Capital Chiapaneca

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El trayecto de Catemaco a Tuxtla Gutiérrez duró varias horas, fue ameno, rápido y sin contratiempo. La capital chiapaneca es una ciudad de amplias facetas culturales, en cambio, no es una urbe que a primera vista te atrapa: el calor es aplastante, el tráfico de locos y por sus calles bulliciosas caminan multitudes.



En esta amplia y desmesurada urbe que se extiende sobre las colinas y crece desenfrenadamente destaca la Catedral de columnas dóricas; el Palacio Municipal de estilo mudéjar; la parroquia de Santo Domingo y el Templo del Santo Niño, y ya bastante escasas de encontrar, las casas tradicionales, el resto es un gran caos, un caos claramente organizado, con amplias avenidas abarrotadas de anuncios, oficinas de negocios y grandes comercios, plazas modernas y malls; avenidas que confluyen con anillos que conectan a laberínticas colonias, con sendas rejas, mucha seguridad y cámaras de vigilancia; colonias de interés social de un único diseño y color que parecen cárceles o construida con el indistinguible “estilo” Infonavit. En la periferia, resaltan las áreas deprimidas, las viviendas apiñadas embrutecidas por el vandalismo, donde se respira un atmósfera sofocante, de inseguridad y pobreza, ejemplo claro y evidente de lo lejos que ha llegado el paternalismo de los gobiernos locales que a causa de sus juegos de poder miles de tuxtleños viven segregados y en condiciones inhumanas.

Por otro lado la ciudad representa un sinfín de posibilidades, pues es la puerta para ascender a San Cristóbal de las Casas y seguir rumbo a Palenque, descubrir las cascadas de Agua Azul, recorrer Chiapa de Corzo, deleitarse con el recorrido al Cañón de Sumidero, visitar Comitán, acceder a selva Lacandona o llegar a las Lagunas de Montebello, entre muchos otros lugares de interés.

Llegamos sobre la 5 de la tarde, bastante cansados. Andar por las las calles del centro histórico fue difícil ya que por esos días los plantones bloqueaban el zócalo, así que nos dimos la vuelta y nos dirigimos al Parque de la Marimba, y en la cercanía de la 7ma encontramos un hotel bastante acogedor donde pasar la noche. En la ciudad sobreviven algunos parques, o más bien se ha revitalizado espacios de ocio y espaciamientos por donde se pasea la clase media y que le dan a la ciudad “color de modernidad”. El Parque de la Marimba es uno de los más concurridos en fin de semana. Esa noche tuvimos la oportunidad de deleitarnos con un grupo de marimberos y de convivir un buen rato con los bailadores más avezados. Si hay algo realmente auténtico en la cultura chiapaneca y que no pasa inadvertido por sus visitantes es la gastronomía. El parque estaba repleto de antojitos, claro que como viajeros experimentados hemos aprendido a reservarnos para las buenas ocasiones y resistir a las tentaciones, así que caminamos un poquito hasta encontrar los famosos tamales de la doña que el fin de semana monta  a pie de calles sus ollas humeantes con manjares regionales: tamales de chipilín, de hierba santa -una gustosa y aromática hoja de hierba que crece en la región- tamales relleno de moles, pollo y curry entre otros… y otras vez, pasamos por alto la dieta y nos dimos buen atracón, pero valió la pena, !estaban deliciosos!

A la mañana siguiente nos despedimos de Tuxtla y volvimos a la marcha. Estábamos a sólo 85 km de nuestra meta final  (al menos así pensábamos al salir de la Paz) pero habíamos llegado muy lejos para desesperar, así que decidimos tomar la libre, sin prisa, y disfrutar del paisaje de las montañas y saborear nuestros primeros 2000 Km.

Besotesss!!

Niu

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