Bahía de Todos los Santos

“Hogar dulce hogar” reza el dicho. Si en la primera parte del viaje, Brasil quiso mostrarnos con sus enormes distancias, sus desoladas rutas y su calor sofocante, que el periplo apenas empezaba, llegando a Salvador do Bahía nos extendía un abrazo y nos dejaba entrar en el seno de una típica familia, pues ya era hora de ver esa otra cara, de hablar un mismo idioma y de conocer más de cerca las costumbres. Cuando uno se encuentras muy a gusto en un lugar tiende a decir que se siente como en casa, pero en pocos lugares uno logra experimentar esa complicidad y ternura del propio hogar. Levantarse en la mañana y recibir los buenos días con una sonrisa, ver cómo funciona la laboriosidad de esa empresa llamada hogar, ser invitado a la mesa para tomar el café y participar en la celebración navideña hacen de una casa, una verdadera morada.
La vida en los barrios es más emocionante que en los hoteles. Al salir de casa, vemos la cabeza de un niño que sea asoma por la ventana enrejada y nos dice adiós con la más angelical de las sonrisas; al cruzar la calle, nos saluda el dueño del bar y el vendedor de frutas, se brinda a posar en las fotos; pasado unos días la dependiente del mercadillo, pacientemente, me escribe el precio sobre un papel y los niños del barrio en su euforia navideña, gritan al ver a Miguel pensando que es Santa Claus.

Nunca olvidaré la bahía de Salvador, extensa e infinita. Mi expresión de desconcierto al encontrar una metrópolis tan mezclada o como algunos suelen llamarle: la Roma negra. Mi sorpresa al recorrer la 7 de septiembre, la avenida que corre paralela al malecón, con numerosas playas de aguas turquesas y con centenares de sombrillas multicolores, bajo el circulo dorado que arrojaba sin clemencia un calor aplastante.
 
Me quedó grabada la imagen de las bahianas, uno de los símbolos más representativos de la cultura, hermosas negras ataviadas con sus vestidos blancos, adornadas con extravagantes collares y con vistosos tocados, que tal parece una aparición de otro mundo, mientras caminan alegremente iluminando con su sonrisa los muros de una ciudad que guarda tantos secretos, tantas historias, tantas lágrimas, tanta risa. Una ciudad que custodia el sentimiento de una raza, arrancada de su África natal en una de las más conmovedoras y violentas conquistas.
                                            
Al observarlas sentí una extraña conexión… Noté, que por encima de los atuendos, que evocan otra época y que seduce al turista incauto fascinado por los abalorios, llevaban Elekes, supe entonces que esas radiantes y enigmáticas damas en su plácido andar encarnaban a Yemayá, a la esposa de Oggun, eran las hijas de Oshún, Obatalá y Changó… Me invadió una alegría indecible al constatar que en Bahía al igual que Cuba, mantienen vivas las tradiciones Yorubas heredadas de sus ancestros.
 
En Salvador, todos los dioses, los de los negros, los de los blancos, los de los mestizos, conviven sin estorbarse. Se le reza al mismo tiempo a Olofin hijo de Olóòrun, el Dios y Señor de nuestro destino y al Jesús misericordioso, a Yemayá, diosa de la maternidad y el mar y a la Virgen María, la siempre bienaventurada. Coexiste en perfecta armonía el Candomblé, donde se rinde culto a Oxalá pero también se honra al Señor de Bonfim, la deidad africana-católica más venerada. A él se le piden las buenas causas, se le hacen promesas, especialmente en cuestiones de sanación y enfermedades. Miles de peregrinos llevan sus cartas, sus fotos, sus recuerdos, van a pie desde el centro hasta la iglesia, de rodillas, con una enorme y pesada cruz, con piedras atadas a los tobillos, con comida y ofrendas para adornar su altar, con la esperanza que el Señor milagroso conteste sus plegarias.

 

Salvador es una ciudad antigua, salpicada por doquier de iglesias, cuyos estilos nos ponen frente a las conmovedoras creaciones del hombre para honrar la presencia de sus dioses. El centro histórico conocido como Pelourinho (picota en español), durante el periodo de la colonia, era el lugar donde azotaban a los esclavos. Las calles adoquinadas y empinadas de este barrio parecen diseñadas por la inspiración de un mago caprichoso. Son fascinantes las fachadas coloridas de estilo rococó, la expresión viva de los graffiteros, con alusiones al poder de Dios sobre los hombres, a la justicia, la libertad y el arte. Y por estas calles, que cinco siglos después sirvieron de marco para que Jorge Amado le contara al mundo la historia de Doña Flor y sus dos maridos, nos sumergimos en la epopeya de ese gran pedazo de historia.
 
Los bahianos me embrujaron con sus vestidos coloridos y estridentes, que cubren sus cuerpos como si éstos fueran adivinanzas, con la música vibrante de los tambores que cuentan sus sueños, la odisea de su vida, la nostalgia por lo dejado atrás. Ritmos sedantes, movimientos cadenciosos e impregnados de una sensualidad ilimitada. Está claro que los negros nacen, viven y mueren bailando, es parte de su esencia. Y esa increíble plasticidad se manifiesta en la samba y surge magnífica en la capoeira, un arte de patadas, barridos y golpes, de saltos y contorsiones, de guerreros en la última lucha, un ritual lleno de magia que interpela la benevolencia de los dioses. En todas partes, en las pequeñas plazas, en las esquinas remotas, en los mercados populares, uno se encuentra con esta danza tan singular, tan estética, tan precisa. Actualmente es materia obligada en las escuelas de educación física en Brasil. 
 
Entre Evanni (nuestra casera) y yo surgió una empatía inmediata. Ella, hija de Yemayá, devota, honra también su santo en el Candomblé, ese ritual africano, real, impactante, sugestivo, precedido por la Mama Santa, una mujer anciana vestida con sus mejores galas, a la que todos piden la venia para invocar la presencia de esos dioses que de generación en generación han estado presentes en la vida de la comunidad. Y en medio de una música al mismo tiempo festiva y sacra, bailan frenéticamente hasta quedar poseídos por la presencia de las deidades.
                           
Cuando llegaba a casa, después de largas caminatas y ella concluía sus labores, nos sentábamos en el pequeño patio a platicar y se nos iban las horas, aprendíamos la una de la otra, nos reíamos de nuestro inteligible portuñol, nos sorprendíamos del vínculo místico entre nuestros mundos. En las noches dormía arrullada por el sonido de los tambores lejanos, por la lluvia que martillaba cadenciosamente sobre los viejos techos de teja, por la fuerza de Yemayá sobre el mar que hacia golpear las olas contras las rocas, me abandonaba placidamente en los brazos de mi madre orishá Oshún y bajo el resguardo de todos los Santos bahianos.
Besos!

Niu

https://picasaweb.google.com/s/c/bin/slideshow.swf

Brasilia

Cuando se trata de hablar de Brasilia, las opiniones son variadas. Para muchos, es fría, falta de vida, lluviosa y anónima, sin embargo, es un ejemplo palpable de que, existiendo una férrea decisión, se pueden lograr las metas propuestas. Inaugurada en 1960 esta ciudad, que surgió de la nada, fue construida en tan solo 3 años por la determinación de un Presidente, Juscelino Kubitschek (JK) y la genialidad de un arquitecto, Oscar Niemeyer y es considerada como el proyecto modernista más importante del siglo XX y referencia mundial en arquitectura y planeamiento urbano.
                           
                                         

Recorrer Brasilia es asistir a un espectáculo que reúne historia, arquitectura, espiritualidad y modernidad. A pesar que nuestra estancia fue breve, tuvimos la oportunidad de visitar los edificios más significativos eregidos por Niemeyer ubicados en la Explanada de los Ministerios. El palacio Itamaraty,

 

la Cámara del senado y el Museo de Arte Moderno.

Lo espectacular de Brasilia es que Niemeyer tradujo en el concreto su visión abstracta y nos entrega esos edificios monumentales de concreto con curvas sinuosas e imposibles. Por su influencia, todos los edificios públicos se encuentran rodeados de espejos de agua que reflejan majestuosamente la luz del día y la iluminación nocturna que transmiten un tono romántico.


                                  
Brasilia es una ciudad singular, un deleite para los ojos en donde no son necesarios conocimientos de arquitectura para poder apreciar que se está frente a una verdadera obra de arte. Pero decirle esto mismo a un bahiano es obtener una respuesta casi unánime: Brasilia?. Es puro cemento y además… no tiene mar!

Un besote!!!

Niu

São Luís do Maranhão

San Luís, capital del estado de Maranhão es una ciudad que enamora. La ciudad ofrece un muestrario de sonidos, colores, nombres y sabores, difícil de resistirse y capaz de inundar los sentidos al viajero más exigente. Fundada en 1612 por franceses, sometida brevemente por holandeses y al fin dominada por portugueses, desde sus orígenes la ciudad ha sido un crisol de razas: blanca, indígena, negra que fomentaron la creación de un rico patrimonio cultural e histórico. En el 1997 la ciudad fue elegida por la UNESCO como patrimonio cultural de la Humanidad.

 

Curiosamente esta ciudad, pródiga en influencias, arquitectura, paisajes espectaculares, buena música y una vida cultura super activa, no es un destino muy promovido. Y, tal vez, la poca afluencia turística y la cordialidad de la gente es lo que hace más amena la estancia.

En la calles no se siente el asedio ni la presión por parte de los vendedores, los mendigos o los niños que se acercan a pedir monedas, incluso no sentimos seguros caminando en la noche, acto que Belém do Pará más que arrojado es suicida. El centro histórico se encuentra parcialmente conservado y algo que llamó mi atención fue ver las calles y avenidas limpias, aunque mi olfato no pueda decir lo mismo, ya que la fragancia de los fluidos del Pis proveniente de los jardines, las puertas y los rincones me abofeteaban a cada paso. Sin contar, con la frescura y la procacidad de los brasileños a la hora de desenfundar el pito a plena luz del día. Me pregunto, ¿Si esa costumbre tan extendida por el país la heredaron también de los portugueses…?

Al margen del antihedonismo olfativo, el casco histórico es como boleto al pasado. Los techos de tejas, las calles recubiertas por piedras de canteras, el brillo de los azulejos sobre las fachadas impresionan por su imponencia  y diversidad.
De los estados que he conocido hasta ahora, San Luís es sin lugar a duda, una de las ciudades costeras más hermosas de Brasil.
 Besos!!!
Niu

Belém do Pará

Belém, la capital del estado de Pará es una de las joyas del norte de Brasil, a la que envuelven aguas fluviales y en la que a diario confluyen riquezas provenientes del mar, la selva y las islas cercanas.
Antigua y caótica, de origen europea y sangre indígena, de razas demasiado mixturadas y una esencia casi, casi amazónica. En Belém no hay mar sino ríos- la desembocadura de Río Amazonas y su afluente el Río Guamá- que la bañan y la nutren. Por ellos, cada día llegan desde las islas, la selva y el mar abierto, un enjambre de embarcaciones, frutos, artesanías, aves y pescados magníficos que coronarán sus manjares.
Nos hospedamos en el centro histórico, en el hotel Ver-o-Peso que debe su nombre al Mercado homónimo, símbolo de Belém y uno de los mayores atractivos del centro. La estancia fue breve, pero pudimos absorber la esencia de la ciudad, esa  historia que narran sus calles de variada arquitectura (de origen portugués, francés, holandés…), esa mezcla de varias influencias y ambiciones imperiales. 
 
Belém también supo de la época de la Fiebre del Caucho, pero como en Manaos, solo queda la herencia arquitectónica- hermosas fachadas revestidas con azulejos, edificios con balcones ornamentados, calles adoquinadas marcadas por raíles de tranvías- algunas edificaciones recuperadas (aunque la gran mayoría se encuentra en un estado lastimoso) y otras semiocultas tras la cosmética cotidiana de una ciudad que crece arrebatada por su clima ecuatorial y la vorágine del consumismo.

El calor, marca su fisonomía y su carácter. En cada esquina hay  vendedores de cocos que en un santiamén lo cortan en el aire con el machete y bajo el sol inclemente, el agua jugosa y dulce corre por la boca refrescante. La música es sensual, la ropa mínima, los colores estridentes, los olores inevitables, las dimensiones absurdas, las lluvias poderosas y breves. En la conocida “Ciudad de los Mangos”, la naturaleza reclama su espacio. La imagen de control civilizado que le puede dar el cemento se desbarata con el tendal de mangos que cae sobre las aceras con cada chaparrón, la desmesura de los troncos minimiza cualquier construcción humana y el trino de las aves compite con bocinas y ruidos citadinos. Y, allí nomás, en la selva cerrada, el río que desciende potente y silencio.

Sus habitantes se parecen al paisaje. En el trajinar urbano hay una mezcla de razas donde se adivina la inmigración portuguesa y las camadas de negros esclavos. La gente es cordial y accesible y nunca faltan los buenos samaritanos que te asesoran con las direcciones o te advierten del peligro al verte con una cámara, por desgracia, aunque el centro está controlado, no es un ciudad en la uno en la noche se siente seguro. Las actividades sociales y domésticas ocurren en la calle o dentro de casas donde puertas y ventanas están abiertas de par en par, casi lo mismo que estar afuera.

Divertido y pintoresco es el mercado Ver-o-Peso, donde circulan diariamente millares de personas. La mezcla de colores, aromas y platos exóticos es fascinante. El Ver.o-Peso es como un centro comercial a pie de calle, donde se encuentra tanto con qué alimentarse, como con qué vestirse.

En los numerosos mostradores que lo componen, se encuentra de todo y por supuesto, todas las frutas sabrosas de la región así como los pescados más variados, carnes, verduras y plantas utilizadas por la medicina popular. Por otro lado, están la pociones y los remedios que le añaden una tecla mística y mágica al ambiente. Se encuentran desde las infusiones para curar un simple dolor de muela, hasta los frascos que contienen cocciones de plantas y partes de animales destinadas “a domesticar” al marido, a “doblegar” un enemigo, a “alejar” el mal de ojo. Están los más divertidos que llevan nombres sugestivos como: “llora a mis pies”, “no me dejes”, “ven a mi”…

El mercado colorido de Ver-o-Peso, como fondo de un río Amazonas, representa, en resumen, una síntesis de la vida amazónica.

Beijos!

Niu

https://picasaweb.google.com/s/c/bin/slideshow.swf

Río Amazonas

 No importa el destino lo que cuenta es el viaje y surcar el extenso Río Amazonas con una de estas grandes moles de fierro y de madera, es una aventura increíble. 
En la mañana del sábado 10 de diciembre desde el taxi nos despedimos de Manaos. Hacía un calor pegajoso y asfixiante, las avenidas abarrotadas de gente y bullicio y un tráfico infernal. Para colmo de males, el taxista no quiso o tal vez no conocía el atajo para llegar al puerto y con una sonrisa nos dejó tirados en la mitad del camino. Cargados como camellos y dando tumbos, caminamos medio kilómetros por las laderas del río hasta llegar a la orilla. Por recomendación de nuestro anfitrión, en la entrada del muelle debíamos encontrarnos con un fulano que vendía los tickets y supuestamente era de fiar. Manaos, está llena de piratas”. Era la frase que repetía constantemente (que dicho de otro pirata…) y con aire serio, concluía la expresión enfatizando su tendencia al orden, pontualidade y segurança. Era para matarse de risa.
 
Manaos además de poseer una ubicación geográfica privilegiada es Zona Franca de libre comercio con incentivos fiscales especiales. La ciudad abastece a los poblados distantes y las comunidades en la selva y el transporte fluvial es el medio por excelencia para comunicar con la ciudad. Cada día estos barcos trasladan centenares de personas de los lugares más recónditos de la selva a la capital del comercio y las oportunidades y al resto de los puertos. Trasladan alimentos, bebidas, enseres, autos, ilusiones y esperanzas, sueños y expectativas. Los puertos a sus vez son tácitamente testigos de la llegada de un familiar lejano, de la partida del ser querido, de un reencuentro. Saben de abrazos, de lágrimas, de despedidas y noticias funestas.
El Cisne Blanco era un barco como tantos que atraviesan el Amazona y siempre tiene historias que contar. Por lo general este tipo de barcos que combinan carga y pasajeros son de tres pisos. En el primer piso está el motor y la cocina, en el segundo piso, una cubierta destinadas a las hamacas (con 4 baños para 200 o más pasajeros) y el tercer piso, aloja la cabina del capitán, los camarotes, “las suites”, la cubierta y el bar.  
Rentamos la suites, que supuestamente era “ Muito granche, comoda y con cama casal” (lo escribo con las palabras textuales de nuestro anfitrión y del vendedor de tickets) y por supuesto nos costó un ojo de cara, pero sin importar cuánto o quién se llevara la comisión, pensamos que a la postre, era mejor quedarnos tuertos que lamentar el equipaje. “Suites” es una palabra también “muitooo grande”… pero lo fuera para definir ese reducido cajón de fierro de un metro cuadrado donde no podíamos entrar los dos al mismo tiempo, a menos que, uno estuviera parado y el otro acostado, con una litera de dos pisos y colchones duros, un aire acondicionado averiado y un baño de pena (con la ducha sobre la taza) mantuvo el equipaje a salvo. Me explico. Estos tipos de barcos no cuentan con menú internacional, ni servicio de habitaciones o atención personalizada y como ya se imaginarán, dormir en el piso del motor, en el área de la hamacas o la “suite” no hacía la diferencia. Todos éramos pasajeros con diferentes destinos, llenos de ilusiones, esperanzas y expectativas… creo esta imagen habla por sí sola.
 
Antes de embarcar compramos una hamaca con la ilusión de dormir la siesta al aire libre y vivir la aventura al máximo sin peripecias que lamentar. Pero llegamos tarde para colgarla (ya no había espacio) y a tiempo para darnos cuenta que no hubiéramos sobrevivido 5 días en el área común con decenas de móviles y iPod, con la estridencia del motor, la gritería de los niños, el roce y los golpes constante entre las hamacas y el olor de la comida cuyo menú era invariable: arroz, fríjoles, pollo o carne. Ya en la cubierta era insufrible el altavoz que encendían a 7.am con la música de Forró (estilo norteño) a todo volumen y las canciones se repetían una y otra vez hasta pasada la media noche. No menos inquietante el comportamiento ineducado de la gente local que tiraba basura, comida y latas de cerveza al río.
Pero nada se compara con ese Río Amazonas, extenso, inmenso, indescriptible. Más allá de esas pequeñeces el deleite sensorial era indecible. Yo me quedaba extasiada con ojos incrédulos ante tanta naturaleza salvaje, contemplando las tonalidades del cielo en los distintos horarios del día. La primera noche una luna licántropa se asomó en el firmamento resplandeciendo las mansas aguas del río, fue un espectáculo delirante. Me hacía sentir  insignificante, diminuta entre la vastedad del río y el esplendor de la luna. Cuando el barco se despejaba y reinaba el silencio, podía palpar el viento que me desordenaba el cabello y respirar a pleno pulmón. Sobre la cubierta, la vista se pierde entre la selva densa y siempreverde. ¡Y eso atardeceres gloriosos! En lo que río se torna de un azul intenso como el mar y las aguas se arremolinan en la estela del barco parpadeando destellos al sol. No he visto atardeceres tan hermosos. Se experimentan sensaciones inexpresables, lástima que esta foto no pueda hacerle justicia.
La primera etapa del viaje trascurrió ociosa y tranquila. De vez en cuando, nos cruzábamos con una embarcación y en ciertos tramos se avistaban enormes machas negras del Río Negro, luego ambos caudales se entremezclaban y navegábamos por horas sobre las aguas oscuras como el betún hasta que lentamente se separaban. La gente para matar el tiempo leía, conversaba, caminaba por cubierta, jugaba a las cartas o al dominó. Cuando no había paradas, me entretenía observando a los cientos de pasajeros que al cabo de los días se convirtieron en rostros familiares. Los que compartían costumbres y aficiones acaban juntándose. Había un grupo de garotos (chicos) que iban hasta a Belém que a las 8.00 am empezaban a tomar cerveza en el bar y a despotricar hasta que ya no podían pararse; una pareja que cada día, como dos tortolitos se sentaban en la cubierta para ver el atardecer. Un japonés solitario que de vez en cuando se unía con uno u otro grupo.
Yo también me ponía a platicar de lo humano y lo divino, sobre todo con unos argentinos muy simpáticos que para sobrevivir al Forró y ponerse a tono se desahogaron con cervezas y Cachaza, y claro, también pillaron sus buenos pedos. Sin embargo, mis intentos de conectar y ejercitar el portugués con los que se mostraban accesibles fue un fiasco, ya que los brasileños después de intercambiar el saludo, inmediatamente pasan a la ofensiva y sin miramientos alguno, piden matrimonio. 
 Al llegar al puerto de Santarém el viaje fue más emocionante. Hubo paradas continuas en los puertos y navegamos por uno de los ríos tributarios muy cerca de la orilla. En estos poblados pequeños, la llegada de un barco es una novedad, algunos corren a ver quién desembarca o suben al barco a vender comida, otros esperan a los familiares o se acercan ver que hay de nuevo. 
En plena selva, a orilla del río y en medio de la nada, desde hace décadas residen familias descendientes de las tribus nativas y cuando advierten la llegada de un barco reman con todas sus fuerzas a recoger los regalos. Los niños emiten un sonido agudo imitando alguna especie de pájaro y los pasajeros que ya conocen la ruta y las costumbres, les tiran bolsas con dulces, ropa o juguetes. Los más osados e intrépidos, arriman los botes y con una destreza insólita las amarran y suben al barco como changuitos.
 
Los niños venden cocos, dulces y el cotizados jugo de açaí con una consistencia y un color como el chocolate, pero con un sabor amargo, se obtiene de la baya de açaí, una especie de palmas que crecen en Sudamérica.
 
El último día nos quedamos en cubierta hasta pasada la media noche, no podíamos dormir. El capitán anunció que llegaríamos a Belém a primera hora de la mañana -me vino a la mente, orden, pontualidade y segurança– pero no me molesté en preguntar la hora, con llegar era suficiente. En ocasiones hay que darle el beneficio a la duda… a las 9.00 am estábamos haciendo fila para desembarcar, ansiosos de tocar tierra y con una extraordinaria carga emocional. 
 
Beijos,
 
Niu