las masas y mucho menos a las abuelas que son el mismísimo eje del mal. Para empezar, hacer un cambio en el metro es como una carrera de fórmula I, sólo que rebasar no es lo complicado, la dificultad consiste en posicionarse en la línea de arrancada, la línea que delimita el espacio donde está permitido pararse para abordar, y por otro lado, rezar para que no te toque una abuela. En cada puerta del metro hay indicaciones precisas: dos flechas hacia los laterales que indican donde deben pararse lo que van subir y una en el centro, para los que se disponen a bajar. Pero cuando una abuela está determinada a abordar, es mejor bajar o subir por otra puerta. Las abuelas son acojonantes y cuando están resueltas son la viva imagen de los Jinetes del Apocalipsis, con la única diferencia que en lugar de un caballo, llevan falsificaciones de botas Ferragamo y al puesto de una espada una cartera Luis Vuiton Made in China. Además, no respetan las flechas, ni el tumulto, ni a los guardias de la estación, cuando se abren las puertas arrollan al que se ponga delante y si esas son las abuelas se podrán hacer una idea de los millones de nietos.

Peli-locura. Quién se haya divertido con el cuento de pinocho y dude que la realidad pueda superar la ficción tiene que venir a China, tiene que ver el ritmo de las chicas cuando llevan botas de tacones hasta las rodillas y se mueven como muñecas de cuerdas o como si algo les jalara el trasero o aquellas aún más desafiantes que se montan en extravagantes puntas de aguja a pleno mediodía y caminan como marionetas sin hilos, sin embargo, lo que nunca dejó de sorprenderme fueron los peinados.
La proliferación de las peluquerías en China es en sí un fenómeno social. Hay peluquerías por doquier y para todo los bolsillos y lo alucinante no son los cortes, los colores ni la variedad de peinados estrafalarios sino ver como a temprana a edad a los peques le encasquetan pelucas Afro. Les presento mi competencia.
La Muralla de la lengua. Decirle a un taxista que uno quiere llegar a Ave: X en cualquier mundo o al menos en el nuestro es “peccata minuta”. Claro que en nuestro mundo cuando el taxista sonríe y dice “No problem…” muchas veces hay que tocarle el hombro e indicarle que ponga el taxímetro, pero si su tarifa cuadra, uno se hace el desentendido. En China es imposible pedirle a un taxista que te lleve a X dirección si antes explicar la Belleza de las palabras o lo que es lo mismo, el cuándo, cómo, dónde y la génesis del mundo.
El síndrome del Sí y el No. Los chinos antes una negación dicen Sí y antes una afirmación dicen No. Lo peor es que no se puede discernir si niegan afirmando o viceversa. Cuando uno hace una pregunta afirmativa y ellos te dicen Sí (que ese Sí, va acompañado de un sonido nasal tipo: “oooh” pero que suena como un pato) y una, un segundo después mueve la cabeza negando lo que afirmó y que ellos aseguraron que era un Sí y que uno negó para asegurarse que ese Sí, es un Sí y no un No, entonces ellos mueven la cabeza y afirman que No, lo que un segundo antes era un Sí, y que uno negó para comprobar que era un Si y verificar si en realidad habían entendido la pregunta. Y si después de eso, el pensamiento en voz alta “Me cago en Mao” te delata, puede ser que también afirmen que Sí o en el mejor de los casos, se pongan el dedo en el oído, que en su mundo significa “No entiendo” y en el nuestro “ No oigo”.
¡No hay remedio!
Spa Militar. Me despido con  este vídeo de un Spa que me hice en Sanya, isla de Hainan, a pie de calle. Un método de depilación milenario aunque atrasado para esta época. Con pocas herramientas: hilo, pinzas, talco y una abuela corajuda que cuando intentaba abandonar el tratamiento me daba una palmadota y seguía en su labor. Salí de Sanya con la cara como un bebé, claro que,  la belleza tiene su precio…
[vimeo http://www.vimeo.com/17729310 w=400&h=300]
Besitosss!
Niu

Hainan

Hainan fue la escapada perfecta para rehuir del frío mientras esperábamos la respuesta de Corea. La isla está ubica al sudeste del país y muy cerca de Vietnam y es el único rincón en China que goza de un clima agradable todo el año. Volamos a Sanya y nos hospedamos en un hotel frente a la bahía Dadonghai a unos 15 minutos del centro. Alrededor de la playa hay un extenso corredor entablado con bares, restaurantes, cafeterías y karaokes que a las nueve de la mañana arranca y el alboroto no termina hasta media noche. La bahía Dadonghai no es tan exclusiva como la Yalong Bay -un extenso complejo turístico- pero es el mar del pueblo, del turismo nacional, los viajeros, las ballenas o mejor dicho, los rusos. !!Los rusos! Casi nos sentimos desplazados al llegar a Sanya y escuchar por todos lados el “priviet” en lugar de un cálido hello. Por lo que pudimos apreciar,  Sanya se ha convertido en la segunda casa de los rusos,  al punto que todos los anuncios están escritos en ambos idiomas y aunque el turismo es familiar y tranquilo, está claro que su presencia no pasa desapercibida.

Lo que nos atrajo de Sanya además del clima,  fue la calidez de la gente. Los isleños son muy relajados y ya sea por el calor tropical o por la vida solazada que llevan son muy alegres y efusivos. La influencia de los Ho Chi Minh es evidente, ya sea en la vestimenta, la artesanía que en las costumbres, aunque hubo momentos que no daba la impresión de estar en Vietnam y por momentos en Hawaii.

Estos sombreros son típico de la isla.

En cuanto al caos en el tráfico y el uso de motocicletas se asemeja mucho a Hanói, sólo que la gente no lleva tanta prisa y como hace tanto calor ceden el paso hasta con una sonrisa. La ciudad está en completo desarrollo turístico y todavía hay lugares vírgenes que se pueden explorar, aunque con el ritmo “money money” que llevan los chinos y lo “ecológico” que son no hay que hacerse muchas ilusiones. La ciudad solo revela una evolución de edificios bajos, sucios y decadentes a modernos rascacielos que tienen un par de décadas. En el centro antiguo alrededor de la bahía están agrupados los pequeños negocios y el mercado municipal y en la avenida,  paralela al malecón,  las franquicias americanas y las tiendas.

Recorrimos el barrio de los pescadores y nos escurrimos por los recovecos del hutong, que con el desarrollo de los hoteles se ha reducido considerablemente, de hecho en la bahía quedan pocas casas auténticas de madera y palafitos.

Decidimos dejarle la playa a los rusos y recorrer el barrio antiguo que a cualquier hora del día había buen ambiente. Las gente acostumbra a sentarse en la calle  y el malecón está siempre abarrotado de mesas y sillas rosadas donde hombres y mujeres se pasan horas jugando a las cartas y tomando té. En las noches arman un mercado nocturno de artesanía y ponen música a todo dar.

Cerca del malecón encontramos un restaurante musulmán con muy buena comida y alternamos la mala dieta, con pasta fresca echa al momento y sopas de noodle. Nos abandonamos al relax. En las mañanas salíamos a caminar y en la noches después de recorrer la bahía nos poníamos a ver la tele. Cuando recibimos la respuesta del consulado coreano, que mi visa había sido aprobada, ya teníamos comprados los boletos para Las Filipinas, y para recoger la visa tuvimos que regresar a Shanghái.

En Shanghái, pues nos sentíamos como en casa. Volvimos a caminar por las avenidas que ya eran familiares, utilizamos el metro con desenvoltura y sin dejarnos amedrentar por el tumulto ni por el empuja y estira de las filas. Regresamos a los restaurantes de la zona y descubrimos otros locales en la cercanía del barrio. Vivimos la emocionante experiencia en el Maglev, el metro más rápido del mundo que viaja a 431 km/h y en 8 minutos va del aeropuerto al centro quintuplicando el tiempo y la velocidad del metro regular y desafiando las leyes de la física. Recorrimos los museos y exploramos otros distritos de las ciudad.

Estábamos emocionados por tener al fin la visa de Corea y por el viaje a Filipinas. La noche antes de partir nos despedimos de Shanghái en nuestro favorito restaurante japonés.

Besos!

Niu

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Shanghai

El recorrido por la Expo Mundial, los paseos por The Bund y el barrio francés, la trepidante aventura en el Maglev y la experiencia gastronómica son los mejores recuerdos de Shanghai, ya sea de nuestro primer y deslumbrante encuentro que del forzado regreso.

Llegamos a la ciudad el último día de la Expo Mundial. Después de dejar el equipaje en el hotel nos dirigirnos a la feria. No teníamos boletos, pero como en China nada es imposible, nos quedamos merodeando por la entrada hasta que encontramos a los revendedores que por un precio razonable nos facilitaron dos ticket. A pesar que era ya tarde la Expo estaba llena. Nos conformamos con caminar y absorber el ambiente ya que en los pabellones más aclamados -Canadá, USA, Alemania, España- y con mayores contribuciones tecnológicas había filas kilométricas. Después de una hora nos separamos. Atravesé la feria de un extremo a otro y me detuve en el área del continente africano que ofreció una performance que mantuvo a los chinos eufóricos.

De regreso al área de América, el punto donde debíamos encontrarnos, tropecé con el pabellón de las islas del Caribe y para mi sorpresa estaba Cuba a un lado del hermano mayor, Venezuela. Claro, que el binomio CubaZuela no me sorprendió.

Y como si fuera una ironía, Cuba planteó el concepto de “Una Ciudad para Todos” dedicada al desarrollo urbano. Pero eso no fue lo peor. El pabellón era como caja rectangular con los colores de la bandera. Dentro armaron una tarima y un bar con una repisa repleta de botellas de Habana Club, presentadas igual que en los supermercados cubanos, donde llenan los estantes con un solo producto porque no hay otra cosa que vender. Giré a mi alrededor buscando algo más -no sé exactamente qué- y por un momento sentí tristeza, fue más bien una mezcla de ira y vergüenza. Encontré una vitrina con varias cajas de puros, una foto del Che y una pantalla en la pared con un vídeo reciclado con las imagines de turistas tomando Mojito y sugerentes mulatas moviendo las caderas. Mirando las botellas de ron me preguntaba con asombro y cándida ingenuidad, dónde están los pintores, escultores, los fotógrafos, artistas, innovadores…los hijos de su puta madre que se encargaron de la exposición! Profundas preguntas, tan profundas que estuve a punto de darme una cachetada. En el fondo me alegré de no encontrar  ningún anfitrión. ¿Cuántos vidas costará esa deuda con Chávez, y porque traer esa basura? La gente se detenía un segundo, se tiraba una foto en el bar y salía. Los que habían comprado su pasaporte de Expo, se acercaban a la mesa de entrada y a ver que no había nadie se daban media vuelta. Con México la historia fue un poco diferente, promocionaron las fotos de Willi Souza, el arte de Frida y la Virgencita y al mismo tiempo le vaciaron los bolsillos a los chinos con la venta de margaritas aguadas a 10 dólares y música tradicional. Nos quedarnos hasta el anochecer, el espectáculo de luces y colores era alucinante. La feria parecía una ciudad surrealista.

Hasta la neblina en Shanghai suele ser deliciosa sobre todo durante un recorriendo por The Bund, la avenida que costea el río Huangpu desde donde disfrutamos el panorama del Pudong, que tal parece una ambientación para un film de ficción.

The Bund, ubicado al este del Huangpu está franqueado por elegantes edificios Art decó construidos durante el colonialismo inglés, pero en la orilla oeste, en nombre a la modernidad se realza el distrito Pundong, que hace poco menos de 20 años era sólo una orilla fangosa y se ha convertido en un distrito pletórico con los más avanzados artilugios de la tecnología de punta, lleno de luces de neón, rascacielos vidriados y con los mayores centros comerciales y oficinas a la altura de las nubes. Y como si no bastara para refrendar su atractivo, aloja la emblemática torre de televisión y el segundo rascacielos más alto de mundo,  que luce una esplendida corona de cristal que parece un abridor de botellas.

Lo fascinante en Shanghai es la variedad arquitectónica, el híbrido de lo viejo y lo moderno, el poder que proyecta a través de la opulencia de los centros modernizados que se codean sin rubor con una París o un New York. Es impresionante, la extravagancia de los locales, el constante ir y venir de gente por los ostentosos shopping en estos tiempos de crisis mundial, el contraste inquietante de los extremos de riqueza y pobreza.

Disfrutamos del recorrido por los grandes centros y exploramos el distrito Xuihui cercano a nuestro hotel,  uno de los tantos distritos con vida propia, abarrotado de cafeterías, peluquería, dulcerías y pequeñas tienditas.

Nos escurrimos por la barriada para absorber el espíritu de una minúscula fracción que representa la vida del pueblo. El recorrido por los hutongs es siempre una experiencia edificante,  la única manera de calar un poco en la idiosincrasia local. Y nos dio angustia constatar que estos laberínticos callejones corren el riesgo de desaparecer porque la demanda de progreso material es la única prioridad.

Recorrimos varias veces la concesión francesa que se distingue, ya sea por sus estrechos callejones, la variedad de estilo y elementos decorativos que por los árboles gigantescos alrededor de la avenida plantados durante el colonialismo. Uno de los lugares más concurridos es el parque homónimo, que se ha convertido en el área de esparcimiento de los pensionados que se pasan las horas jugando cartas, dominó y apostando en el Go.

La experiencia gastronómica fue fabulosa y aun con el estrago que le causó a la billetera,  no pudimos resistirnos a la propuesta de los restaurantes coreanos y japoneses que a mi gusto, superan con creces la comida china. Nos quedamos más tiempo del que teníamos previsto por el trámite de extensión de la visa China y al no tener respuesta por parte del consulado coreano, decidimos pasar el exilio burocrático en un clima más generoso y con costos razonables. El día que los chinos me dieron la extensión de la visa, volamos a la isla de Hainan.  La cálida Sanya nos recibió con un buen calorón, pero la aventura en la isla y el regreso a Shanghai se los cuento en la próxima entrada.

Besitos!

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Expo Mundial

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La Sociedad Prohibida

El recibimiento en Beijing fue gélido y apabullante. Por parte del clima menos dos grado bajo cero y para completar el cóctel de bienvenida, nos trasladamos al hotel con un taxista necio y endiabladamente molesto al verse perdido en la calles de su propia ciudad. Solo encuentro un adjetivo para definir Beijing: enorme. En tamaño, número y proporciones.

Rentamos una habitación en el Hotel King Park View a poco pasos de la puerta norte de la Ciudad Prohibida pero detrás de la avenida principal. Una zona céntrica y cercana al área de estacionamiento de los autobuses turísticos y como mucho trasiego de turistas. El día que llegamos recorrimos la avenida Wangfujing, el distrito comercial más famoso de la ciudad. Una calle ancha y con mucho ajetreo, donde están ubicados los hoteles de lujo, las grandes boutiques de té, peleterías y artículos para todos los gustos y precios. A diario en la Wangfujing caminan centenares de personas que se sienten seducidos por las ofertas y el animado mercadillo nocturno que ofrece una amplia variedad de comida para botanear. Esa tarde, por casualidad, nos encontrarnos con un grupo de minoría étnica que con ojos pasmados descubrían el traqueteo de la capital.

Después de cuatro meses, alejados de los engorrosos trámites burocráticos nos vimos obligados a gestionar la visa de Corea del Sur y tuvimos que volver a solicitar la visa de Japón que la tenía vencida desde hacía un mes.  La respuesta por parte del consulado coreano no fue muy esperanzadora, pero tampoco negativa. Corea será la sede de la cumbre del G20 y como me veo “sospechosa”(ustedes imagínense una cubana queriendo entrar en corea justo con la cumbre) tenemos que esperar a que baje la marea. En cuanto a Japón, en este momento hay fuerte tensión en las relaciones diplomáticas con los chinos y el consulado tiene puesta una barricada de guardias.

Con una idea un poco más clara de cómo continuar adelante con nuestro itinerario y no perder mucho tiempo, con anticipación reservamos dos billetes para Shanghái y programamos nuestras visitas en la ciudad, ya que cuando bajaba el sol era casi imposible estar fuera de la habitación pues el frío era descomunal y tampoco teníamos intención de quedarnos mucho tiempo. Al día siguiente, visitamos la Ciudad Prohibida, pero en lugar de entrar por la puerta norte que estaba a pocos pasos del hotel, tomamos un taxi hasta la Plaza Tian’anmen. La Plaza, el símbolo de la nueva china comunista, es una explanada colosal (se piensa que sea más grande del mundo) donde se desarrollan masivos actos de adhesión política, muy al estilo de las concentraciones en la Plaza de la Revolución y de las marchas del 1ro de Mayo en Cuba. El cuadrilátero de la plaza está construido siguiendo el eje sur-norte de la Ciudad Prohibida y está franqueada por edificios del gobierno de estilo soviético, un museo y el Teatro Nacional. Siguiendo el orden de los monumentos, en primer lugar se encuentra la Puerta Zhenyangmen en el límite sur, donde todavía quedan resto de los antiguos muro que rodeaban la ciudad y enfrente  al Zhenyangmen está situado el Mausoleo de papá Mao, donde reposa su cuerpo embalsamado, que sólo recibe visitas de lunes a viernes de 9.00 a 12.00 am.

Después de saludar a Mao, uno camina hasta la plaza y se tropieza con un elevado obelisco dedicado a los Héroes del Pueblo.

Luego, caminando en dirección a la Ciudad Prohibida, una se queda paralizada. La mirada, inevitablemente se entrecruza con los ojos de Mao. En la entrada de la Ciudad Prohibida han colgado un retrato que domina todo el panorama. La imagen emana un aire de autoridad y al igual que la Mona Lisa su poder reside en la mirada, con la diferencia que es una mirada profunda y casi reprensiva. Sentí como si me estuviera diciendo “Ey, !tú pelua¡ te estoy mirando”. Todos los visitantes chinos se paraban en el extremo de la plaza y posaban delante al retrato con una postura respetuosa y solemne.

Entramos a la Ciudad Prohibida con centenares de grupos turísticos. El Palacio Imperial, fue el centro de poder de las dinastías Ming y Quing hasta su derrocamiento en 1911 a mano de republicanos, y es sin duda, un valioso patrimonio histórico. Los numerosos salones, los techos y los jardines dan una idea de la magnificencia en la cual vivieron los herederos dinásticos.

Pero una cosa es visitar un lugar histórico y otra muy distinta es disfrutar la visita. Disfruté mucho más el film “El último Emperador” (el cual recomiendo), donde se recrea la fastuosidad y el esplendor del palacio, que el recorrido por la ciudad aunque no dejó de ser una experiencia interesante.

Beijing no me dejó fascinada. En la semana que permanecimos, recorrimos los centros más cotizados pero todos se veían más o menos iguales: rodeados por enormes marañas de rascacielos, edificios colosales y centros de negocios. Cuando emprendimos el viaje hacia norte y nos adentramos en la vorágine de la vida urbana, empezamos a sentir añoranza por Shangri-La y los poblados del sur. El día antes de viajar Shanghái visitamos la Gran Muralla. Caminé hasta donde me alcanzó el aliento y a pesar del gentío, disfruté de la vista serpenteante de los muros que se perdían tras las colinas. La muralla es realmente fascinante, único, indescriptible.

En la mañana temprano salimos del hotel, dejamos el equipaje en la estación de trenes y regresamos a la Plaza Tian’ anmen. Esa tarde la plaza no estaba muy llena, Mao estaba de siesta. No obstante, encontramos familias musulmanas, viejos maoístas y jóvenes que sonrientes posaron junto al líder con la mano levantada y el gesto de la V en señal de victoria.

Amén.

Había una vez…

Volamos de Shangri_La directo a Chengdu, la capital de Sichuan ubicada al sudeste de China. Shengdu, es una ciudad moderna y sobrepoblada y como en casi todas las metrópolis Chinas, plagada de rascacielos que parecen rozar las nubes. En nuestra breve estancia nos limitamos a descansar. Miguel no estaba en condiciones de caminar y tratamos de ser prudente y reservar fuerzas para nuestro próximo destino. Por suerte, el hotel estaba a pocas cuadras del barrio Wenshu, una peatonal que concentra pabellones de té, hosterías, bares, manjares locales y productos autóctonos que representan los hábitos de los pobladores de Sichuan, además de alojar el monasterio budista mejor conservado del centro construido durante la dinastía Tang.

El mayor atractivo son los Santuarios del Panda Gigante, un área protegida que abarca siete reservas naturales y nueve parques paisajísticos en las montañas de Jiajin. Pero desafortunadamente no pudimos visitarlo. A pasitos lentos, pudimos recorrer el Templo de Wenshu y esta pagoda es uno de los monumentos más destacados. A cada lado de las bases y del cuerpo están grabadas en oro mil imagines del buda.

Desde Chengdu nos trasladamos a Xi´an y fue así como comenzó nuestra primera aventura en el tren chino. No estábamos seguros que fuera una buena idea viajar 14 horas en tren, pero como la ruta de Chengdu a Xi’ an es tan popular y los vuelos estaban llenos no tuvimos opción. La noche antes de partir, tratamos de comprar los billetes por Internet, pero después de varios intentos fallidos, decidimos hacerlo a la manera de los chinos pero un poco más arriesgada: dirigirnos directamente a la taquilla de la estación e improvisar con el chin-inglés. Y aquí estamos, con 30 kilos de equipaje en medio de centenares de clones que caminan seguros de un lado a otro, mientras nosotros buscamos la salida para escapar.

Después de pasar una fila kilométrica para ingresar a la estación Miguel se dio a la tarea de comprar los billetes. En la marcha, hemos mejorado el método de comunicación y para facilitar las cosas, cuando encontramos algún chino que domina el inglés le pedimos que nos escriba en símbolos las frases importantes.

Pero ese tarde, no fue el caso. La chica del hotel no hablaba una palabra. Miguel dio varias vueltas por las enormes salas de la estación hasta que encontró la taquilla de turistas. Por suerte el chico entendió la palabra “tuesday” y el Xi’an mascullado de Miguel e hizo lo posible por ayudarnos. Pero el tren también estaba lleno y nos vendió lo que había: dos billetes en segunda clase con colchones duros y literas en el tercer piso. Pero me detengo aquí para explicarle las clases y subclases de billetes, ya sea para el tren exprés que para los lentos con paradas continuas en las ciudades cabeceras.

a) Vagón de ultra primera clase. Son los más caros. Es un vagón dividido en seis compartimentos privados. En cada compartimento hay dos camitas con colchón suave, una mesa, aire acondicionado y música.

b) Vagón de primera clase con colchones suaves y dos camitas por compartimento. Por lo general son los compartimentos reservados para los turistas.

c) Vagón de segunda clase, con literas de dos pisos y colchones suaves.
d) Vagón de tercera clase, con colchones duros. Cada compartimento tiene 6 literas sin privacidad, con dos asientos reclinables por compartimentos frente al pasillo.

e) Vagón de asientos, que es como ir en el lechero de la Habana a Santiago de Cuba.

f) El vagón Clase cero o Asiento no asegurado. Son los boletos más económicos sin asiento asignado, donde los pasajeros abordan al estilo “sálvense quien pueda” (aunque pienso que estos trenes antigüitos en unos pocos años serán renovados, hace poco inauguraron un tren que va a 400 km/h de Beijing a Shanghái, el tren más rápido del mundo y es una pasada).

El tren en China es una experiencia inolvidable. Descubrimos que no es solo la forma más económica de viajar, sino también la más auténtica. Los chinos lo utilizan en casi todos sus desplazamientos y viajar con ellos es una manera de conocer mejor sus costumbres, ya que el tren es todo un acontecimiento social. Es el lugar ideal para hacer amigos, comer y compartir, dormir, leer, soñar, cerrar acuerdos comerciales o concertar matrimonio… Lo impresionante para mí fue notar, que aunque ellos en otras circunstancias no se tratan como iguales-ya que la sociedad tiene una fuerte tendencia clasista- en el tren se crea una camaradería y solidaridad donde las palabras están demás. El formalismo de pedir permiso o disculparse para sentarse en la cama de otro, simplemente no encaja. Los que ocupan las camas de abajo hacen espacio para que los de las literas superiores se puedan sentar cómodamente, y de ese modo, las familias numerosas, separadas en distintos compartimentos, a la hora de cenar deciden en cual compartimento reunirse. Los asientos del pasillo están dispuestos de tal forma que siempre tienes a alguien en frente con quien negociar donde poner los pies o con quien platicar.

Compartimos espacio con una pareja que ocupó las literas de abajo y con dos chinos en las literas intermedias que al parecer eran amigos. En el compartimento contiguo estaba una familia y dos viajeros individuales. Nosotros éramos lo único alienígenas del vagón, pero la cordialidad de nuestros vecinos no se hizo esperar. Pasada una hora, estábamos intercambiando biris (cigarrillos de la India) por cigarros chinos, uvas por nueces y risas por globos. Contrario a lo que me imaginaba, el colchón y los edredones estaba cubierto con sabanas limpias y la cama era bastante cómoda. Al principio, me costó trabajo subir a la litera, donde tenía que entrar agachada y con el trasero expuesto al pasillo a la vista de todos, que además, no perdían de vista nuestros movimientos.

Cada una hora, pasaba el encargado de limpieza y barría las alfombras, recogía los restos de comida y supervisaba que no hubiese nada frágil en el portaequipaje del pasillo que pudiera caerse con un movimiento brusco del tren. Los ferromozos vestido con sus trajes azules y sus charreteras doradas se comportaban como militares. En cada parada, metódicamente, cerraban las puertas de los vagones y de los baños, bajaban al andén y se paraba en firme en la entrada del vagón para controlar los tickets de los nuevos pasajeros.

Asimismo, las azafatas, si estaban sentadas o entretenidas hablado por teléfono, súbito, se ajustaban el traje, se ponían los gorros y se paraban alineadas en el pasillo con las manos unidas y con un aire ceremonioso. Cuando sonaba el silbato, regresaban a sus tareas o continuaban la plática, mientras que los ferromozos como autómatas, volvían abrir las puertas y se dirigían a los compartimentos de los recién llegados y les cambiaban los tickets por tarjeta magnéticas. No vimos a nadie escupir, botar basura en el piso o hacer marranadas, todos se comportaban como si se conociesen de toda la vida, cordiales, atentos y ordenados.

Antes de media noche, Miguel se instaló en su cama para reposar la pierna. Yo me quedé sentada en el pasillo para evitarme el sofoco de subir y bajar cuando quería fumar y no llamar la atención con el trasero. China es el paraíso para los fumadores, se fuma en todas partes, restaurantes, hoteles, bares, aeropuertos… el tren tenía el área de fumadores entre los vagones y el baño.

A medianoche ya todos estaban en sus literas. De repente, escuchamos un anuncio incomprensible seguido de una pieza de ópera y un minuto después se apagaron las luces. Y de repente, un silencio instantáneo inundó el vagón. Un silencio incómodo, como si todos se hubieran quedado petrificados con la contorsión facial de la última sílaba en los labios, como si la voz grabada hubiese encarnado el espectro de Mao Tse-tung en su discurso final y los espectadores no atinaran a moverse y después de un prologando silencio una ola de plausos fuera a invadir el vagón. Dios dijo: “hágase muchos y reprodúzcanse” y salieron chinos, pero luego llegó Mao y dijo: “Comunismo para todos y un hijo por familia” y paró de contar. Así son las leyes y los chinos se abstienen a las reglas sin rechistar.

Pasada la 1.00 am, vi a dos guardias pasar y supervisar el vagón. Recogieron todo lo que estaba fuera de “lugar”, incluso una caja sellada de sopa de noodle y un ramillete de uvas que había dejado en la mesita del pasillo para el desayuno. Una mentira repetida muchas veces se convierte en una verdad y no cabe dudas que bajo el barniz de la China comunista y próspera, “progresista “y consumista hay una feroz represión y aunque este comunismo tiene sabores distintos( McDonald, KFC y Burger King) el sistema se sostiene de propagandas, opresión y aditivos ideológicos.

La historia se repite. La gente evita hablar de política, sin embargo, se sonríe por debajo de la nariz con los actos subversivos. Ante la crítica prefieren voltear la cabeza y cambiar de tema, porque se siente vigilados y porque ellos inconscientemente se han convertido en celosos vigilantes. La respuesta a una observación o a una frase salpicada de humor o sarcasmo filoso, es un suspiro seguido de una mueca silente y resignada, y cuando alguno interviene, es solo a favor de la “belleza de las palabras” ya que no están diseñados para pensar ni para expresarse libremente. La belleza de las palabras, tiene el poder de tergiversar la acción de censurar por “armonizar” y de enmascarar la opresión y el control en nombre de la seguridad de los ciudadanos. Cualquiera que lleve un traje- un simple guardia de una estación de autobuses, oficiales de la vía pública o policías- se comporta con desdén. No con los turistas, claramente, sino con los ciudadanos. La explicación de un cantonés- que intervino a nuestro favor en un momento que sostuvimos una discusión con la recepcionista de un hotel- fue esta “Es mejor que por quejarte te cobren más, a que te metan en el trullo”.

Despertamos cuando llegó el ferromozo y nos cambio la tarjeta por el ticket. Estábamos próximos a la estación de Xi ‘an. Eran las 11 de la mañana pero parecía de madrugada, el smog cubría la ciudad y a duras penas podíamos distinguir lo que había a poco menos de 100 metros.Bajamos al andén un poco desorientados y seguimos la inmensa fila que se dirigía a la salida. Otra fila enorme se fue creando en el estacionamiento de taxi. Pasado unos 10 minutos, decidimos caminar hasta la avenida principal y buscar un taxi. Varios tuk tuk nos salieron al paso, al principio dudamos, pero al final nos atrevimos a revivir la experiencia de Vietnam. Le explicamos la dirección al conductor, un señor de unos 50 años con una rara joroba, el cual feliz por haber conseguido turistas, asintió como si hubiera entendido todo y se puso en marcha.

Salió de la avenida principal, dio varias vueltas por las calles secundarias y de repente se integró en el tráfico pero por la senda contraria. Circuló entre los autobuses; cruzó la avenida con la roja y desafiante se metió delante de la fila de autos e hizo que se detuvieran. Cuando se vio sin salida rodó en zigzag por las aceras como un loco, abriéndose paso entre los peatones con tal  urgencia, como si llevara al presidente de la república. Los primeros minutos nos dejó sin aliento. Al darse cuenta que estábamos algo impresionados, empezó a conducir con prudencia, pero estábamos tan asombrados de su destreza que volvimos a azuzarlo para que retomara su paso suicida. Desde ese día, no perdimos la ocasión de montarnos en los tuk tuk de los maoístas intrépidos de la vieja escuela.

Xi’an, es una ciudad que puede llegar a ser fascinante, sobre todo para quien no le importe levantarse cada mañana y ver el cielo gris, caminar bajo la llovizna fría o esté condenado a morir de cáncer pulmonar. No obstante, es un destino obligatorio. La ciudad atesora riquezas invaluables: la muralla que rodea la ciudad antigua y el Ejercito de los Guerreros de Terracota. Al día siguiente, caminamos hasta la puerta sur de la muralla y logramos burlar la guardia de la taquilla. Miguel presentó el carné de Dive Master de buceo como si fuera la identificación de una Universidad prestigiada y de ese modo pagamos las entradas a mitad de precio.

Si hay algo de lo que nos hemos sentido decepcionados en China, ha sido del tratamiento que el gobierno le da a los lugares turísticos. Ha monetizado cada rincón del país que representa un atractivo para el viajero. Los campos de arroz, los templos, las vistas desde los lugares prominentes, los poblados antiguos (que la mayoría se los inventan) y en algunos museos obligan a pagar dos veces, un ticket por la entrada y otro para acceder a las salas. Y hablo de entradas que cuestan hasta 20 dólares por persona. La única función de las oficinas de información es vender tour y mostrar la ubicación de los baños, ya que los nativos no tienen miramientos a la hora de vaciar la pecera en los rincones y sin contar que, los niños no llevan pañales, sino trajecitos abotonados o con cremallera en las nalgas y cuando se les antoja hacer pipi o popo lo ponen a evacuar en las aceras.

La muralla de Xi’ an está completamente restaurada y en actualidad encierra un mar de torres, shopping mall y rascacielos. De antiguo sólo queda la torre que está en el centro de la ciudad y la mezquita musulmana.

El recorrido por la muralla es fascinante, desde arriba uno puede hacerse idea de como era la ciudad en épocas pasadas.Ese día, la travesura del ticket no pudo ir mejor, por casualidad, entramos al mismo tiempo que un tour y disfrutamos del show de bienvenida.

El lugar más auténtico dentro de la ciudad amurallada, lleno de vida, alegría, sabores y colorido, es el barrio musulmán. Los musulmanes chinos, pertenecientes a la minoría Hui han sabido distinguirse y ha hecho de este barrio un lugar agradable donde pasear en las noches y degustar una suculenta sopa de noodle frescos. El en barrio se encuentra la gran mezquita Xi’an, una de las más grande del país, construida en el 742 durante la dinastía Tang.

El día antes de partir nos pasamos la tarde en la zona de excavación de los Guerreros de Terracota y esa misma noche tomamos el tren a Beijing,

Pero el viaje no fue tan ameno. Los boletos económicos se habían terminado y viajamos en la clase turística, con mucho más confort, pero sin ese ambiente genuino y divertido que se crea en los vagones de grupo.

Les dejo las fotos y le informo que seguimos en combate!
Niu

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